Todos los Magics sabían que cuando la muerte los alcanzaba terminaban en los dominios del Caos. Después de todo su alma le pertenecía a esa divinidad. Cuando Cassian sintió la luz al final del túnel tuvo miedo.
Su cuerpo había traspasado el dolor y ahora ya no sentía nada. Sus ojos poco a poco se iban apagando convirtiendo el frío bosque en solo sombras. Su respiración se hacía cada vez más rápida y ruidosa, sentía como la sangre se acumulaba en su garganta. Se preguntó si el dominio del Caos sería caliente porque su cuerpo temblaba de frío. Apenas fue consciente de que ya no estaba solo.
La agonía es el limbo entre la vida y la muerte. A veces Cassian estaba en el bosque y otras veces en la luz brillante. Era tan intensa que lo envolvía todo y lo abrazaba sin hacerle sentir nada. Un camino azul se extendía frente a él. Se iluminaba de vez en cuando y lo instaba a seguirlo, Cassian dudaba.
Él no quería morir. No estaba listo. Así no se suponía que tenía que terminar. Creía que tenía un destino que cumplir, un papel que desempeñar. Su madre había invertido horas, días, semanas de su vida para prepararlo y ahora todo parecía en vano.
Gritó varias veces a la sala vacía y nadie le respondió.
—¿Por qué? —gritaba. No lo entendía. Así no debía terminar. ¿Dónde esta el señor del Caos? ¿Por qué lo abandonaba?
Sus piernas flaquearon y Cassian terminó de rodillas. No quería seguir el camino del Caos, prefería perderse en la atmósfera y quizá fundirse con el universo. Al menos así sería algo más que un niño perdido.
Un cántico oscuro, hermoso y sugestivo vibró por toda la habitación. La luz blanca se transformó en azul y después en plateada. Las corrientes de color peleaban una contra otra. Sacaban chispas y volvían el camino borroso. Cassian se quedó mirando sin saber qué pasaba.
Unos cánticos surgidos de la misma tierra calmaron la guerra e hicieron que lo plateado dominara. Unos gritos se alzaron en respuesta, horribles y crueles. Hombres y mujeres que reclamaban. La tierra se sacudía ante la guerra. Dos deidades caóticas se debatían por el poder y Cassian estaba en medio.
El señor del Caos surgió de entre las sombras, esperaba una respuesta, pero el brujo no sabía que más ofrecerle, le había dado su alma, su vida y aun así no era suficiente.
—Reza —le ordenó una voz —Reza.
Cassian dejó el espacio luminoso y volvió a la fría tierra. Sus ojos se encontraban con otros, una mirada humana que le rogaba que rezara. La mano de esa persona era cálida, le ofrecía consuelo en sus últimos momentos. Si tan solo su madre estuviera ahí todo fuera perfecto. Entrecerró los ojos y recibió un sacudón. De nuevo, esos ojos, esa persona.
—Reza, Cassian. Repite mis palabras.
La voz comenzó a entonar una oración muy antigua, una que solo había escuchado cuando era niño. Le recordó los cálidos pasillos del castillo, su madre bamboleando los dedos, la magia flotando. Era tan familiar que Cassian repitió la oración. Así murió, rezando.
Cada palabra lo llevaba al más allá, pasó por la habitación luminosa y su espíritu tomó el camino azul. Los campos del Caos le recibieron en silencio. Estatuas destruidas, trizadas y pocas en pie. Cassian se detuvo en medio del patio, justo frente a una estatua de la Diosa del Caos. La mujer tenía una cara hermosa, pero en cuanto el brujo quiso tocarla se cuarteó y destruyó a sus pies.
—Cassian —llamó una suave voz que él reconocería hasta en el infierno.
—Madre —respondió él dándose la vuelta.
Regina estaba de pie, hermosa como siempre, con sus labios rojos perfectos, su mirada luminosa. No era como sus pesadillas Cassian se arrojó a sus brazos y la apretó contra sí. No quería jamás separarse.
—Te he extrañado tanto —murmuró. Cualquier cosa estaría bien siempre que ella estuviera a su lado.
—Yo también, bebé —respondió ella dándole un beso en la mejilla —. Sin embargo, debemos irnos. Vamos tarde.
Cassian no comprendía, ya estaban muertos. El reino del Caos ahora era su hogar, no había ninguna prisa. No obstante, su madre le tomó de la mano y le instó a seguirla.
Le llevó por caminos medio derruidos, llenos de escombros y piedras resbalosas. Cassian varias veces se tropezó, pero su madre sostuvo su peso.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Una guerra, cariño. La magia va a cambiar.
—¿Toda la magia?
—Solo la nuestra.
Permanecieron en silencio el resto del camino, Cassian disfrutando de la compañía, sintiéndose irónicamente más vivo que cuando de verdad lo estaba.
Regina le condujo hasta una especie de teatro, era enorme, desde arriba se podía ver el escenario. Varias brujas y brujos del Caos bailaban alrededor, un trono se asomaba entre las sombras y unos enormes cuernos se alzaban por todo lo alto. Apenas llegaron, los bailarines se detuvieron y abrieron un espacio, dejando ver por primera vez al señor del Caos.
Cassian se quedó sin palabras, pocos tenían la suerte de ver a su Dios, su belleza y divinidad era tal que dominaba todo el espacio. Cuando el señor del Caos lo miró, todo lo demás dejó de importar. Eran solo los tres en el universo.
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Editado: 29.01.2026