La bruja de porcelana

XXXII_Sin debilidades

Cassian sintió frío. Era la primera sensación física que tenía desde que volvió. Poco a poco volvía a sentir su propio cuerpo, el aire llenando sus pulmones, el latido de su corazón golpeteando su pecho. Cuando abrió los ojos una luz abrumadora le cegó y casi lo obligó a cerrarlos de nuevo. Era doloroso, igual que antes.

Cuando despertó todo era oscuridad, lo único que parecía vivo era su sufrimiento. Todavía sentía la sangre cálida de su madre y el grito que pegó no fue dedicado al señor del Caos, fue en nombre de Regina. Quizá haya sido hereje, pero fue inevitable.

Cuando se calmó una serie de figuras aparecieron en el horizonte. Soldados, Inquebrantables, enemigos. Sentía sus corazones latiendo, no tenían miedo, era casi imposibles de leer. Algo más grande que sí mismos los protegía, incluso derrotados, eran tan dignos.

La rabia guio su mano, el deseo de demostrar que era más poderoso que nadie. El licántropo fue el último, su pelaje blanco estaba bañado de sangre y lodo. Sus patas se movían como en una pesadilla, luchaba contra su control, pero no podía liberarse. Su pelo ardió como una fogata en la oscuridad, una luz que lo abrasó todo.

Diez Inquebrantables asesinados y Cassian no estaba contento. Quizá por eso miraba el sol, quizá buscaba reconectar con la tierra.

Sus sentidos volvían lentos y muy agudos. Su tacto le permitía distinguir el lodo bajo sus pies, el viento helado que mordía sus brazos, la suave manta que lo cubría. Después volvió el oído y escuchó al viento proclamar su nombre, las voces de sus soldados, la respiración de Edme tras de sí, ella había sido su apoyo. Servil y casi confiable. Era extraño volver a nacer. Todo era igual y al mismo tiempo diferente.

Después de un rato, sus ojos se habían acostumbrado a la luz, el suave amanecer le bendecía con más tiempo.

—Señor —saludó Edme. La palabra sonaba rara en su boca.

—Mi madre está muerta —le dijo. Sentía la presencia de ella a su lado. Estaba igual viendo el amanecer, su mano en su cadera y su muñón vendado.

—Hace un buen rato.

—No, me refiero a para siempre. Ya no queda nada de ella.

Edme no respondió, se quedó en el mismo lugar. Solo que esta vez acarició el tatuaje que simbolizaba a su madre. Ahora estaba en su hombro y ya no brillaba.

—Eres libre de irte. Cualquier trato que ella haya tenido contigo se acabó.

Cuando Cassian dijo eso, estaba de verdad dispuesto a dejarla ir. Llámese debilidad o compasión. Edme se lo merecía, lo había guiado en su momento más oscuro.

—Lo sé, su magia me ha abandonado.

El brujo apartó la mirada del cielo y regresó a mirarla. Edme parecía un poco contrariada. Sujetando con demasiada agresividad su tatuaje.

—Lo que fácil viene, fácil se va —respondió.

—Y, aun así, tu magia todavía vive.

—Con sacrificios.

—Bien, entonces eso me falta.

Ella le regresó la mirada. Sus ojos tenían el mismo brillo que los otros, deseosos de poder.

—¿Qué tenemos que hacer ahora? —preguntó.

—Ir a Kobika, lo decía tu libro y mi visión.

—¿Y ellos?

Quedaban cuatro Magics, algunos algo heridos por la batalla, Benedict había muerto, aunque eso era mérito de Edme. Cassian sacó su cuchillo. Negro como la noche y brillante como el diamante.

—Esto me dio el Caos. Es para el ritual.

—Si hay ritual necesitamos víctimas.

—Así es. Portavoz, ¿quieres hacer el honor?

Edme le sonrió. No como una amiga, solo como una aliada. Ella en cierta manera también había sido escogida por el señor del Caos. Sus destinos estaban unidos, aunque solo el tiempo definiría si fuese como amigos o enemigos.

—Escúchenme bien —gritó desde lo alto de la colina —. Ante ustedes se erige el campeón del Caos, Cassian el maldito.

Los hombres se arrodillaron y postraron ante él. Ellos creían en su poder. Cassian se vio reflejado en un charco de agua y se dio cuenta del por qué.

Su cuerpo era más grande y dominante. Su rostro se había endurecido, formando una mandíbula marcada. Los tatuajes de sus mejillas habían desaparecido, ni siquiera una huella de que alguna vez hubieran existido. Su piel era pálida, sin grietas, ni imperfecciones. Su cabello ya no era azul, era plateado al igual que el nuevo símbolo en su frente. Unas líneas negras que se entrecruzaban para formar una corona. Un objeto de obsidiana que jamás abandonaría su cabeza.

—La nueva magia necesita sacrificios —gritó Edme — y ustedes los traerán.

—Traigan lo que más amen —añadió Cassian, dirigiéndose a su pueblo por primera vez. Su voz también había cambiado, ahora vibraba con la tierra, sacudiendo las hojas y los árboles.

—¿Qué pasa si no amamos a nadie? —preguntó uno de los Magics. Su voz era temblorosa e incluso se postró más para que no lo tomara como desafío. Le temían y Cassian por fin sintió algo. Una nueva conexión que lo mantendría vivo.

—¿No tienen debilidades? ¿Ni dudas? —preguntó saltando desde lo alto hasta el preguntón. Lo tomó de la nuca y le obligó a levantar el rostro.




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