La bruja de porcelana

XXXIII_Solo ámala

Godfrey regresó a la pensión al atardecer. No podía tranquilizarse desde el accidente en el parque. No había bebida que detuviera su corazón y mucho menos su miedo. Nunca había estado tan asustado, ni siquiera durante la caída de la Torre. Una y otra vez se tronaba los dedos, intentando calmarse.

Sin saludar al camarero, ni a ningún inquilino subió corriendo las escaleras hasta la habitación que compartían. La abrió con violencia y la cerró de un portazo. Corrió los seguros y se dejó caer con desesperación en el primer asiento que encontró. Emil se levantó de un salto y desenvainó su espada.

—¿Nos atacan?

—¡No!, bueno, sí. No… No lo sé. —respondió con sinceridad, agarrándose los cabellos. Esto era muy confuso.

La idea de Sabina, su deseo, su miedo. Alguien había jugado con sus sentimientos y odiaba sospechar de su propia hermana. Lo llenaba de odio y de culpa.

—¿Qué pasó?

—Alguien me atacó.

—¿Estas herido? —preguntó Emil acercándose y con deseos de ayudar.

—Sí, pero de una forma imposible de ver.

Emil no lo entendió. Se quedó sujetando su espada. Godfrey respiró varias veces más y se animó a decirle que se tranquilizara. El peligro no podía ser combatido con una espada. Emil tardó un tiempo más en relajarse y cuando lo hizo el ambiente se volvió más incómodo.

Entre ellos volaba lo dicho y lo que no. La discusión todavía estaba caliente, aunque no involucraba directamente al soldado.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó Godfrey jugueteando con sus propios dedos.

—Adentro —respondió mostrando la ligera cortina que separaba su instancia —. Está trabajando en un plan.

—¿Encontró a Cassian? —preguntó esperando que eso lo distraiga de… lo que sea que haya sido.

—Creo que está probando algo diferente.

A Godfrey no le gustaba como sonaba eso. Se puso de pie, dispuesto a verla. Emil le sujetó del brazo.

—¿Todavía estás enojado?

Emil sonaba preocupado. Parecía no querer intervenir en la pelea de hermanos y tenía razón, pero también había algo más. Estaba de verdad preocupado. La culpa dentro de su pecho creció más. Jamás haría daño a su hermana y, sin embargo, casi le había pegado.

—Emil, yo… no quiero hacerle daño.

—Ella está asustada.

—¿De mí?

—No, de todo lo demás.

El soldado regresó a mirar la cortina. Había algo en su rostro que estremeció a Godfrey. Quizá era demasiado bueno y compasivo, quizá quería más de lo debido a su hermana.

—Ella necesita apoyo.

—¿El tuyo? —se burló Godfrey sintiendo algo muy semejante a los celos. Nadie había querido más a Maude que él mismo.

—No —respondió negando con la cabeza —El tuyo, ella te necesita.

—No sé que hacer —confesó.

Antes tenía todo el control. Su hermana permanecía segura en la torre, ahora, ya no estaba segura en ninguna parte, ni siquiera con él.

—Solo ámala.

—¿No crees que estoy haciendo eso?

—No. Creo que buscas protegerla.

—¡Claro que sí! Eso es amor. Eso es lo que sé hacer.

Godfrey ya no sabía que le estaba pidiendo el universo. Ya… esto era demasiado. Caminó hacia la cortina e hizo afán de abrirla, pero de nuevo, Emil le sujetó de la muñeca.

—Por tu propio bien deberías soltarme —dijo enfadado.

—No quiero pelear, ella tampoco. Solo confía.

Emil le soltó y se sentó frente a la puerta. Era el perfecto guardián, con la distancia perfecta entre la puerta y la cortina. Su lealtad le pertenecía a Maude y Emil no estaba seguro de si eso era algo bueno o malo.

Cuando entró su hermana estaba de espaldas, tenía un ejército de velas prendidas y pronunciaba unas palabras extrañas. No notó su presencia hasta que terminó el hechizo. Entonces, se quedó rígida.

—Lo siento —dijo con suavidad —. No quise lastimarte.

Godfrey se inmovilizó. Entonces, si era ella. Su propia hermana lo había estado torturando. Conjurando imágenes que no tenía derecho. Otra vez se encendió con la ira, pero sobre todo estaba asustado.

—¿Te dejé marca? —preguntó volviéndose a verlo. Sus ojos estaban rojos, toda su carita hinchada, incluso su nariz lastimada. Era una niña y con su dedo señalaba a su pecho.

Fue entonces cuando se dio cuenta que ella no hablaba del parque sino del rayo.

—Hasta lo olvidé.

—Lo lamento, es que…

—No te preocupes, yo te provoqué.

—Yo perdí el control y…

Él ya no podía escucharla, se arrodilló a su lado y la abrazó. Su cuerpo era tan frágil entre sus brazos.

—Yo también lo siento. Jamás debí haberte dicho nada de eso.

—Pero tienes razón. Yo…

—No la tengo. No esta vez.




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