Maude salió de la habitación frustrada. Pensaba que todo se arreglaría con sus disculpas, pero ahora volvían al mismo punto, el plan no convencía a su hermano. Volvía a desconfiar de ella. “Tú eres el problema” recordó de pronto. Su hermano jamás confiaría en ella. Después de todo, el plan no era el problema, sino ella.
Dejó escapar un suspiro de tristeza. Emil le regresó a mirar y le preguntó si todo estaba bien. Maude solo asintió. No quería que otro la cargara. Sin embargo, Emil le agarró de la mano y la apretó suavemente.
“La que quiere quedarse a perder el tiempo” volvió la voz de su hermano. Bien, quizá si quería quedarse. Se apegó al brazo de Emil y se abrazó a él. Quizá su hermano no estaba, pero no estaba sola.
Caminaron en silencio hasta el comedor, buscaron una mesa cómoda y alejada y esperaron pacientemente la cena. Maude se resistió a soltar su mano y cuando lo hizo, se sintió de nuevo muy sola. “Tú eres el problema” esas palabras volvían una y otra vez y ella le daba un trago a su agua. Deseando que fuera capaz de calmarla.
Cuando llegó el pescado con papas demasiado cocidas Maude tuvo náuseas, no quería comer. Sin embargo, Emil le animó a darle una probada. El sabor era demasiado insípido, no tenía ni sal, pero cuando lo tragó, su cuerpo le pidió más. Estaba muerta de hambre y, casi se atragantó con la comida. Después de todo, recordó que no había comido nada en todo el día.
—Tenías razón —dijo Maude cuando los platos estuvieron vacíos. Solo quedaba unas copas de vino demasiado amargas.
—¿Sobre qué?
—Sobre el hambre. Eso estuvo delicioso.
Emil le sonrió y negó con la cabeza. Ambos sabían que era mentira, pero eso no importaba. Estaban satisfechos. Maude apoyó el codo en la mesa y se recostó. Estar con Emil la hacía sentir segura y eso de alguna manera, la hacía extrañar más a su hermano. Godfrey durante demasiado tiempo había sido su único confidente.
—A todos les hace falta descansar de vez en cuando —respondió Emil mirándola con ternura. Tomó un trago de vino y después hizo una mueca tan graciosa que Maude no pudo evitar reírse. Ni siquiera la detuvo el acceso de tos que sufrió después.
—Si que está muy bueno—añadió él cuando se recuperó. Todavía intentaba limpiarse la boca con un pañuelo.
Durante ese momento todo fue perfecto. Sin embargo, no duró mucho. Ella seguía siendo un problema.
—¿Tú crees que él tiene razón? —preguntó pensando en eso. Emil la miró y tomó de nuevo la copa.
—Tu hermano se preocupa por ti.
“También, me odia” pensó Maude amargamente. Si no hubiera sido por su madre ni siquiera estuvieran juntos. Él mismo se lo dijo. Emil se dio cuenta de su tristeza.
—Sé que a veces es difícil de creer.
—Bastante —admitió Maude suspirando —Yo… yo siento que… estoy…
Ella tenía la intención de confesar todas sus dudas, pero no tuvo el valor.
—¿Crees que yo podré hacerlo? Me refiero al hechizo
Su amigo apartó la mirada y jugó con la copa. Le daba vuelta entre sus dedos, sin derramar una sola gota del líquido. Parecía estar leyendo el líquido, buscando respuestas en su amargura.
—Yo no conozco de magia —dijo tras un largo rato —. Solo tú puedes responder a eso. ¿Puedes hacerlo?
Maude ya se lo había preguntado. Conocía los riesgos, tanto o más que su hermano. Ella misma había estado en una habitación cuando todo salió mal. El demonio había encontrado un solo trazo mal hecho y había absorbido las almas de sus invocadores. Sus cuerpos eran solo pasas arrugadas, sin sangre, órganos o huesos.
—He estado practicando hechizos de protección —dijo para tranquilizarse y también a Emil —. Ya solo fallo dos de tres.
El soldado se quedó con la boca abierta e incluso emitió un sonidito de sorpresa. Esa no le parecía una buena estadística.
—Puedo mejorar —añadió Maude, dedicándole una media sonrisa —. Es que…
La calidez de sus manos sobre las suyas, le hizo olvidar todas las palabras. Dejó de hablar y lo miró a los ojos. Emil la sujetaba con cariño, sus dedos enguantados acariciando el dorso de su mano. Su corazón dio mil vueltas y su estómago se removió inquieto. Sentía algo, algo que temía nombrar.
—Maude —dijo él con voz muy suave —yo confío en ti, sea lo que sea estaré a tu lado.
Sus palabras no eran las de manual, pero tuvieron el mismo efecto. Maude se acercó a él, sentía una fuerza magnética hacia sus labios, cerró los ojos esperando. Sus manos se apretaron más sobre las suyas. Su aliento cálido estaba tan cerca y entonces…
—Ahem —alguien se aclaró la garganta y una tercera mano se posó en la mesa.
Cuando Maude abrió los ojos se encontró con el rostro avergonzado de Emil y el gesto fruncido de su hermano. Maude apartó la mirada y se giró. ¿Se vería tan ridículo?
—¿Así que cambiaste de opinión? —preguntó Emil también aclarándose la garganta.
Godfrey no le contestó, se giró hacia su hermana y le tomó por los hombros.
—He estado pensando y yo… bueno, yo también confío en ti.
Maude lo agradeció. Quería creerle, pero… todavía resonaba con demasiada fuerza sus otras palabras. Se ruborizó un poco más. Buscó los ojos de Emil, pero él también estaba avergonzado.
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Editado: 29.01.2026