La bruja de porcelana

XXXV_El trono de obsidiana

Emil estaba sentado ante la mesa. Maude había colocado las tres pequeñas piedras de obsidiana frente a cada uno. Él no podía apartar la mirada de ella. Había algo en el aire que le instaba a protegerla. Ella le devolvió la mirada y le tomó de la mano. Quería demostrarles seguridad, pero no podía ocultar el temblor en sus manos.

Godfrey estaba extrañamente callado, miraba los símbolos trazados en la mesa y se tronaba los dedos. Parecía transportado a otro tiempo y sus recuerdos no eran placenteros.

—Tengo que entrar a mi palacio mental —dijo Maude, reclamando la atención de todos —. Después comenzaremos.

Miró a su hermano, quizá esperaba una palabra de aliento o una pregunta, sea lo que sea, no la recibió. Godfrey continuaba mirando las líneas. Emil le deseó una buena suerte, aunque sabía que con eso no bastaría.

La joven cerró los ojos y en segundos su mente ya no estaba con ellos. Emil ya había sido testigo varias veces de ese estado, pero eso no dejaba de sorprenderlo. Maude se veía tan concentrada, sus labios ligeramente apretados, su semblante sin una sola arruga, parecía en paz. Hasta que las grietas aparecían. Eran como rayas negras que comenzaban pequeñas, pero poco a poco se extendían, como si Maude fuera de piedra y se estuviera rompiendo por dentro.

—El hechizo será peor que eso —dijo Godfrey señalando a su hermana.

—¿Crees que pueda romperse?

Godfrey solo se encogió de hombros y murmuró algo. Emil no insistió. Quizá era mejor no pensarlo. En su lugar, se dedicó a mirar las obsidianas. No podía negar que desprendían una sensación mística. Era como cuando los sacerdotes elevaban plegarias a su dios, divino y confortante.

Las tres obsidianas eran iguales, ovaladas, con superficie lisa y vidriosa. Si se concentraba lo suficiente podía oler incluso el sulfuro y la lava. Esas piedras eran especiales, eran capaces con su sola presencia de transportarlo en medio de su origen. Podía sentir el calor ardiente, ver la majestuosidad del volcán y le provocaba un extraño deseo de tocarlas.

—No —le advirtió Godfrey sujetándole por la manga. Emil salió del hechizo. Recién se daba cuenta que había estirado su mano y que estaba muy cerca de tocarla.

—Una sola modificación de los trazos y todos moriremos.

Emil no dijo nada. Le creía por completo. Las líneas estaban dibujadas con rojo carmesí y parecían solo de tiza. Si el tocaba la obsidiana, ¿sería capaz de borrarlas? Lo mejor era no descubrirlo.

—Maude dijo que había practicado hechizos de protección.

Godfrey no le respondió. De nuevo, se limitó a encogerse de hombros.

—¿Todavía no confías en ella?

Antes de que Godfrey pudiera responder, Maude abrió los ojos. El ambiente cambió por completo. Un frío helado recorrió a todos los presentes y una campanada lejana marcó el inicio de algo. Un escalofrío recorrió a Emil y recién entonces pensó que era una mala idea.

La joven ofreció sus dos manos hacia sus acompañantes. Godfrey la tomó con un suspiro de resignación y lo que parecía una oración silenciosa. Emil iba a tomarla, pero dudo. Un miedo creciente estrujaba su corazón y lo instaba a huir.

Maude detectó su miedo y sus ojos reflejaron tristeza. Él le había asegurado que confiaba por completo en ella y ahora dudaba.

—Maude —llamó suavemente.

—Te necesito —respondió ella con una voz particularmente chillona —. Los necesito a ambos. Godfrey asintió y se volvió a ver a Emil.

—Sí confió. —dijo y apretó con más fuerza la mano de su hermana.

Emil cerró los ojos y se permitió escuchar el martilleo de su corazón. Había algo más con él, un susurro que le animaba a continuar.

—Ya has llegado muy lejos hermanito —le dijo el susurro.

Emil abrió los ojos de la sorpresa y se volteó a ver alrededor. Debió ser imaginaciones suyas, pero algo estaba claro. No estaba solo. Finalmente, tomó la mano de Maude y un calor embargó su cuerpo. Cualquier rastro de frío se desvaneció. Ella era demasiado mágica.

—Antes de empezar, ¿hay algo extraño para lo que deberíamos prepararnos? — preguntó Emil temeroso de la respuesta.

Godfrey abrió la boca para responder, pero Maude se le adelantó.

—Bueno, será mucho. Creo que lo peor es que tu alma abandona tu cuerpo.

Emil dejó escapar un grito ahogado. ¿Qué? ¿Cómo se sentía eso? ¿Sería parecido a morir? Porque no quería pasar por eso. Maude le sonrió tímidamente y añadió casi con desespero.

—Solo no sueltes mi mano, ¿sí? Te prometo que todo estará bien.

Morir no era estar bien, pero si Maude lo decía. Sujetó con más fuerza su mano. Concentrándose en ese calorcillo que despertaba en su cuerpo y no en el bombeo de su corazón.

—Bien, empecemos.

Maude comenzó a cantar una escalofriante melodía. Emil no sabría como describirlo, era como el canto de una sirena: dulce, empalagoso y muy, muy peligroso. Su cuerpo se tensó, pero mientras más avanzaba la canción, comenzó a moverse con la música. Se sentía como una cobra frente a una flauta. Godfrey también se movía y por su mirada, sospechaba que tampoco tenía control.




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