La bruja de porcelana

XXXVI_De rodillas

Maude sabía perfectamente dónde se encontraba. Había estado buscando estar allí durante días y ahora que lo tenía estaba aterrada. Aunque, a diferencia de otras veces, también sentía una ira casi irrefrenable.

Sabía que era peligroso tratar con Bendisi, conocía los riesgos y creyó estar preparada. Al momento de la verdad, no lo había logrado. Su hermano tenía razón, nunca debió intentarlo. Al final, solo era una niña caprichosa.

Estaba de rodillas y no podía levantarse. A su alrededor solo había oscuridad. No podía ver nada, pero sabía que él estaba allí. De un momento a otro lo escucharía. Ni siquiera hizo intento de soltarse. Se quedó de rodillas, con la cabeza gacha, simplemente esperando.

La espera fue tan larga que tuvo tiempo de pensar en su hermano y en Emil. ¿Qué les habría pasado? ¿Estarían agonizando? O quizá sus almas habían sido llevadas al infierno. Sea como sea todo eso era su culpa. Si tan solo pudiera disculparse.

—Los Magics no nos disculpamos —dijo Cassian.

Apareció como una tormenta. Su cuerpo tomó forma de la mismísima sombra y dejó a Maude sin aliento. Cassian había encontrado el modo de hacerse más fuerte y, sin embargo, ya no tenía sus tatuajes.

—Parece que no puedes vivir sin mí —dijo mirándola con una mezcla de compasión y burla.

Maude le respondió con una lluvia de escupitajos, era un hechizo tonto incluso infantil, pero se regodeó cuando varios de ellos pegaron en su rostro. Su felicidad fue respondida con una bofetada y un reajuste de cadenas.

Todo su cuerpo fue jalado hacia el suelo y terminó con la mejilla pegada en el piso.

—Tienes suerte —dijo Cassian pisándole el cuello y presionando lo suficiente para dejarla sin respiración —. Sino fueras el último regalo de mi madre…

Cassian no tuvo que decir nada. Apretó un poco más su bota y Maude comenzó a ahogarse, un poco más y le rompería el cuello, pero la soltó. Es más, sus cadenas se aflojaron y pudo volver a sentarse.

—¿Qué haces todavía aquí? ¿No deberías estar siguiéndome?

—Eso es lo que hago —dijo Maude, le dolía la garganta y su voz salió algo distorsionada.

—Alguien me ha contado algo diferente.

La joven no tenía que adivinar quien era, lo tenía muy presente. Después de todo, los Magics eran mentirosos.

—Más bien leales, solo que no a ti, querida.

—Así que lees pensamientos, ¿por qué me preguntas entonces? ¿por qué cuando ya tienes todas las respuestas?

—Porque quiero escucharlo.

Maude rio por lo bajo, tenía tanto sentido.

—Intenté saber lo que hacías —confesó. No tenía caso mentir.

—Oh, querida —respondió él con falso encanto —. Solo tenías que preguntármelo.

Su mano se acercó a su mejilla y le acarició con dulzura. Maude se vio aquejada por la repulsión. Con más motivación, Cassian la sujetó por el mentón y acercó su cara. Su lengua asquerosa le lamió.

—¡Suéltame! —gritó ella y esta vez logró darle un cabezazo —. No tienes derecho…

—Tengo todo el derecho —rugió Cassian. Su rostro rojo por la ira. Maude cerró los ojos preparándose para lo peor.

Sin embargo, pasaron los minutos y nada. Cassian se había alejado unos pasos. Le daba la espalda.

—Lo siento, querida —dijo solemnemente —. Solo que tengo el tiempo contado. Hoy, no puedo jugar contigo.

Ella se sorprendió, no solo por su actitud, sino porque sus cadenas se habían aflojado. En silencio probó su nueva movilidad y sonrió. Había pensado que podía quedarse derrotada, pero la reciente repulsión probaba lo contrario.

—En ese caso, solo dime lo que haces.

Cassian no le contestó de inmediato, se dedicó a observar el vacío. Si no lo conociera podría confundirlo con un soldado meditabundo.

—La magia está cambiando —dijo y se volteó a verla. Por primera vez, Maude se dio cuenta de su corona. Brillante y poderosa. El miedo dentro de ella se desató y se puso a temblar. Cassian ya no solo era peligroso para ella.

—Tú eres su rey —tartamudeó.

—Yo soy el elegido.

Durante un segundo un brillo de arrepentimiento cruzó sus ojos. El sacrificio que debió hacer era muy grande. Maude ni siquiera quería imaginar que podría hacer daño a Cassian.

—Cassian, el maldito —la corrigió —. Y no estoy arrepentido. ¡Jamás!

—¿Fue tu madre? —Maude sabía que ella era a la única que mostraba respeto. Cassian se volvió rojo de nuevo, su rostro se contrajo por la ira.

—¡Yo soy el Caos encarnado! —gritó y atacó sin compasión.

Maude apenas alcanzó a soltarse cuando unas sombras presionaron las cadenas hasta pulverizarlas. Esa podría ser ella. Sin perder el tiempo rodó por el suelo, mientras Cassian lanzaba un hechizo tras otro. Maude movía los dedos con desesperación y logró que un par de cadenas invisibles agarraran al brujo de las muñecas y lo jalaran.

—Tu poder es un soplo en mi tormenta —dijo el brujo y sin pestañear rompió las cadenas. La joven sostuvo la respiración. Tenía que actuar rápido o no saldría ilesa.




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