La bruja de porcelana

XXXVII_El último cerrojo

Godfrey nunca había sido tan feliz. ¿Cómo no podía estarlo? Estaba en una cama cómoda, suave y cálida con la mujer que más amaba. Su bonita cabeza estaba acomodada sobre su pecho y dormía tranquilamente. Su cabello rubio despedía una fragancia similar al de las rosas.

A veces cuando estaba melancólico, solía pensar en casarse y formar una familia, pero eso era imposible. Tenía una hermana que cuidar y como siempre tenía problemas. Solo pensar en ella hizo que la habitación se oscureciera y que ya no fuera tan agradable.

Sacudió varias veces la cabeza para dejar de pensar. En su lugar, se concentró en Sabina. Besó con delicadeza la punta de su nariz y esperó. Sabina respiraba con tranquilidad, estaba completamente dormida salvo por una pequeñísima sonrisa traviesa. Godfrey volvió a besarla en diferentes partes, le besó el cabello, la frente y por supuesto los labios. Sabina se reía con cada uno de ellos. Respondiendo con intensidad a sus besos y caricias.

Pronto cualquier idea del futuro desapareció de su mente, ahora solo importaba Sabina. El calor que despedía de su cuerpo y el amor que prodigaban sus labios. Sin embargo, el momento no duró. En un parpadeo Sabina había desaparecido dejándole solo en una habitación húmeda y oscura.

Godfrey sabía dónde estaba, en ese lugar había atacado y sido atacado, peleado y vencido. Un frío casi sobrenatural calaba en sus huesos. Estaba sentado en la cama mirando hacia la puerta.

Con renuencia olvidó a Sabina y recordó el trono negro, a Bandisi y los gritos de su hermana por detener el hechizo. Al parecer había tenido éxito porque si no estaría muerto y estaba seguro de que eso no era el paraíso. Lo único que no entendía era dónde estaban los demás.

El tiempo de soñar había acabado. Se levantó y se encaminó hacia la puerta. Solo rozó el cerrojo cuando una voz muy conocida resonó tras de él

—¿Tan poco significo para ti? —las palabras hicieron efecto, Godfrey se quedó inmóvil. No podía ser cierto, no podía ser Sabina.

Cualquiera habría pensado que Godfrey era una estatua, sus músculos estaban rígidos, no parpadeaba e incluso su respiración era muy pausada. No quería volver a sufrir alucinaciones, ni dudas sobre su hermana. Sabía que no estaba allí. Eso era todo.

Cerró los ojos, deseando que de alguna manera bloquearan la voz. Luchando contra sí mismo abrió un cerrojo. El movimiento le resultó sumamente difícil y cuando movió sus dedos, le parecieron torpes y lentos. Tres cerrojos mantenían la puerta cerrada. La mayoría de las puertas no tenían tanto, incluso no estaba seguro de que así fuera antes.

— ¡Quédate una noche más, por favor!

Tal vez era una locura, pero Godfrey tuvo la sensación de que una persona se acercaba a él. Esperó o quizá deseó que alguien lo tocara. Esperó tres respiraciones y no sintió nada, ¡No era cierto! Eso lo comprobaba.

Tocó la puerta buscando el otro cerrojo, sus dedos tropezaron con la estructura metálica. Jaló el pestillo abriendo el segundo cerrojo.

—Me abandonarás de nuevo —dijo la voz de Sabina lastimosamente.

La habitación antes fría pareció inundarse de calor. El mismo de la taberna de Mosika, el mismo que acompañaba a Sabina. Esta clase de calor no solo calentaba el cuerpo, sino que llegaba al alma. Sin poder resistirlo más Godfrey abrió los ojos.

La puerta maltrecha de la habitación se había esfumado reemplazada por una puerta robusta y bien labrada. Godfrey había fantaseado miles de veces con tenerla en su casa. Además, no solo eso había cambiado, también las húmedas paredes estaban decoradas. Lo único que se mantenía igual eran los tres cerrojos y él.

Godfrey pegó la frente en la puerta. Estaba fría y perfecta para tratar su cabeza adolorida. Respiró profundo y consideró darse la vuelta. Afuera solo había frío y soledad, ahí en cambio lo tenía todo. Sabina, un hogar, comodidades. ¿Qué se le impedía ser feliz?

—Eso es. Quédate conmigo —dijo la voz con alegría y Godfrey sintió como una mano sujetaba la suya. Otra vez una ola de calidez recorrió su cuerpo. Ese era su lugar.

Godfrey la sujetó con fuerza. Volvió a cerrar los ojos, dejando que la tranquilidad se esparciera por todo su cuerpo. Solo tenía que soltar el último cerrojo y todo lo que siempre había soñado sería suyo. Su mano tardó un segundo de más en reaccionar. Se quedó con los dedos alrededor del cerrojo.

—Godfrey —alguien llamaba. Un susurro apenas audible que lo dejó nuevamente paralizado. “No, por favor, no” pensó. No quería que nada se interpusiera en su ilusión, en su sueño.

—Godfrey —la voz ganaba fuerza. Estaba demasiado cerca y él quiso alejarse, pero no pudo.

—Godfrey —dijo una tercera vez y esta vez escuchó pasos afuera.

Era otra voz que reconocía. Sabía perfectamente quien estaba detrás. La mano que sujetaba comenzó a perder firmeza hasta que dejó de sentirla. La calidez de la habitación se estaba apagando.

—No me dejes —lloriqueó Sabina suponiendo lo que estaba por pasar.

Godfrey cerró con más fuerza sus ojos dejando que una solitaria lágrima rodara. Con mucho dolor en su corazón y con la mano más pesada que nunca retiró el último cerrojo y abrió la puerta.

Lo último que escuchó de la habitación fría y oscura fue: “¿Cuándo seré yo?” No tuvo tiempo de responder porque los brazos amorosos de su hermana lo apretaban con fuerza. El abrazo era sincero, pero Godfrey no sentía calidez.




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