Emil ya había vivido ese día estaba seguro. Se lo había dicho varias veces a sus padres, pero no lo tomaban en serio. Preferían ignorarlo o balbucear algún consuelo sin sentido. No, no estaba celoso por su hermano. ¡Eso era una locura!
Amaba a Conrad tanto como a sí mismo. Estaba muy orgulloso de que el rey al fin reconociera su valentía y al fin lo convirtiera en un verdadero caballero.
Emil sujetaba con firmeza la mano de su madre mientras caminaba con gran orgullo por las calles de Mosika. Usaba sus mejores galas y pronto se subieron al carruaje que los llevaría al palacio. La alegría invadía a toda la familia. Este era un día que jamás olvidarían.
Emil había soñado muchas veces con esa ceremonia. Había imaginado el carruaje, los caballos y el palacio. Todo era mucho mejor en la realidad. Caballos blancos como la nieve tiraban de un carruaje dorado y verde. Los asientos eran de cuero y por dentro había pequeñas decoraciones de oro.
Desde la ventana se podía apreciar los castillos bordeados de extravagantes jardines. Hermosas doncellas acompañadas de sus maridos realizaban pequeñas reverencias al coche. Cada vez que eso pasaba Emil levantaba el mentón, orgulloso de que la gente rica de Mosika los saludara. Su madre embargada por la misma sensación obligaba a Emil a sentarse lo más recto posible.
Tomó alrededor de media hora llegar al castillo real y al verlo Emil perdió la respiración. Nunca volvería a ver algo más encantador. Un puente de madera separaba el castillo y cuando el carruaje pasó sobre él, Emil pudo apreciar las cristalinas aguas y a los peces de colores que nadaban en el fondo.
Se bajaron en el patio principal y fueron conducidos rápidamente a la capilla. A Emil le hubiera encantado detenerse a explorar el castillo y descubrir todos sus secretos, pero su madre no se lo permitió. Más bien obligó a su padre a cargarlo en hombros y llevarlo al interior.
Los sentaron junto con otras personas similares a ellos, es decir gente que en realidad no había nacido dentro de la nobleza. Emil era tan pequeño que no se percató del desagrado de la corte, ni de los murmullos despectivos contra su familia. Lo único que le importaba era su hermano.
Conrad había sido valiente desde adolescente. Había protegido su hogar de los ladronzuelos y extorsionadores. Por lo tanto, a Emil no le sorprendió que su hermano liderara la resistencia, su nombre de alguna forma se había convertido en sinónimo de honor.
Emil se quedó sin aliento cuando entró el rey. Su corona de oro brillaba tanto que lo despistaba del discurso sobre la valentía y el honor. A pesar de que el rey reclamó mucha de su atención, pronto fue opacado. Su hermano acababa de entrar, llevaba la armadura de un completo caballero con su cota de malla y el peto pintado con el escudo de Mosika. No llevaba su casco, así que su cabello pajizo y largo caía sobre sus hombros. Lo más impactante era su mirada, ojos que brillaban con seguridad, como si fuera invencible.
Se arrodilló ante el rey y el monarca tomo de forma ceremonial una espada que el pasaba su asesor. La desenvainó mostrando a todos la belleza del acero. Se volteó hacia Conrad y con la punta de la espada tocó delicadamente sus hombros.
—Fiel, Conrad —dijo el rey —. Has probado tu valentía, perseverancia y audacia. Sin embargo, ¿serás capaz de hacerlo por el nombre de tu reino, de tu pueblo y de tu rey?
Las palabras resonaron por toda la sala, todos en silencio sentían el peso del compromiso que el nuevo caballero cargaría sobre sus hombros. Emil se mordisqueó las uñas de la ansiedad. Deseoso de que su hermano pronto hablara y despejara cualquier duda que pudiera tener el monarca.
—Mi rey —comenzó a decir con una firmeza arrolladora —. Por mi honor, juro que serviré al pueblo, protegeré al inocente y honraré al rey. Hoy y para siempre juro lealtad al reino de Mosika y a quien lleve su corona. Mi espada está para siempre a su servicio
—Si es así, hijo mío. Levántate y preséntate como un nuevo caballero del reino de Mosika.
Todo el mundo arreció con aplausos y vítores. El rey le entregó la espada juramentada al nuevo caballero. Mientras tanto, Emil hacía lo posible para disfrutar el momento. Fingiendo sus gritos y aplausos. La verdad era que un terrible presentimiento apresaba su corazón. Un terror inexplicable había sacudido su cuerpo en el momento en que su hermano pronunciaba el juramento como si su destino se hubiera sellado.
Por más que intentaba concentrarse en Conrad, su figura se hacía cada vez más borrosa y lejana. Era tan abrumador que en su garganta se formó un grito que no alcanzó a materializar porque Conrad se regresó a mirarlo. Sus ojos igual de brillantes, pero había algo que no estaba bien. El relicario comenzó a brillar con más fuerza en su pecho.
Emil se removió incómodo. Sintiéndose acosado y de pronto el pensamiento llegó a él: «Esto no era real» «Así no… no… había sucedido». El relicario no lo había utilizado en la ceremonia porque fue un regalo de su madre antes de partir a su nueva misión y lo llevó hasta su último respiro.
A penas lo pensó, su hermano sonrió y en lugar de su perfecta sonrisa apareció una boca podrida y rota.
Emil gritó y la ilusión se quebró como un espejo. Los pedazos cayeron convirtiendo la capilla en una zona oscura y al gentío en un solo ataúd. Él estaba arrodillado frente al cuerpo inmóvil de Conrad.
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Editado: 23.08.2026