La bruja de porcelana

XXXIX_Sombras del puerto

Conseguir un barco fue demasiado fácil. Emil no tenía ni idea de cómo lo había conseguido Godfrey, pero no quería preguntar. Habían decidido irse. ¿A dónde? Eso todavía no lo decidían. Maude se había dado por vencida, decía que Cassian era demasiado fuerte y aceptaba que era una locura no hacer algo diferente que huir. Emil no se había opuesto. Su corazón le decía que debía permanecer a su lado, al menos por un tiempo más.

Godfrey había sugerido navegar lejos del continente y adentrarse a tierras desconocidas.

—El poder de Cassian no puede extenderse por todo el mundo —había dicho.

—Todavía no —respondió su hermana enigmáticamente.

Lo cierto era que ninguno de los dos parecía convencido. Maude no dejaba de mirar atrás mientras caminaban hacia el puerto. Las nubes todavía tapaban al sol y la mañana parecía más larga que nunca. Godfrey no parecía darse cuenta e intentaba animarlos a todos. No dejaba de repetir que era lo correcto.

—Tú misma lo dijiste, no podemos luchar.

Cada vez que lo decía sacaba suspiros a Maude y acababan en un silencio incómodo. Godfrey caminaba muy por delante, mientras que Emil estaba en la retaguardia. Él llevaba todos los equipajes, puesto que Godfrey todavía sufría dolencias del brazo. Su hermana lo había curado, pero no había quedado del todo bien.

Estaban a pocas manzanas del puerto cuando Godfrey se giró de pronto. Emil se imaginó que tenía algo que decir, pero la flecha en su hombro decía lo contrario.

Emil reaccionó primero, corrió al lado de Godfrey y ordenó a Maude que creara un escudo. Con la espada desenvainada, buscó a los atacantes. Los lugares altos como tejados o balcones eran en lo primero que enfocó su atención.

—¿Quiénes son? —preguntó Maude asustada, mientras presionaba la herida de su hermano. Godfrey se quejaba, así que estaba vivo.

Una sombra voló por uno de los balcones y disparó otra flecha. El proyectil rebotó en el escudo, aunque igual Emil se agachó. Antes de que la sombra cayera, desapareció.

—Creo que es magia —dijo Emil asustado. Ese no era su campo.

Regresó su atención a Godfrey y se arrodilló ante él.

—¿Estás bien?

—Sí. ¡Solo fui disparado! —gritó señalando la flecha de su hombro.

—Vivirás.

Otras tres flechas golpearon el escudo.

—¡Maude! —gritó Emil. La joven se había puesto de pie y movía sus manos. El escudo se llenó de agujas por fuera y con una palabra salieron volando por todas direcciones como si ellos fueran un puercoespín gigante.

Emil cerró los ojos, esperaba que no hubiera matado a ningún inocente. Godfrey, por su parte, gritó emocionado.

—¿Dónde aprendiste eso?

—Cassian—respondió la bruja sin darse la vuelta.

Emil también acompañó su vigilancia. No había más rastros de las sombras.

—Debemos apurarnos —recordó Godfrey poniéndose de pie.

Maude descubrió el escudo y apenas dio un paso, otra flecha la golpeó. Fue directa a su pecho y solo un reflejo rápido la salvó. De cualquier forma, cayó al piso. Esta vez Emil pudo ver al atacante. Francisco se asomaba por una callejuela y en su mano reposaba tranquilamente una ballesta.

—Parece que cacé una bruja —se burló.

Emil se lanzó al ataque. La magia no era su campo, pero los humanos… Se había preparado una vida para combatirlos.

Su espada chocó con el acero de Francisco. Él era más grande y pesado, pero eso lo hacía muy lento. Varias veces logró conectar golpes y espadazos. Francisco se hubiera convertido en carne molida sino hubiera sido por su gruesa armadura.

—¿Quieres otra vez caer? —preguntó Emil golpeándole en las piernas.

—La última vez no fue justa —se quejó el otro.

Para colmo alcanzó a darle una patada que lo desestabilizó y con su espada acarició su hombro. La sangre empapó su camisa y se resbaló cálida y pegajosa por su hombro. Emil apretó la mandíbula y redobló sus esfuerzos.

Su brazo se movía a una velocidad vertiginosa, bloqueaba, fintaba, atacaba. Era un baile que exigía la mayor de las concentraciones. Al fin, Emil logró desbaratar su defensa, golpeó con su fuerza el codo de su oponente y tuvo entrada libre al cuello. Lanzó el espadazo, pero no fue lo suficientemente rápido.

Una lucecilla medio parpadeante que se movía casi en círculos llegó primero y con la fuerza de un cañón lo envió hacia atrás. Emil no tuvo que voltearse para saber quién era el responsable.

—Ya lo tenía —gritó y Maude se rio.

—Se merecía por intentar matarme.

Emil no podía argumentar nada contra eso. Se acercó a Francisco para asegurarse que estuviera inconsciente o muerto. Su respiración adolorida le confirmó lo primero.

—Esto es solo una advertencia —le dijo agarrándole del pecho y acercándole a su rostro —. La próxima vez no volverás a respirar —lo golpeó con todas sus fuerzas. Incluso pudo jurar que sintió su quijada fracturándose. Emil sonrió.

Sin embargo, cuando se dio la vuelta quedó cegado. Era una luz tan atronadora que necesitó cubrirse los ojos. Quemaba. Era un dolor indescriptible. Solo se veía lo rojo del sol o del infierno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.