Las grietas de su cuerpo se abrían con cada encantamiento, Maude ya estaba llegando al límite de su magia y continuaba terca como una mula. Godfrey se mantenía pegado a ella. Instándola a continuar. Le jalaba del brazo y la empujaba. Ella continuaba plantada ahí.
—No puedes derrotarlas —gritó Godfrey.
Las sombras caían bajo sus hechizos, pero volvían a formarse. Necesitaban irse. Emil ya se había adelantado y de seguro cubriría su retirada.
—Puedo intentarlo —respondió Maude enfadada y eso era su culpa.
En lugar de pelear contra Cyprian estuvieron peleando entre ellos. Es que Maude era… bueno, era demasiado poderosa y Godfrey no podía ver que hiciera daño a Sabina. Cuando detuvo sus manos, cuando le ordenó que no hiciera magia, él no estaba pensando, estaba sintiendo.
—¡Basta! Harás que nos maten a todos.
Eso la despertó. Abrió grandemente los ojos y lanzó un grito furioso. Una luz parpadeante explotó y libró un callejón de las sombras. Maude corrió primera.
Sus zapatos generaban un eco que asustaba más a los vecinos. Hombres y mujeres llamaban a la guardia, gritaban para que pararan todo ese desastre. Lo peor era que culparían a su hermana. ¿Quién más podía ser culpable? Ella era una Magic.
Mientras corrían a Godfrey se le ocurrió algo. Estaban por salir de la plaza cuando lo pensó. Miró a Maude perderse por una de las calles y maldijo. Tenía dos opciones, seguirla o volver.
No sabía si Cyprian estaba vivo o muerto, quizá simplemente había sido vencido. Cuando volvió a la plaza, decidió trepar por una de las viviendas. Era bueno trepando y no tuvo problemas para subirse al tejado. Sus pies se movían ligeros sobre las tejas y muy rara vez resbalaba. Las sombras se habían marchado como un ejército tras Maude y solo pocas se habían quedado.
Armado con su botella rota las despachó. Esperaba que se regeneraran, pero no sucedió. Era tan irrelevante que ni siquiera las sombras ponían empeño en derribarlo.
En medio de la calle estaba el cuerpo del primer enemigo y al otro lado un rastro de sangre. Al principio era como si alguien muy herido se hubiera arrastrado, pero después solo fueron gotas de sangre. Se había puesto de pie y se tambaleaba por las calles abandonadas de Esika.
El rastro se dificultaba en ciertas partes, pero al final lo guio a una caballería. Godfrey agudizó el oído y escuchó unos jadeos acompañados de arcadas. Rompió más su botella y sacó un buen trozo de vidrio. Cabía perfectamente en su mano.
Cuando se asomó Cyprian intentaba subirse en un caballo. Su sangre manchaba el lomo grisáceo del animal y un gran charco de sangre babosa demostraba que tenía el tiempo contado.
—Buenos días —saludó Godfrey apoyándose en el marco de la puerta.
El hombre respondió con un respingo.
—Has escapado —dijo tontamente. Por la comisura de su boca caía sangre.
—Y tú estás herido.
—Tú puta me ha acabado —dijo tosiendo.
Godfrey dejó pasar el insulto a Sabina. Se cruzó de brazos y esperó.
—¿Qué quieres?
—Verte morir —respondió él cínicamente. No era la primera vez que veía agonizar a un hombre y aunque no le gustaba, Cyprian era un bastardo particular.
Muy lentamente el comandante sacó una ballesta. Tenía cargada una última flecha.
—No te daré esa satisfacción —dijo apuntándose a la cabeza.
Godfrey se tensó. Así no debía terminar. Un fanático como él no merecía el suicidio. Se lanzó en una carrera contra la muerte. El tiempo se ralentizó mostrando cada segundo que Cyprian se demoró en jalar el seguro. La flecha no tuvo que recorrer demasiado, se clavó en su cabeza y salió con violencia por el otro lado. Godfrey quedó empapado de sangre y nada más. Los ojos vacíos de Cyprian se apagaron demasiado pronto.
—Cobarde —musitó Godfrey y le dio una última patada —. Nadie te llorará.
Se arrodilló delante de su cadáver y rebuscó entre sus bolsillos. Encontró oro y también su espejo. Tomó al caballo y cabalgó hacia el puerto.
Recién comenzaba a oler el mar cuando vio todo un ejército alrededor. Sus amigos habían retrocedido hasta el barco. Emil se batía con su espada y Sabina con el puñal. Maude se aferraba a la borda. Lanzaba pocos hechizos, pero apenas funcionaban.
—Qué harías sin mí, hermanita —murmuró Godfrey. Sacó el envoltorio del espejo y lo levantó por sobre su cabeza.
Cabalgó cerrado los ojos y solo se detuvo cuando escuchó con claridad los gritos de los demás.
Tanto Emil como Sabina se doblaban por la cintura, mientras que Maude ya se había desmayado. No había rastros de las sombras, después de todo solo eran oscuridad y él tenía la luz encarnada.
—Suban todos —ordenó Godfrey envolviendo el espejo de nuevo—. Pronto zarparemos.
—Así que estás vivo —dijo sorprendido Emil. Parpadeaba repetidamente intentando recuperar la vista.
—No te librarás tan rápido de mí —respondió dándole una palmada en la espalda. Sabina no dijo nada y hasta soportó ser guiada al interior del barco.
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Editado: 10.02.2026