Godfrey no podía imaginarse un escenario peor que ver como la piel de su hermana se abría en miles de grietas negras irregulares por culpa de su propia magia. Maude había sobrepasado hace mucho su propio límite y en lugar de encontrar una forma de escapar continuaba terca lanzando hechizos a diestro y siniestro. Era como s de verdad quisiera hacerse daño a sí mismo más que a las sombras, pues ninguno de sus encantamientos había dejado a las sombras destruidas.
Él se mantenía pegado a ella instándola a continuar. La había agarrado del antebrazo y la zarandeaba como a una muñeca, pero ella continuaba plantada ahí como si le hubieran crecido raíces y anclado al suelo.
—No puedes derrotarlas —gritó Godfrey desesperado.
Otra tanda de sombras caía bajo la magia, pero no duraban ni medio segundo para que vuelvan a ponerse en pie. Necesitaban irse o ambos morirían. Además, Emil ya se había adelantado y de alguna manera podría ayudarlos.
—Puedo intentarlo —respondió Maude enfadada. Esta furiosa con él y puede que tuviera razón.
Mientras que Emil y Sabina se las arreglaban para pelear contra Cyprian, ellos estaban discutiendo entre ellos. Incapaces de llegar a un acuerdo, ni aun cuando sus amigos estaban en peligro. Todo fue porque Maude no escuchaba, jamás lo hacía, incluso en ese momento de tensión. Godfrey le había dicho que no intentara conjurar nada porque … bueno, era demasiado poderosa y poco disciplinada. Godfrey era incapaz de dejarla hacer daño a Sabina, incluso si era por accidente.
Así que era inevitable que tarde o temprano él la hubiera sujetado de las manos. Quizá fue demasiado brusco, quizá lo hizo de una manera que le recordó a todos quienes la habían intentado detener, quizá no fue su acción sino sus gritos casi histéricos ordenándole que dejara de hacer magia. Lo cierto era que él no estaba pensando, se estaba dejando llevar por todas sus emociones.
—¡Basta! Harás que nos maten a todos —gritó de nuevo Godfrey, plantándose frente a ella y abriendo los brazos.
Por un momento, creyó que ella simplemente iba a apartarlo, lo pensaba por como arrugó la nariz y apretó la mandíbula. Sin embargo, Maude suspiró y lanzó un grito lleno de furia. Con su voz una ráfaga de luz explotó por todo el callejón, librándoles por primera vez de todas las sombras. Su hermana no esperó orden, ni nada y se lanzó a correr por la calle. Godfrey no tardó en seguirla.
Sus zapatos de alguna manera generaban un eco que los delataba como culpables a los asustados vecinos. Godfrey no tenía ni idea de cuándo apareció tanta gente, solo sabía que una multitud de hombres y mujeres se reunían en la calle, hablando entre ellos, señalándolos, gritando. Él no tenía que ser un genio para saber culparían a su hermana. Después de todo, para ellos no era más que una Magic.
Estaban por salir a una pequeña plaza cuando a Godfrey se le ocurrió una idea. En la plaza la gente se había amontonado y estaba seguro de que no les dejaría pasar. Maude se giró de golpe y se perdió por una pequeña calle. Ella no conocía la ciudad y tampoco era la mejor para orientarse, así que era fácil adivinar que no tenía ni idea de a dónde iba, solo quería escapar de toda esa gente. Él tenía dos opciones, seguirla en su carrera desesperada o volver y quizá salvar a ambos.
No sabía si Cyprian estaba vivo o muerto, pero no tenía opción. Se regresó por el mismo camino que había venido. Varias personas intentaron agarrarlo, pero él era ágil y muy rápido. La verdad esta no era la primera vez que una multitud furiosa lo perseguía. Aprovechó una pared media inclinada y unas cajas para subirse hasta uno de los tejados. Sus pies se movían ligeros sobre las tejas y muy rara vez resbalaba. Las sombras se habían marchado como un ejército tras Maude y solo pocas se habían quedado.
Armado con su botella rota las despachó y también se defendió de algunos ciudadanos que intentaron volver a atraparlos. Lo cierto era que no tenía muchos enemigos, todos había ido tras la bruja, en ese panorama él era irrelevante.
En medio de la calle estaba el cuerpo de Francisco que respiraba con dificultad. Al parecer, la multitud enardecida se había contentado con pegarle unas cuantas patadas. Cerca un rastro de sangre manchaba el suelo. Al principio era abundante como un brochazo de pintura. Godfrey se imaginó a Cyprian arrastrarse y de alguna forma, ponerse de pie porque después solo gotas de sangre delataban su camino. Probablemente en ese mismo momento se tambaleaba por las calles abandonadas de Esika.
El rastro no fue difícil de seguir, no para los ojos expertos de Godfrey. En pocos minutos, la sangre le guio a una caballería. Antes de entrar de golpe, se detuvo y agudizó el oído. Escuchó con claridad unos jadeos acompañados de arcadas. Se había quedado sin arma hace mucho tiempo y solo contaba con un pequeño trozo de vidrio. Respiró profundo, eso le tendría que servir.
Cuando decidió aparecer en la caballería, Cyprian estaba intentando subirse a un caballo. Su sangre manchaba el lomo grisáceo del animal y un gran charco de sangre babosa demostraba que tenía el tiempo contado.
—Buenos días —saludó Godfrey apoyándose en el marco de la puerta y cruzando relajadamente los brazos.
El hombre respondió con un respingo de terror.
—Has escapado —dijo tontamente volteándose hacia él. Por la comisura de su boca caía un hilillo de sangre.
—Y tú estás herido.
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Editado: 23.08.2026