Las olas golpeaban constantemente el barco zarandeándole de un lado al otro. La mayoría se había acostumbrado a la sensación, Maude no. Para ella era como si el mundo intentara quitarla de su superficie.
Estaban hace horas encallados, la roca los había atrapado como un pulpo demasiado amistoso. Nadie hacia esfuerzo por intentar salir. Se encontraban frente a una encrucijada y todos esperaban su decisión.
Godfrey se había sentado y solo miraba al timón. Ahí había estado Sabina cuando desapareció. Al menos, eso le había dicho Emil. Su hermano no estaba precisamente en capacidades para hablar. Sin embargo, todo era irónico. Hace días ella quería pelear y él huir y ahora… ahora era al revés.
Cassian volvía a meterse en su vida. A arruinar sus esperanzas y condenarla. Su objetivo era Godfrey, pero Sabina lo había salvado. A Cassian no le importaba, solo quería atraerla a Kobika.
—¿La dejarás morir? —preguntó su hermano desesperado. Sus ojos cargados de lágrimas, odio e ira. Una mezcla que lo hacía parecer un loco.
Maude no respondió. No era tan fácil. Cassian había cambiado las reglas. Era infinitamente más poderoso que ella, ir a Kobika significaba no regresar.
—Puedo ir yo solo —sugirió Godfrey —. No te tienes que arriesgar.
Pero las cosas no funcionaban así. Cassian sabría si ella estaba o no. Si su hermano o Emil fueran, lo más probable era que se convirtieran en otros sacrificios, otras razones para que ella fuera. Así que ahí estaba, el mundo girando, obligándola a tomar decisiones y ella sin fuerzas.
La noche cayó como un velo y abrazó a todos con su oscuridad, salvo a Emil. El caballero había descubierto el espejo y jugueteaba con su luz. Controlaba la intensidad de los rayos y desafiaba las crecientes sombras. Maude se acercó a él y en silencio apoyó su espalda contra él.
—De todas las cosas que he visto, esta es la más hermosa —dijo señalando al espejo.
—Su magia es divina —respondió Maude presenciando como la luz golpeaba con la roca y mostraba a algunos cangrejos.
—Supongo que diferente a la tuya.
—Y tanto, esta es… especial.
—¿Cómo la de mi amuleto?
Emil no había dicho nada con relación a su hermano o su experiencia caótica. Maude tampoco había hecho preguntas. Parecía demasiado íntimo.
Emil dejó a un lado el espejo y se sacó el medallón. Maude ya no sentía el cosquilleo de la magia, estaba vacío.
—¿Qué crees que sea?
Maude no lo sabía. Regina solía decir que por el mundo estaba desperdigado todo tipo de objetos de diferentes tiempos. Siglos de magia que cambiaba y se olvidaba. Quizá era una de esos. Así se lo dijo a Emil y después callaron.
Las estrellas brillaban esperanzadoras en el cielo, brillando para un corazón que no era el suyo, el viento traía gotas saladas que remojaban sus labios y que traía miles de olores. El mar era infinito, pero no lo suficiente. Se apoyó más sobre Emil y él le rodeó con su brazo.
—En otra vida esto sería diferente—dijo hablando sin saber a dónde iba.
—¿A qué te refieres?
—No lo sé. Creo que solo estoy triste.
Emil la apretó con más fuerza, compartiendo el calor que tanto le faltaba y rasgando su corazón. “En otra vida ella podría amarlo y ser feliz”, “En otra vida el mar le ofrecería refugio”
—¿Qué hago? —preguntó sintiendo que el corazón la abandonaba —. Tengo tanto miedo e ira y… —sus fuerzas se apagaron y ocultó su rostro en su pecho. Deseando quedarse ahí para siempre. Emil acarició su cabeza rapada, sus dedos trazando dulces círculos sobre su piel.
—Un caballero siempre tiene miedo —dijo sin dejar de acariciarla —. Miedo al fracaso, a la pérdida, a la muerte, pero nunca al deber. No digo que tu deber sea regresar o desaparecer, solo te pregunto, ¿con qué peso puedes vivir?
—¿Por qué estás tan seguro de que sobreviviré?
—Porque te conozco. Eres…
—¿Demasiado terca? —era lo que siempre le habían dicho. Demasiado terca para morirse.
—Eso y porque eres poderosa.
Maude sonrió. No era poderosa, solo era una novata.
—Sé que no lo crees, pero lo eres. No en magia, sino aquí —le tocó dulcemente la cabeza y después el corazón.
En otra vida le habría creído. Maude no dijo nada y permaneció a su lado. Durmió segura entre sus brazos y cuando despertó supo que tenía que hacer.
Su hermano se había quedado dormido sentado. Su cabeza caía sobre su pecho obligándole a roncar. Su piel estaba helada. Maude se sacó la capa y lo tapó. Él se removió inquieto y abrió los ojos de repente. Miró aterrorizado el timón y su rostro se descompuso por la tristeza.
—Es real —dijo Maude —. Ella se ha ido.
—Hermana —llamó él y la tomó de las manos —. Te podría contar miles de excusas y tal vez me creerías. Tal vez mis excusas sean verdaderas, tal vez no. Lo único que sé, es que lo siento. Te amo, pero…
—También amas a otra —Godfrey asintió en silencio.
—Lo siento —dijo.
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Editado: 10.02.2026