La bruja de porcelana

XLII_Preparándose para perder

—La magia está cambiando —dijo Hawise y eso no respondió ninguna pregunta de Robert.

Hace cuatro días que había perdido a seis de sus hombres y el dolor no había menguado. A todos los conocía y amaba, especialmente a su mejor amigo y su mano derecha, Soluku, el licántropo. Robert lo había seguido durante la lucha, brindándole sanación, estrategia, apoyo y estaba ganando. Sin embargo, algo pasó.

Sucedió demasiado rápido, fue un suspiro, un parpadeo en el que Robert dejó de sentir la conexión con sus hombres y entonces sintió sus muertes. Aun ahora le dolía el pecho, sentía como ardían sus heridas e incluso volvía a revivir la agonía de sus corazones atravesados y sus gargantas rajadas.

Era obvio que esto no se olvidaría fácilmente. Las decisiones ya se sentían más pesadas, Soluku le hacía demasiada falta. Por eso lo que más ansiaba él y sus compañeros era combatir a Cassian, pero Hawise se los había impedido.

—Hawise… no importa la magia —replicó Robert girando los ojos hacia el cielo.

Respetaba mucho a Hawise, pero a veces era tan molesta. Ella era la líder oculta de todos los Inquebrantables, una maga primordial que había dominado el arte de la magia mental y creado la red de consciencias, la herramienta que los hacía quiénes eran. La única mujer de los Inquebrantables y la más importante.

—Debería —replicó la maga.

Robert no podía verla, pero ya se imaginaba todas sus expresiones. La conocía demasiado bien.

—Ya sé, el mundo es magia.

—No te burles —le advirtió ella casi gritando dentro de su mente —. Hay que tener cuidado.

¿Cuidado? Esa palabra ni siquiera existía para los Inquebrantables. Ellos eran estratégicos, aventureros y valientes, en esa vida el peligro era más común que el aire.

—Los Magics se están movilizando —añadió Robert cruzándose de brazos —. No es precisamente el momento para tomar un descanso.

—Ya he movilizado a varios batallones para interceptarlos.

—Sabes que no será suficiente.

—Lo sé. Ellos están dirigiéndose a Kobika.

Eso era nuevo. Robert no entendía los planes de los Magics, pero al parecer Hawise sí. Sin embargo, estaba demasiado renuente en compartir información. Eso podía significar tantas cosas, pero ninguna buena.

—¿Es muy malo?

La red de consciencias vibraba por el silencio. Robert no presionó más. Se dedicó a mirar a sus tropas. Habían acampado cerca de Magicae, todos estaban cansados y dolidos. Sin embargo, nadie estaba quieto. Se movían como hormigas de un lado para el otro ocupándose en tareas ínfimas y esperando.

—Deben regresar —dijo de pronto Hawise.

—Sabes que no puedo.

—Debes preparar a tu segundo al mando.

En eso tenía razón, sin Soluku él era el único elemental y sanador. No sería fácil enfrentarse a Cassian en esas condiciones.

—Puedo llegar a Kobika en tres días.

—Robert… No.

Sin embargo, esta no era una discusión. Desobedecer a Hawise nunca era una buena idea, pero en este caso estaba justificado. Una de las leyes de los Inquebrantables era que los comandantes siempre debían velar por el honor de sus hombres. No había más honor qué vengar a sus hermanos.

—Solo protege al chico.

—¿Te estás despidiendo? —preguntó ella entre molesta y divertida.

—Nunca está demás.

—Voy a mover tres batallones más, pero… Robert… no creo que ganemos. Esta vez no.

Así de mal estaban las cosas. Hawise jamás aceptaba una derrota, tantos años con ella y jamás había dicho nada semejante.

—Entonces no envíes a Marshall.

La maga no contestó, pero fue capaz de escucharla bufar. Ella no era buena con los sentimientos, aunque… No, Robert sacudió la cabeza, no había que pensar en el pasado. Se despidió con formalidad y después ordenó a sus hombres marchar.

Algo grande se estaba gestando y él sería parte, aunque eso implicara que su historia fuera corta.




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