La bruja de porcelana

XLIII_El canto de piedra

El cielo todavía estaba oscuro y un frío aire marino se arrastraba desde la costa de Kobika. Maude no quería ver a la costa, pero era inevitable. La ciudad brillaba como una perla en medio del mar. Era enorme, más que Mosika y su majestuosidad se apreciaba a leguas de distancias.

Ahora entendía por qué la llamaban el Palacio Marino. El castillo se elevaba sobre todo lo demás, su blancura desafiaba a la nieve y su forma de concha marina era una obra de arquitectura. Los magos la habían construido y dado forma y se decía que con solo tocar sus paredes se podía escuchar las cancioncillas de los seres marinos.

Pensar en la ciudad a Maude le generaba miedo. Solo podía imaginarse como Cassian la corrompería. Esa belleza no duraría para siempre, estaba condenada al igual que ella. Maude se aproximó hasta la borda y se permitió estirar el brazo hasta acariciar las aguas. El agua no le ofrecía consuelo, la sal se metía entre sus heridas más pequeñas y ardía, ardía casi como su corazón.

Tardaron un par de horas más en llegar y para entonces ya había anochecido. Aun así, ella decidió cubrirse con la capucha, sabía que para Cassian y los suyos no serviría, pero quizá así evitarían a la gente común. Para más seguridad intentó lanzar un hechizo para evitar los ojos fisgones, aunque no estaba segura de que funcionara.

Mientras más se acercaban a las murallas, más miedo sentía. Podía casi sentir como las paredes de una jaula la rodeaban. Solo los tres llegaron y no encontraron a nadie en las puertas. Estaban abiertas de par en par invitándoles o quizá ordenándoles a entrar.

Todo el ambiente se sentía tenso, expectante, el augurio de que algo pasaría. Maude se ajustó mejor la capucha. Las calles se iluminaban con magia y a pesar de estar llena de carteles luminosos e invitaciones de negocios no había nadie. Emil caminaba por delante, su mano sobre la empuñadura de su espada. Godfrey iba más atrás buscando cualquier indicio que lo llevara a Sabina.

Lo cierto era que los tres estaban perdidos. Habían ido sin un plan y en cierta forma esperaban que ella los guiara, pero Maude solo presentía que algo estaba muy mal. Cassian podía aparecer en cualquier esquina, simplemente que estaba esperando.

El camino o quizá el aburrimiento los llevó a una plaza con una estatua extravagante. Las estatuas que habían visto eran de héroes, magos y uno o dos dioses, pero esta era diferente. Era una sirena sentada tranquilamente sobre varias rocas, sus labios se abrían ligeramente dando la sensación de que cantaba. Maude se acercó a ella, era tan hermosa y… si cerraba los ojos podía escuchar su melodía. Invitaba a la perdición. ¿Sería posible? Miró a su alrededor, no había nada fuera de lo común. Emil se rascaba la cabeza mientras discutía con Godfrey sobre qué camino tomar. Maude decidió que era buen momento para investigar.

Se subió con cuidado sobre las piedras talladas y se puso a la altura de sus labios. Cuando pegó su oído distinguió la melodía. Era un canto muy bajito con un ritmo que le recordaba algo a la joven, aunque no sabría decir qué. Se separó ligeramente y al ver su rostro lo encontró bello como si el artista la hubiera tallado con verdadero amor.

Eso era todavía más extraño Kobika dependía del comercio marítimo y las sirenas disfrutaban de hundirlos. Nadie de la ciudad podría amarlas. Tocó con suavidad la mejilla y cerró los ojos. Sentía la magia golpeteando en sus dedos. Vibrando con ella. Esto era obra de los Magics, solo que era demasiado humano para serlo.

—¿Es hermosa, no es así? —dijo de pronto alguien a su espalda.

La joven se tensó. Muy lentamente se dio la vuelta y frente a ella se encontró con un hombre con los brazos a su espalda. Miraba también la estatua. Ella se bajó de entre las rocas y se dispuso a alejarse, pero el desconocido se volteó a verla. Su mirada la inmovilizó.

Sus ojos eran azules y su rostro se decoraba con una sonrisa muy amistosa. Era un anciano y por su forma de vestir quizá solo era un pescador. Maude bajó la guardia. Él era demasiado humilde para ser un Magic. Además, al mover sus dedos no percibía magia proveniente de él.

—Es extraño que sea…

—¿Una sirena? —preguntó él regalándole una sonrisa desdentada.

—Sí.

—Todos los extranjeros creen eso. Sin embargo, las sirenas son especiales.

El anciano tocó con cuidado el pecho de la sirena, justo en un dije que llevaba al cuello. La sirena comenzó a cantar. Tanto Emil como Godfrey se voltearon a buscarla. Ambos parecían alarmados. Maude les hizo una señal de esperar. Estaba por pasar algo.

—Esa canción es mágica —dijo ella con cuidado.

El hombre asintió. Maude carraspeó nerviosa. Esperaba una explicación más.

—Es el canto de una sirena. Escucha.

La canción era dulce, sonora, la voz de una mujer que esperaba a su amante. “Ven a mis brazos, ven a descubrirme” cantaba, el anciano movía la cabeza a su ritmo.

—Ella no era malvada —dijo mientras la voz se convertía en canto sin letra. El extraño hablaba con un deje de tristeza.

—¿La conocía?

—La amaba, pero ahora ella no está —volvió su atención a la estatua y sus dedos acariciaron la mejilla. Maude suspiró, ese hombre amaba de verdad.

—Lo lamento.




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