Godfrey fue el primero en regresarse. Emil continuaba persiguiendo al anciano, mientras él corría a ayudar a su hermana. Era un escenario horrible, Maude tenía media cabeza dentro de la estatua con los brazos, piernas y manos atrapadas. Ni siquiera había de un lugar de dónde jalarla.
Varias veces Godfrey la llamó, pero no obtuvo contestación. Solo sabía que su hermana continuaba viva porque parpadeaba, incluso intentaba que lo mirara, pero ella no reaccionaba.
La desesperación se estaba apoderando de sus actos cuando Maude comenzó a gritar. Con sus propios puños comenzó a golpear la piedra. Sus nudillos se pelaron, cada golpe le dolía más e incluso comenzó a lanzarle patadas. La estatua seguía de pie, solo meros rasguños en su estructura. Godfrey sacó el espejo, estaba dispuesto a derretir a la sirena si no soltaba a su hermana.
Había desenvuelto ya el espejo cuando la piedra se reblandeció. La estatua escupió con violencia a Maude y volvió a su forma original. Su hermana cayó sentada a sus pies.
Estaba cubierta de polvo y al topar el suelo una tormenta blanca casi cegó a Godfrey. Tuvo que estornudar varias veces pues fragmentos pequeñitos de piedra se habían metido en sus fosas nasales. Su hermana no decía nada, es más, continuaba en la misma posición, simplemente mirando a la estatua.
Lentamente pareció reaccionar. Se llevo su mano al oído y Godfrey vio como se llenaban de sangre. Ya no pudo soportar más y corrió a su lado. Apretó su cabeza contra su pecho y agradeció al cielo de que ella estuviera viva. Revisó rápidamente su cuerpo en busca de alguna herida, no había nada grave. Solo una pequeña magulladura en su muñeca y el rastro de sangre en sus oídos.
—Tranquila, todo está bien —dijo Godfrey volviendo a abrazar. Maude dijo algo que no alcanzó a entender y después se removió inquieta. Muy pronto lo empujó. Él no tuvo tiempo de enojarse. Sus ojos brillaban por el miedo. Volvió a tocarse los oídos y miró a sus labios.
—Godfrey… —dijo y después se cubrió la boca.
—¿Qué sucede? —preguntó él ya asustándose. Extendió su mano para tocarle la frente. Maude se hizo para atrás.
—Dime algo —pidió. Su voz pareció resonar por toda la plaza. Tenía un tono que amenazaba caer en paranoia
—Maudy… ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
El rostro de ella se congestionó. Sus labios se apretaron y varias veces golpeó su oído. Le pidió que volviera a hablar, pero por más que decía, Maude negaba la cabeza. Entonces comenzó a gritar. Gritos de pesadilla que parecían ser producto de una tortura. Godfrey no lo entendía. Ella no tenía heridas, no había enemigos. Se giró sobre sí mismo buscando cualquier pista.
La estatua continuaba inmutable, la sirena miraba hacia el mar, silenciosa, tranquila. Todo lo que no era Maude
—¿Qué ha pasado? —preguntó Emil apareciendo de entre una de las callejuelas. Tenía la espada desenvainada y corría para enfrentarse a lo que sea.
Godfrey no le respondió. Su hermana se había puesto de pie y señalaba a la estatua.
—¡Tú! —gritó llena de furia —¡Tú!
Lanzó un puñetazo contra la nariz de la sirena, la piedra permaneció inmutable, Maude se resbaló hasta el suelo. Su respiración era desesperada como si el aire no fuera suficiente. Respiraba con la boca abierta tragando aire.
—Maude… —llamó Emil, ella ni siquiera giró su cabeza. Simplemente se cubrió los ojos con las manos y se quedó quieta.
Godfrey la tomó de la muñeca y ella no se movió. Tenía los brazos rígidos, por más que le pidió no dejó verla, su rostro oculto entre sus propias manos. Necesitó recurrir a la fuerza y cuando distinguió esos ojos rojos y vacíos se asustó. Un escalofrío recorrió su espalda y temió que Cassian la controlara.
Ya no escuchó —murmuró —. ¡Él me lo ha quitado! —gritó Ella cerró los ojos y las lágrimas corrieron. Poco después volvió a cubrirse la cara y comenzó a moverse sobre sí misma de un lado
—¿Qué pasó? —repitió Emil preocupado. Estaba de pie a su lado, queriendo acercarse a su hermana, pero sin saber cómo.
—No lo sé —respondió Godfrey tocando la sangre reseca en su oído.
Ambos se miraron. No tenían idea de que hacer, pero algunas luces brillaban en las casas cercanas y eso significaba que tenían que irse.
—¿Crees que podamos ver a un doctor?
¿Doctor? Godfrey casi se burló de eso. Emil era una buena persona, pero continuaba siendo un tonto.
—Nadie podrá ayudarla.
Emil frunció el entrecejo. No le gustaban esas palabras.
—No sé que pasó, pero sea lo que sea tiene que ver con magia.
Para entonces Maude se había callado y tenía la mirada vacía. Se había refugiado muy adentro de su propia mente. Había que sacarla de ahí.
—¿Puedes cargarla? —preguntó. Emil asintió y con delicadeza se arrodilló a su lado.
Antes de que la levantara Godfrey le acarició la mejilla y le dio un beso en la frente. No podía prometer que lo arreglaría y eso lo llenaba de ira. Le volvió a colocar la capucha y al levantarse golpeó una última vez a la sirena. Esta vez su piel se rasgó y una mancha rojiza coronó sus nudillos.
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Editado: 10.02.2026