El camino los llevó a esconderse bajo un puente, el río estaba extrañamente seco y permitía apreciar las piedras, palos y lodo que dejaba atrás. Los mosquitos revoloteaban por doquier y la basura se acumulaba en las orillas.
Era un lugar triste como ellos mismos. Maude continuaba desconectada, mirando sin ver y agarrándose la cabeza con las manos. Emil y Godfrey estaban preocupados por ella, pero no sabían que hacer.
Las luces se habían encendido en todas las casas, pero ni una sola persona había salido. Parecían ser los únicos de la ciudad y, sin embargo, se escondían.
—Voy a explorar la ciudad —dijo Godfrey cuando el amanecer comenzaba a asomarse en el cielo.
—¿Qué? —preguntó Emil sorprendido —¿Te irás?
No podía entender que en el momento de mayor necesidad los abandonara. Tenían que permanecer juntos, aunque no supieran que hacer.
—Soy rápido y puedo averiguar dónde están todos —dijo.
Todavía le daba la espalda. Emil lanzó una mirada a Maude, la chica había cerrado los ojos y esperó que con un poco de suerte estuviera dormida.
—¡No puedes dejarnos!
—¡No lo haré! Yo solo…
—¿Solo qué?
—Emil… —dijo y se giró para verlo. Sus ojos se enfocaron en Maude y el dolor marcó su rostro —. No sé qué hacer… de nuevo. Yo… tengo que…
—Está bien —suspiró Emil entendiéndole.
Él también había sentido la impotencia de no salvar a su hermano. ¿Quién puede luchar contra la muerte? O en este caso contra la magia. Ellos eran simples mortales y todo esto los sobrepasaba.
—Vete, Godfrey. Vete, antes de que cambie de opinión.
Él asintió y se despidió en silencio de su hermana. Maude no abrió los ojos. Durante algunos minutos presenció cómo Godfrey se perdía de su vista. Sus pies escalando rápido, sin dejar huellas, sin regresarse a mirar.
—Bueno, somos solo tú y yo, preciosa —dijo, aunque sabía que ella no podía escucharlo.
En la oscuridad le pareció ver una sombra, retrocedió un par de pasos y se pegó más a la pared. No sabía si era mejor si fuera real o no. Justo en ese momento alguien lo tomó del brazo.
Le gustaría decir que no gritó, pero no sería cierto. Sus nervios estaban de punta y actuó sin pensar. Lanzó un golpe a ciegas y se detuvo justo a tiempo. Maude estaba aferrado a él. Emil se sonrojó, no podía creer que casi la golpeara.
—¿Maude? ¿Estás bien? —susurró y ella giró la cabeza como un perrito. De nuevo, sintió que las mejillas le quemaban. Se había olvidado de que no podía escucharlo.
—Creo que debemos ocultarnos más —dijo ella. Su voz dos octavas más alta.
Se apoyó más de su brazo y sacudió ligeramente su vestido del polvo. Era como si todo hubiera vuelto a la normalidad, pero ambos sabían que no era cierto. Emil se giró para buscar la sombra, pero no vio nada.
Caminaron en silencio hasta que encontraron un rincón oscuro y medio oculto. El musgo y el moho crecían entre las piedras y todo olía a húmedo. Era un lugar desagradable y perfecto.
Se sentaron juntos, Maude apoyó con delicadeza su cabeza sobre su pecho.
—No es una pesadilla, ¿verdad? —dijo. Emil movió negativamente la cabeza. Ella pasó sus dedos sobre el lodo. Lentamente formó una letra —Al menos sé escribir —dijo riéndose, pero era una risa rota, dolorida, una que no convencía a nadie.
Emil no supo que decir y si lo sabía igual no valía la pena. Le rodeó con su brazo y se quedaron en silencio. Poco después escuchó el sonido de pasos. Eran ligeros, demasiado callados, buscaban no hacer ruido. Con cuidado movió a Maude.
Ella le devolvió una mirada preocupada, pero él le hizo una señal de que se mantuviera en silencio. Se puso de pie con cuidado y se preparó para sacar su espada. Los pasos sonaban cada vez más cerca. Venían a un ritmo continuo, sin apresurarse.
Cuando estuvo lo suficiente cerca, Emil se asomó. Creyó que había pasado de largo, pero se equivocó. Se topó manos a boca con una mujer. Era joven y no tenía un brazo. Ambos se asustaron.
—¿Quién eres? —gritó ella y sacó de entre sus ropas un filoso cuchillo.
Emil no se quedó atrás y sacó su espada.
—Lo mismo pregunto.
La desconocida gritó y se tiró de rodillas. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su garganta de súplicas.
—¡No me lleves! ¡Te daré todo lo que tengo!
Sacó de sus bolsillos unos billetes arrugados y un montón de monedas de cobre. Emil guardó su espada.
—No pienso hacerte daño —dijo para tranquilizarla y se agachó a su lado. Tomó el dinero y se lo devolvió.
—Somos nuevos en la ciudad —dijo. Ella se mostró renuente a creerlo y varias veces insistió a que se llevara todo y se olvidara de ella —. No sabemos qué está pasando —exclamó Emil.
Quizá notó su desesperación en su voz o vio a Maude que se asomaba, pero dejó de suplicar. Se secó las lágrimas con la manga y se arregló el vestido, Emil la ayudó a ponerse en pie.
—Deben irse —dijo volteándose a ver atrás —. Ellos están por todas partes.
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Editado: 10.02.2026