La bruja de porcelana

XLVI_Pistas uniformes

Godfrey transitaba por una de las calles más grandes y vacías de Kobika. Era una avenida principal construida para el paso de carruajes, caballos y mucha gente. Ahora no quedaba nadie. Él se esforzaba por escuchar algún ruido, cualquier cosa que lo llevara a encontrar a alguien. Jamás en su vida había extrañado las voces de las personas.

No estaba acostumbrado a caminar tan solo, sus pasos parecían resonar por todas partes y no dejaba de sentirse observado. Se detuvo en una esquina y observó el camino que le quedaba. Esperaba llegar al castillo real, aquel que sobresalía de entre todas las casas. El camino era muy largo y el sol estaba demasiado brillante.

Tras una o dos horas de caminar, girar y perderse, escuchó algo. Era una serie de golpes rítmicos que asemejaban a un tambor. Con cuidado se pegó más a la pared y caminó hacia allá. La calle le llevaba a una especie de iglesia, de entre sus grandes puertas salían personas.

Godfrey apenas pudo resistirse, sus rodillas temblaron y ese peso que no sabía que cargaba se aligeró. ¡Ya no estaba solo! En silencio agradeció al cielo que los haya encontrado. Se arregló la camisa y sacudió el polvo de su capa.

La ciudad parecía con más color, ahora sí que era hermosa. Las personas bajaban las pocas escalaras de la iglesia y niños, jóvenes y ancianos caminaban a un mismo lugar. Godfrey se acercó a una pareja que estaba cerca.

—Hola, ¿podrían ayudarme?

Ellos lo miraron, pero no dijo nada. Es más, continuaron su camino como si fuera invisible. Godfrey intentó hablar con los demás, pero nadie le prestó atención. Pasaban a su lado o lo empujaban, pero todos iban al mismo lugar.

Godfrey intentó detenerlos, los agarraba de las mangas, los jalaba, pero ellos continuaban. Incluso una vez que logró detener a uno, éste se mantuvo moviendo los pies. Sus miradas también tenían una sola dirección. Eran inmunes al dolor, a los gritos o a los llantos.

Algunos hablaban, pero se mantenían diciendo palabras entrecortadas o sin sentido. La tranquilidad que había sentido se estaba convirtiendo lentamente en desesperación. En algún momento, dejó de murmurar y comenzó a gritar. Golpeó a varios hombres que no reaccionaron ni al dolor, ni a la caída. Simplemente se levantaban y continuaban marchando.

Poco a poco la iglesia se fue vaciando y Godfrey se iba quedando solo y la soledad le hacía pensar y eso ya no podía permitírselo. Desde que empezó todo su control había ido desapareciendo hasta no ser nada. Haría cualquier cosa para saber a dónde ir. Era irónico que los otros lo supieran. Quizá… sacudió la cabeza, su hermana lo necesitaba. Se puso de pie y cuando lo hizo se dirigió con los demás. Tal vez podría averiguar a dónde iban.

Caminaba con una confianza que no sentía, pero que quería sentir. Esbozaba una sonrisa galante y a cada señorita con que se cruzaba la saludaba respetuosamente, aunque ninguna contestaba, ni le importaba.

La muchedumbre se adentró en sinuosas calles y mientras más caminaban más personas se iban uniendo. Las nuevas decían: “El espectáculo va a comenzar”. Cada vez que Godfrey lo escuchaba un escalofrío lo recorría, su sonrisa fingida poco a poco se fue apagando y sus pasos se hicieron más pesados. Quizá era mejor regresarse. Los demás debían estar preocupados.

Estaba por devolverse cuando ante él apareció el Palacio Marino. Sus paredes blancas brillaban resaltadas por la luz del sol. Sus puertas eran tan azules que recordaban al mar. Todos a su alrededor comenzaron a murmurar y aunque en un principio se trató de palabras atropelladas y cacofonía que impedía entender nada, pronto se convirtió en un grito de guerra: “El espectáculo va a comenzar”

Los pasos de la multitud se hicieron más rápidos, sus voces más desesperadas, los adultos dejaban atrás a los niños que se retrasaban, los caídos casi eran pisoteados y Godfrey sintió la extraña necesidad de correr. Él también quería llegar primero al palacio.

Pronto se entregó a sus instintos y echó a correr. Empujó a una señorita que se tropezaba cada rato con sus faldas, no quiso hacerlo ero era muy lenta. Después saltó a un anciano caído y pateó a un niño lloroso. Sus brazos actuaban por él, quitando a cualquiera que se atravesara.

Sin pensarlo sus labios también repetían lo de los demás. Empujó, arrolló e incluso mordió a los que no lo dejaban pasar. Su ira era tan grande que al llegar a las puertas cerradas comenzó a golpearlas. Gritaba pidiendo el espectáculo, los otros llegaron a su lado y como él se pusieron a apalear la puerta. El peso de los demás lo estaba ahogando, pero eso ya no le importaba. Solo quería entrar y ser testigo de todo.




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