Godfrey transitaba por una de las calles más grandes y vacías de Kobika. Era una avenida principal construida para el paso de carruajes, caballos y mucha gente. Ahora no quedaba nadie. Él se esforzaba por escuchar algún ruido, cualquier cosa que lo llevara a encontrar a alguien. Jamás en su vida había extrañado tanto las voces de otras personas.
No estaba acostumbrado a caminar tan solo, sus pasos parecían resonar por todas partes y no dejaba de sentirse observado. Se detuvo en una esquina y observó el camino que le quedaba. Esperaba llegar al castillo real, aquel que sobresalía de entre todas las casas. El camino era muy largo y el sol estaba demasiado brillante.
Tras una o dos horas de caminar, girar y perderse, escuchó algo. Se trataba de una serie de golpes rítmicos que se asemejaban a un tambor. Con cuidado se pegó más a la pared y caminó hacia allá. La calle lo llevó hasta una especie de iglesia que tenía las puertas abiertas de par en par. De entre ellas salían miles de personas.
Godfrey apenas pudo resistirse, sus rodillas temblaron y ese peso que no sabía que cargaba se aligeró. ¡Ya no estaba solo! En silencio agradeció al cielo de que los haya encontrado. Se arregló la camisa y sacudió el polvo de su capa.
La ciudad parecía con más color, ahora sí que era hermosa. Las personas bajaban las pocas escaleras de la iglesia y niños, jóvenes y ancianos caminaban hacia una misma dirección. Godfrey se acercó a la pareja más cercana.
—Hola, ¿podrían ayudarme?
Ellos lo miraron, pero no dijeron nada. Es más, continuaron su camino como si fuera invisible. Godfrey intentó hablar con los demás, pero nadie le prestó atención. Pasaban a su lado o lo empujaban, todos yendo hacia un mismo lugar.
Godfrey intentó detenerlos, los agarraba de las mangas, los jalaba, pero ellos continuaban. Incluso una vez que logró detener a uno, éste se mantuvo moviendo los pies. Sus miradas también tenían una sola dirección. Eran inmunes al dolor, a los gritos o a los llantos.
Algunos hablaban, pero se mantenían diciendo palabras entrecortadas o sin sentido. La tranquilidad que había sentido se estaba convirtiendo lentamente en desesperación. En algún momento, dejó de murmurar y comenzó a gritar. Golpeó a varios hombres que no reaccionaron ni al dolor, ni a la caída. Simplemente se levantaban y continuaban marchando.
Poco a poco la iglesia se fue vaciando y Godfrey se iba quedando solo y la soledad le hacía pensar y eso ya no podía permitírselo. Desde que todo empezó, el control sobre su vida había ido desapareciendo hasta ser completamente caótico. Estaba a la merced del destino. En ese momento, daría cualquier cosa solo para recuperar un poco el control. Era irónico ver a todas esas personas caminando como marionetas, ellos al menos no parecían preocupados, solo se dejaban guiar. Eso le hizo pensar que quizá no necesitaba control, solo alguien que lo guiara porque estaba perdido.
Quizá si… sacudió la cabeza, su hermana lo necesitaba. Aunque ella dijera que no, él no podía dejar de protegerla. Ella era incapaz de hacerlo por sí misma, sus actos la noche anterior la dejaban en evidencia. Pensando en eso, se puso de pie y se dirigió con los demás. Tenía la intención de averiguar a dónde iban.
Caminaba con una confianza que no sentía, pero que se moría por sentir. Esbozaba una sonrisa galante y a cada señorita con que se cruzaba la saludaba respetuosamente, aunque ninguna contestaba, ni le importaba.
La muchedumbre se adentró en sinuosas calles y mientras más caminaban más personas se iban uniendo. Todos los nuevos que se unían decían entre murmullos: «El espectáculo va a comenzar». Cada vez que Godfrey lo alcanzaba a escuchar un escalofrío le recorría la espalda. Dentro de un rato, su sonrisa fingida poco a poco se fue apagando y sus pasos se hicieron más pesados. Recién entonces pensó que era mejor regresarse, pues Emil y Maude debían estar preocupados.
Estaba por devolverse cuando ante él apareció el Palacio Marino. Sus paredes blancas brillaban resaltadas por la luz del sol. Sus puertas eran tan azules que recordaban al mar. Todos a su alrededor comenzaron a murmurar y aunque en un principio se trató de palabras atropelladas y cacofonía que impedía entender nada, pronto se convirtió en un solo grito de guerra: «El espectáculo va a comenzar».
Los pasos de la multitud se hicieron más rápidos, sus voces más desesperadas, los adultos dejaban atrás a los niños que se retrasaban, los caídos eran rápidamente pisoteados por los que venían detrás y Godfrey sintió la extraña necesidad de correr. Él también quería llegar primero al palacio.
Pronto su instinto fue tan intenso que se entregó a ellos y echó a correr. Empujó a una señorita que se tropezaba cada rato con sus faldas. Él tenía que llegar entre los primeros, no le importaba quien se pusiera en su camino. Poco después saltó a un anciano caído y pateó a un niño lloroso. Sus brazos actuaban por él, quitando a cualquiera que se atravesara.
Sin pensarlo sus labios también repetían lo de los demás. Empujó, arrolló e incluso mordió a los que no lo dejaban pasar. Su ira era tan grande que al llegar a las puertas cerradas comenzó a golpearlas. Gritaba pidiendo el espectáculo, los otros llegaron a su lado y como él se pusieron a apalear la puerta. El peso de los demás lo estaba ahogando, pero eso ya no le importaba. Solo quería entrar y ser testigo de todo.
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Editado: 23.08.2026