La bruja de porcelana

XLVII. Boca sellada

Emil escuchaba la respiración rítmica de Maude. Se había dormido hace un par de horas y al parecer disfrutaba de un sueño tranquilo. A él le alegraba que no tuviera pesadillas y que al fin pudiera despegarse de toda la realidad. Al menos así podía ser solo una chica, lo que se suponía siempre debió ser.

El cielo se estaba nublando y la casucha se iba oscureciendo. La mujer había salido a lavar ropa en el río, los había dejado hace un par de horas y Godfrey… de él no sabían nada. Maude le había dejado una pista mágica para que los siguiera, no debería tener problemas, pero quizá encontrarlos no era la dificultad.

Emil se estaba poniendo cada vez más nervioso, desde que llegaron a la ciudad nada parecía tener sentido. No había gente, no había ruido, ni siquiera una pista de los Magics. ¿Cómo salvarían así a Sabina? El plan había sido simplemente encontrarla y salir de allí, pero las cosas nunca eran tan sencillas.

Decidió mover con cuidado a Maude y dejarla durmiendo en la paja. Solo iría a tomar un poco de aire y quizá buscar a Godfrey en el anterior escondite. La joven apenas se quejó y continuó durmiendo. A Emil le recordó a una estatua, de esas que se exhiben en museos, mujeres de belleza impresionante con las que solo se puede soñar. Maude se merecía más, pensó con algo de amargura. Comenzaba a darse cuenta de que la vida no era precisamente justa con todos.

Caminó lo más silencioso que pudo, aunque después se regañó, no era como si Maude lo pudiera escuchar. Abrió la puerta y sacó la cabeza al frío.

Afuera golpeaba el viento con un singular brío, despeinó sus cabellos y casi azotó la puerta. No había nadie a la vista. Ni siquiera la mujer. Solo las hierbas altas bamboleándose con el viento. Emil se permitió cerrar los ojos y disfrutar del momento. Ese lugar era muy bonito a pesar de ser tan miserable.

Se dirigió a través de las calles llenas de barro y se asomó a varias ventanas. Las casas eran igual o más pequeñas que en la que estaba. Oscuras, sucias y abandonadas. Ahí ni una sola vela se había encendido. El desosiego lo estaba torturando. Sus músculos no dejaban de tensarse y su mente de advertirle que estaba en peligro. Solo que no sabía dónde, ni qué.

Tras una media hora de estar explorando decidió regresar. Antes de abrir la puerta escuchó ruidos adentro. Se asustó y maldijo en silencio por haber dejado sola a Maude y por dejar su espada. Abrió casi con violencia la puerta y se encontró con la mujer mirándole desde su banquillo.

Tenía los cabellos revueltos y bostezaba tranquilamente. Casi se rio de su evidente susto. Emil la saludó y volvió a lado de Maude. La chica continuaba dormida, tan tranquila y en paz.

—Parece que va a caer una tormenta —dijo la dueña de la casa. Asegurando mejor la puerta. La cerró con una especie de alambre —. Ojalá no llueva demasiado, tengo muchas goteras.

Emil miró el techo. Era oscuro y bajo. Si Godfrey los encontraba, su cabeza lo tocaría con facilidad.

—Por cierto, ¿cuál es su nombre, jovencito? —preguntó la mujer volviendo a su lugar en el banquito.

Recién entonces Emil se dio cuenta de que no se habían presentado. Se regañó en silencio, al parecer las aventuras habían hecho olvidar sus modales.

—Lo lamento, yo soy Emil y mi compañera es Maude. ¿Cómo se llama, usted?

La mujer sonrió ampliamente. Se rio entre dientes y los pelos de la nuca de Emil se pusieron de punta. De pronto, tenía una fea sensación de que debía escapar. Se sujetó el pecho, tenía que tranquilizarse. Solo eran los nervios.

—Mi nombre es Edme —respondió la mujer y sacó de entre sus faldas un pequeño objeto envuelto.

Emil se puso de pie. Su espada estaba al otro lado. La había dejado apoyada contra la pared. No podría alcanzarla con suficiente velocidad.

—¿Sucede algo? —preguntó Edme girando ligeramente su cabeza —. Pareces preocupado.

—Es solo… nuestro amigo. Él debería ya estar aquí —dijo. Lo cierto era que ya no encontraba el lugar precisamente seguro.

—Oh, Godfrey. Él ya está con nosotros.

Emil respingó. ¿Qué? ¿Había escuchado bien? Tal vez fueron unos dos segundos el tiempo que tardó. Se abalanzó como pudo hacia su espada, pero no la alcanzó. La luz divina lo había vuelto a golpear, sus ojos ardían con un dolor que tristemente ya conocía bien. La mujer había conseguido el espejo divino.

Intentó ignorar el dolor, pero algo o mejor dicho alguien le pegó en las canillas. Fue varias veces y muy rápido. Su cuerpo de ya por sí confundido pronto terminó de rodillas.

—¿Quién eres? —gritó desesperado. Protegiéndose con uno de sus brazos el rostro mientras que con su otra mano palpaba en la oscuridad cualquier cosa que pudiera resultarle útil.

—Es una preciosura, ¿no crees?

La voz de Edme venía de detrás de él. Sus instintos le decían que estaba cerca de Maude. Él intentó levantarse, pero alguien le sujetó de los hombros y lo obligó a permanecer de rodillas. ¿Edme estaba con alguien más? Él estaba seguro de que ella no era lo suficiente fuerte.

—¡Déjala en paz! —gritó.

Volvió a refregarse los ojos intentando apresurar la recuperación de su vista. Ya había empezado a reconocer los cuadraditos rojos y verdes. Edme comenzó a reírse.




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