Maude no recordaba cuando se quedó dormida. Solo que había soñado y era algo hermoso, todo muy diferente a la oscuridad de ahora. Le tomó demasiado recordar y reconocer que estaba en la pequeña habitación.
Le ardía la frente como si estuviera herida y al tocarla sintió unos rasguños. No recordaba haberse lastimado. Levantó la cabeza y al hacerlo se mareó. A pesar de que luchó para recuperarse, su cabeza volvió a caer entre la paja y cerró los ojos. Volvió a quedarse dormida.
Esta vez estaba en la plaza y no podía escuchar nada. El silencio se había instaurado en el mundo y al parecer nunca se iría. Le desesperaba ver los labios de Godfrey moverse y no entenderlo. Por más que intentaba con la magia ningún hechizo funcionaba.
Pronto se vio llevada por Emil. Sentía la camisa húmeda contra su mejilla y el olor de sudor. Veía como su pecho subía y bajaba por el cansancio. Cuando ella le rodeó el cuello, él regresó a mirarle y su rostro siempre amable se transformó. Su piel estaba podrida y sus ojos en blancos. Maude gritó y despertó de nuevo.
Estaba cubierta de sudor y la capa se le pegaba a la piel. La habitación se había oscurecido más y Maude continuaba sola, o al menos eso parecía. Llamó varias veces a Emil y a su hermano, pero ninguno apareció. Pronto entendió que la habían abandonado y sintió tanta ira que gritó.
Se paró como pudo y buscó a tientas una vela, varias veces se tropezó con objetos caídos. Finalmente, encontró una pequeña vela sobre una mesa y murmuró un hechizo para prenderla. La luz mágica era más potente que el fuego por lo que iluminó toda la habitación.
Comprobó que estaba sola. “Inútil” pensó, imaginando que tanto Emil como su hermano pensaban eso. Maude los maldijo en voz baja mientras caminaba de un lado a otro cuando de pronto resbaló. Logró estabilizarse a último momento y al buscar lo responsable. Se fijó que era sangre.
Cualquier rastro de ira se evaporó y pronto sintió miedo. La sangre se extendía por todo el piso como si hubieran arrastrado a alguien, también encontró sangre en la pared y la espada de Emil con su funda.
Por un momento, tenía la esperanza de que la vaina estuviera vacía porque prefería que la hayan abandonado que la otra opción. Con el corazón a tope se atrevió a tocarla. Con solo su peso supo que estaba dentro.
Se tapó la boca con la mano para evitar gritar. La espada resbaló por la pared y cayó al suelo. Maude se quedó inmóvil. No sabía qué hacer. Su máxima pesadilla se había cumplido. Ella estaba sola y sus amigos con Cassian.
Permaneció incontables momentos sin hacer nada cuando escuchó. Era un solo sonido, una sola campanada mágica que le hizo voltear la cabeza. La estaban llamando. Casi al mismo tiempo el rasguño en su frente comenzó a arder.
Se tambaleó hasta que se tropezó con el banquillo y cayó sentada. Cuando tocó su frente, su mente viajó por las calles de Kobika. Desde la puerta de esa casa le mostraron como llegar a una iglesia y después al Palacio Marino. Ahí vio a Cassian y a Godfrey y en una jaula de oro a Emil. El mensaje era claro.
Maude parpadeó varias veces y al fin se decidió. Sabía que tarde o temprano esto terminaría así. Buscó la espada y volvió a sentarse. El arma estaba sobre su regazo. Acarició la empuñadura ligeramente curva y grabada con el escudo de Mosika. Si fallaba eso sería todo lo que quedaría de su amigo.
Besó con suavidad el cuero de la vaina y se colgó la espada a la cadera. Se sentía como una niña pequeña, pero no tenía más opción. Se tronó los dedos y con toda la valentía que tenía abrió la puerta.
Se sorprendió al descubrir que todavía era de día. Serían aproximadamente las cuatro o cinco de la tarde, solo que el cielo se había llenado de negras nubes que prometían tormenta. Se colocó la capucha, aunque el viento no dejaba de arrancársela. Tras caminar unas cuantas calles vacías, al fin cedió y dejó su cabeza descubierta.
El frío penetraba tanto en su piel que le dolían los ojos. Pronto comenzó a llover y las gotas se fueron haciendo más fuertes. Sus zapatos chapoteaban en el lodo y salpicaba a sus piernas. Cuando llegó a la iglesia estaba temblando.
En la iglesia no había nadie, aunque sus puertas estaban abiertas de par en par. Maude encontró puestos abandonados de artesanías, comida e incluso de ropa. En el camino encontró canastas, flores, sangre. Parecía el escenario de una estampida, mucha gente corriendo a un solo lugar.
Todo era tan extraño y ella no dejaba de pensar en lo dicho por Cassian: “La magia está cambiando”. Antes los Magics no eran capaces de controlar a todo un pueblo. Si eso recién estaba comenzando, Maude no quería imaginarse como acabaría.
Sumida en sus cavilaciones Maude se desvió, tomó a la izquierda en lugar de la derecha y pronto escuchó esa campanada. Era lo único que podía escuchar y era torturante porque lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo. No paró de sonar hasta que volvió al camino. Lo que la llenó de rabia e hizo que volviera a gritar.
La estela de magia se intensificaba mientras más se acercaba al palacio. Con cada metro que avanzaba sentía que su corazón golpeaba con más fuerza su pecho. Sentía un cosquilleo en sus mejillas cuando el viento la tocaba. Era como si la magia estuviera flotando en el aire.
El palacio asomó entre la tormenta. Alto e imponente. Al verlo Maude se detuvo. Sabía que ahí estaba el principio y el final. En medio de la oscuridad brillaba como un farol y como luciérnagas unas cuantas personas caminaban hacia él.
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Editado: 10.02.2026