La bruja de porcelana

XLIX_Juntos

Su cabeza era un lío. Sus recuerdos se mezclaban unos con otros y la realidad se convertía en un sueño. El impacto lo había golpeado contra el techo de la jaula y lo dejó medio atontado, además que había reabierto sus heridas.

Lo único que medio sabía era que su ángel lo había salvado. La había visto desde lo alto y sentido su magia alrededor, ella quería salvarlo y él no se quedaría quieto. Ahora estaba entre sus brazos, luchando para curarlo. Él había sentido su piel, tocado su cuello, las grietas ya eran muy profundas.

—Es…estoy… bi…en —dijo entrecortadamente. No quería que gastara más magia.

Durante varios minutos luchó contra el deseo de quedarse dormido, su cuerpo se quejaba por él y sus manos se aferraban a ella.

Poco a poco su cuerpo se fue alivianando, el dolor se transformó en un recuerdo y con ello su mente se aclaró. Maude continuaba utilizando magia e intentaba curarle hasta la más pequeña herida. Emil sacó fuerzas para apartarse.

—No —dijo y ella le repitió que no escuchaba.

Emil le sonrió. Se había olvidado de ese detalle. Le negó con el dedo, se señaló a sí mismo y levantó el pulgar hacia arriba.

—Supongo que estás mejor.

Emil asintió. La miró durante un largo momento y ella apartó la mirada. Su piel antes de porcelana ahora estaba deformada. Como si se hubiera roto y se hubiera vuelto a unir, se podía divisar el vacío de su interior y sus ojos y tatuajes eran lo único brillante.

—No lo digas. Sé que estoy horrible.

Él negó con la cabeza y le acarició la mejilla. Le besó suavemente, agradeciéndole por todo. Quería disfrutarlo, sentir que solo ellos dos existían, pero el recuerdo volvió a él. Godfrey había hecho algo.

Antes de que su ángel llegara había escuchado una conversación. Una de las voces no la reconocía, pero la otra era de Godfrey.

—Entonces, ¿es un trato? —decía el desconocido.

—¿Prometes que saldrán los tres? —respondía a su vez Godfrey.

—Es un hecho. Lo único que debes hacer es esperar. Yo explicaré todo a tu hermana.

—Ella… ella no lo entenderá y yo…

—¿No confías en mí?

—Sería un tonto si lo hiciera.

—Bien, pues no tienes otra alternativa.

Un momento de silencio se prolongó entre los dos. Emil escuchó a Sabina gritar e insultar. Alguien la estaba torturando. Los gritos de Godfrey pidiendo compasión no se hicieron esperar.

—¡Ella pagará las consecuencias!

—Ella es inocente —gritó Godfrey —. Déjala en paz.

—Ya sabes mis condiciones.

—Pero…

—Maude estará bien.

Emil no pudo escuchar más porque apareció Edme. Esa mujer horrible llegó para burlarse y le mostró el espejo divino.

—Creo que puedo darte esto —dijo y lo arrojó hacia arriba.

Emil casi no lo alcanzó a atrapar. Sin embargo, ahora lo tenía. Sabía que podría serle útil.

—¿Qué pasa? —preguntó Maude haciéndole despertar.

—Lo siento —respondió y después sacudió la cabeza. Ella no entendía y él no tenía forma de hacerla entender.

La señaló a ella y después a la jaula.

—¿Yo estoy atrapada? —preguntó. Emil suspiró y mientras la tomaba del brazo para esconderse. Intentó por todos los medios hacerse entender.

Tardó mucho y varias veces Maude perdió la paciencia. Se agarraba enfadada la cabeza y negaba. Emil suspiró y decidió intentar otra perspectiva. Sacó de su bolsillo el espejo.

Maude lo reconoció de inmediato y se abalanzó hacia él. Le quitó de las manos y lo examinó.

—Esto lo tenía Godfrey —dijo y lentamente lo entendió —. Mi hermano está aquí.

Emil asintió y después le tendió la mano. Maude no entendió, pero él le obligó a que se la dé y la apretó y sacudió varias veces. Después le indicó el espejo y repitió todo.

—¿Hizo un trato?

Incluso él se sorprendió. Maude debía ser todo un genio para entender eso. Sin embargo, no había tiempo para celebrar. La joven se llevó el cristal hacia su corazón.

—No hay otra forma, ¿verdad? Por eso tú estabas en la jaula y no él.

A Emil no le gustaba el tono de voz que estaba utilizando, era demasiado triste y desalentador. Lo peor era que no podía darle ánimos. Cassian le había privado de eso.

Le señaló la puerta frente a ellos. Ahí se había dirigido él y Sabina, ahí habían dicho que la esperarían. Maude se mordió el labio, indecisa. Se miró las manos y al cristal.

—Es una trampa —dijo.

Emil no podía negarlo. Le tendió la mano y recién entonces se fijó que llevaba su espada a la cadera. La señaló y Maude se sonrojó ligeramente.

—Por esto me di cuenta de que no me habías dejado —confesó sacándola y entregándosela. Era reconfortante volver a estar armado.

Se señaló a sí mismo y le indicó por señas que la seguiría.




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