Estaban acostumbrados que el viento, el aire y la tierra estuvieran a su disposición. Ellos eran elementales capaces de hacer lo impensable. Su talento requería de paciencia y en cierta forma amor, sin embargo, hoy no lo lograban.
Los elementos callaban ante sus palabras y dejaban que una fuerza más grande que ellos los controlara. Robert sabía que su magia no era la más poderosa y aceptaba que la divina sobrepasara todas sus capacidades. No obstante, era difícil simplemente verlo.
Cuando Robert y los otros tres comandantes llegaron ya no se podía hacer nada. Kobika se estaba separando del continente. El Caos estaba convirtiendo sus blancas paredes en su propia fortaleza. Hawise tenía razón, ellos ya habían perdido.
—¿Qué hacemos? —preguntó Will.
Todos miraban hacia el horizonte. Cansados y por primera vez derrotados antes de sacar la espada. Sus soldados esperaban pacientemente las órdenes, pero en sus rostros se reflejaba el desosiego.
—Lo único que nos queda —respondió Robert mirando la tormenta.
Las negras nubes resaltaban imponentes sobre el cielo. Los rayos caían a intervalos constantes azotando la tierra y marcando el ritmo. Las puertas de Kobika se abrían invitándolos a desafiar al Caos. Robert sacó su espada, no tenían la magia elemental, pero seguían siendo Inquebrantables.
—Rescataremos a los que podamos. No podemos olvidar quiénes somos.
Sus hermanos y los miembros de los otros batallones asintieron. Estaban solemnes, decididos. También sacaron sus espadas y levantaron sus cabezas. Se encaraban al mal mismo y estaban dispuestos a resistir.
—Puede que hoy no detengamos al Caos, pero no los dejaremos disfrutar su momento.
Lentamente sus voces se alzaron en un vitoreo. Robert se conectó a la red de consciencias y sus soldados no tardaron en marchar hacia Kobika.
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Editado: 10.02.2026