No podía creerlo. Estaba haciendo su mayor esfuerzo para transmitir enojo, pero no lo lograba. Eran muy difíciles las expresiones faciales y su nariz parecía moverse con voluntad propia. La bruja se tapaba la boca con la mano para ocultar una sonrisa y eso le enfadaba más.
Cuando despertó fue como una pesadilla, una de esas donde la bruja te captura y te mete en el horno. Todo era tan grande, las paredes parecían mansiones y el lugar era demasiado húmedo. Además, estaba la bruja, una mujer gigante que hablaba demasiado alto. Su cabeza había empezado a dolerle antes de mirar sus manos. Recordaba que justo la bruja le dijo que había un “pequeñito problema” y entonces lo vio. Manos delgadas, cinco dedos, unos cuantos pelos blancos y garras curvas. Esas manos no eran humanas y Emil tampoco.
Gritar se había quedado corto porque cuando lo vio sintió que se moría. Chillidos agudos salieron de entre sus labios y una cola pelada apareció frente a su nariz. Pronto descubrió su cuerpo peludo y su hocico largo con esos graciosos bigotes. ¡Era una rata! Su desesperación pareció durar horas y en todo momento intentó sacarse esta nueva piel, incluso a mordidas.
Fue la bruja la que lo tranquilizó. En algún momento su voz se había colado entre sus gritos y su cuerpo quedó suspendido en el aire. Solo sus ojos eran capaces de seguir su movimiento. La joven se movía de un lado al otro del pasillo, abriendo y cerrando la boca, quizás buscando las palabras correctas.
—Fue la única manera —dijo al fin y se detuvo frente a él.
Sus manos se colocaron debajo de su cuerpo y con delicadeza lo sostuvo. Sus palabras le hacían vibrar el cuerpo y sus pelitos se pusieron de punta cuando ella lo tocó.
—Yo… he estado intentando resolverlo.
¿Intentando? Eso quería decir que no podía. Emil sintió que su corazón se detuvo y no era por magia. Otro chillido agudo se escapó de su garganta y la chica sonrió nerviosamente.
—Tranquilo, solo necesito concentración.
Horas después, seguía siendo un ratón. La chica le había arrojado todo tipo de hechizos que salían como luces coloridas. El último le dio de lleno en el pecho y solo le quemó los bigotes.
Después de eso, la joven se sentó sobre el cofre del ataúd, su mano sostenía su barbilla. Parecía tan afectada que por un momento Emil se olvidó que él era la víctima. Se acercó a ella y se pegó a su mano. Ella le sonrió y le ofreció subir a su palma. Él no la rechazó. Se le notaba asustada, desilusionada y algo más que no podía reconocer, pero eso no importaba. Él no podía enojarse, después de todo seguía ahí, intentando. Eso ya decía bastante sobre ella.
—Lo lamento —murmuró—. Es solo que…—suspiró profundamente y entonces continuó — no lo entiendo… Debería funcionar.
Movió sus dedos y una mueca cruzó su rostro. Varios estaban amoratados e hinchados. Era sorprendente que pudiera moverlos. Él sujetó uno de sus dedos entre sus patitas, ojalá pudiera hacer algo.
—Debes estar arrepentido de salvarme.
Emil sacudió con fuerza su cabeza. Claro que no. No se arrepentiría jamás. Esa chica no era malvada. De hecho, estaba ahí, sufriendo por convertirlo de nuevo en hombre, en lugar de simplemente aplastarle y olvidarse del asunto. Además, lo había salvado. Lo último que recordaba era caer ante Francisco.
Al ver que él no se arrepentía, ella le tocó delicadamente la cabeza. Todavía le dolía, pero de alguna forma el dolor disminuyó como su tamaño.
—¿Yo te herí?
Otra vez sacudió la cabeza y se pegó más hacia ella. Dejándole entender que le gustaba sus caricias.
—Por cierto, mi nombre es Maude.
Emil llevado por un reflejo se presentó también, pero de sus labios solo salieron unos chillidos que hicieron sonreír a Maude. La chica se levantó de nuevo y juntos se asomaron al exterior.
Las luces del amanecer daban el inicio a un nuevo día. La distracción se había acabado hace rato y ahora debían estar buscándolos. Emil temía por Sabina. El plan ya era un desastre.
—¿Crees que estén bien? —preguntó Maude como si le leyera la mente. Quizá así era. Emil entrecerró sus ojos juzgándola. Ella bajó la mirada y sonrió nerviosamente.
—¿Qué? —preguntó.
Otra vez Emil emitió una serie de chillidos que Maude claramente no entendió.
—Voy a intentarlo de nuevo —dijo y le dejó sobre un ataúd.
Estaban en un mausoleo olvidado entre nichos oscuros, flores marchitas y una enorme estatua en forma de santo. Emil no sabía cómo llegaron ahí, pero estaban seguros.
—Imagínate que eres un hombre. Piénsalo, por favor.
Emil cerró los ojos para ayudarse a visualizar su propio cuerpo. Ver sus manos de ratita le desconcentraba y desesperaba a partes iguales. La chica comenzó a decir el hechizo y Emil apretó los dientes. Sentía cosquillas por todas partes y un deseo casi irreprimible de rascarse.
La voz de Maude se iba elevando y él sintió que su cuerpo se elevaba. Su cabeza se hacía más grande, su cuerpo comenzaba a perder calor y un frío viento lo golpeaba. Sus músculos y articulaciones dolían demasiado, tanto que pensó que moriría. Sin embargo, de pronto cayó.
Su cuerpo golpeó con el filo del ataúd y se resbaló directo al piso. Sus manitas se estiraron buscando parar el golpe, pero en verdad fue su cola la que lo salvó. De alguna manera se enganchó en un borde y lo dejó suspendido antes de golpear el suelo. Pronto apareció el rostro avergonzado de Maude.
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Editado: 24.12.2025