La bruja de porcelana_inicio

XVIII

La noche pasó demasiado rápida. Godfrey cerró un segundo los ojos y el tiempo pasó volando. Esa noche no soñó, era la primera vez en días que no tenía pesadillas. Habría sido feliz hasta que sintió como alguien lo sacudía. Lo hacía con tanta fuerza que revivió el dolor de sus heridas. Eso lo despertó y lo primero que escuchó fueron órdenes de que se levantara.

Medio zombi, Godfrey siguió a Sabina hacia una pequeña casa abandonada. Ella llevaba la carreta que como sea logró tapar con una lona en la parte trasera. Hasta eso, él ya se estaba despertando, intentando recordar cómo había llegado ahí y cuánto tiempo había pasado.

—¿Qué sucede? —preguntó mientras avanzaba a trompicones, su brazo se balanceaba de un lado sobre otro.

Godfrey tropezó en algún escombró y terminó levantando todo el polvo de la casa, el cual era tan denso que parecía más neblina que otra cosa. Estaba por todas partes, invadiéndolo todo y convirtiendo el mundo en gris. Sabina custodiaba la puerta y se asomaba por unas tablas de madera de la ventana. Su cabello corto se bamboleaba de un lado para el otro.

—Nos están buscando.

—¿Los escuchaste?

Sabina le indicó que se callara y por la calle desfiló un conjunto de soldados, sus armaduras tintineando entre sí, gritando instrucciones sobre buscarlos. Pasaron tan cerca que era un milagro que no los hayan encontrado. La espera se volvió eterna y entre ellos se mantenía el máximo silencio, ninguno se atrevía a respirar, ni a moverse. Esperaron hasta que cualquier sonido del exterior desapareció.

—No creo que estemos seguros aquí —dijo Sabina.

Godfrey también lo creía, era solo cuestión de tiempo para que los atraparan. Estaba pensando como salir de la ciudad cuando se acordó de Maude. ¡Era una vergüenza que no la recordara! Quizá era por el cansancio o simplemente que estaba acostumbrado en aventurarse solo, pero cuando la recordó un escalofrío lo hizo temblar.

—Mi hermana —exclamó y se volteó para abrir la puerta.

Sabina le sostuvo de la muñeca y negó con la cabeza.

—Debió sacarla Emil.

—Es obvio que no lo logró.

La chica se quedó pensativa un momento, torció los labios y sacudió la cabeza.

—Debieron tener problemas.

Eso era tan obvio que Godfrey estuvo a punto de reírse. ¡Claro que habían tenido problemas! Su mente pesimista se imaginó a su pobre hermana todavía prisionera, herida y sola. ¡Le había rogado a ese maldito soldado que la salvara!

—Debo ir a buscarla.

Sabina apretó más fuerte su muñeca y volvió a sacudir su cabeza.

—No.

—Es mi hermana.

—Y eres un fugitivo. Yo iré.

Eso era todavía peor. Amaba a Sabina e imaginársela en peligro era horrible. Ella ya se había arriesgado demasiado para salvarlo, no dejaría que lo hiciera de nuevo.

—No, claro que no. Te lo prohíbo.

—¿Qué?

Cuando Sabina se enojaba sus cejas se unían tanto que se hacían una sola, su apariencia le parecía hasta tierna. Ella no era un soldado, era una simple chica que no tenía porque meterse en estos problemas.

—Estarás en peligro, no te dejaré.

—¡Ya estoy en peligro!

—Claro que no, no sabes todo…

—¡No me importa! Ahora quítate.

Godfrey no se movió. De hecho, se atrincheró mejor en la puerta y la mantuvo a raya. Sabina intentó darle un puntapié en la entrepierna, pero Godfrey se le adelantó. Con su brazo bueno la sujetó y le hizo dar una vuelta. Su forcejeó se parecía a una especie de baile, donde ella llegaba y él la hacía alejarse.

—Por favor —le rogó Godfrey sujetando a Sabina. La chica había logrado a acariciar el pomo de la puerta —. No quiero perderte.

La chica apretó más los labios y emitió un gruñido, estaba decidida y Godfrey la admiró más por eso, no era de las que se rendían. Godfrey sabía que no podía retenerla más, no con un solo brazo, así que aprovechó su mayor peso y se empujó contra Sabina. La chica era lista, pero no fuerte, su peso la venció y cayó al suelo.

—Sabina, no te dejaré ir.

—Yo tampoco —replicó la chica y se volvió a poner de pie. Sin embargo, se le notaba cansada. Su cara estaba roja y gotas de sudor resbalaban por su frente.

—Esto es ridículo —dijo Godfrey intentando alegar a la razón.

—Así es. Quítate, a mí no me buscan.

Lo decía con tanta confianza que Godfrey estuvo inclinado a creerle. No obstante, no podía. Imaginársela entre esos guardias lo hacía temblar de miedo. No podía arriesgar a perder a las dos.

—Sabina, sé moverme por la ciudad.

—¡Te están buscando!

—No es la primera vez.

Ella volteó la cabeza enfadada, él se acercó a ella con cuidado y le abrazó.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí. Puedo protegerme, te lo prometo.

El movimiento fue rápido, cualquiera que no la conociera hubiera caído, pero él no. La sujetó antes de que lo golpeara en la entrepierna. Ella se sorprendió y durante un segundo su mirada le prometió que no se rendiría, pero de pronto suspiró.




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