La bruja de porcelana_inicio

XX

Todo pasó demasiado rápido. Maude era muy pesada y por más que jalaba no se movía. Godfrey se estaba cansando y la luz se hacía cada vez más brillante. Emil temía que los guardias aparecieran en cualquier momento. Lo peor era que no podía hacer mucho como una miserable rata.

De pronto, sintió un dolor horrible y todo comenzó a hacerse borroso, el mundo se alargó, se achicó y dio varias vueltas. Sus chillidos de rata comenzaron a convertirse en gritos humanos. Sus bigotes cayeron y su hocico se achicó, le dolía la boca y sentía que los dientes se le estaban cayendo. Del dolor perdió el conocimiento y se quedó largamente mirando el cielo. Estaba lleno de nubes esponjosas que prometían una lluvia ligera y fría.

—Emil — gritó alguien.

El soldado encontró difícil levantarse, al hacerlo sintió mucho frío y cansancio. Sus ojos tardaron en enfocar los detalles y distinguió a Godfrey rogando por ayuda. Su hermana se había vuelto a levantar. En sus dedos chisporroteaba la magia y observaba a todos esperando un movimiento.

Los ojos de ambos se cruzaron y Godfrey movió sus labios formando una palabra: “espada”. Emil entonces cayó en cuenta que su espada colgaba de la cadera de Maude. Era demasiado grande para ella y casi llegaba al suelo. Godfrey gritó para llamar la atención y Emil aprovechó para arrojarse hacia ella.

Él era un soldado entrenado, así que derribarla no le resultó difícil. Sin embargo, no estaba entrenado para pelear contra la magia, uno de sus hechizos le pegó en la espalda e hizo que todos sus músculos se sacudieran por sí solos, produciendo un dolor espantoso. Un olor como a pelo quemado inundó su nariz y sintió unas punzadas ardientes que comenzaban en su espalda y se extendían hacia el pecho.

Maude gritaba como poseída y logró soltarse de su agarre. Ella se puso de pie y Emil solo pudo ver a su relicario moverse de un lado al otro. Era como si intentara llamarlo, le invitaba a recuperar lo que era suyo. Emil extendió una mano torpe hacia el collar, se acercó y su dedo acarició la superficie. Sintió otra descarga, pero ésta era diferente.

El dolor se alivió tanto que se convirtió en tranquilidad, su cuerpo se retorcía, pero Emil ya no sentía nada, solo paz. Su mente estaba en otro plano donde era inmune al sufrimiento. Estaba seguro de que así se sentía el cielo y que pronto un ángel iría a buscarlo.

Para confirmarlo comenzó a brotar de todas partes una voz cariñosa, amada y muy suave. Era como una corriente que flotaba alrededor suyo, bendiciéndolo con cada nota.

—No es tu tiempo—dijo y la voz tomó forma.

Estaba a su lado conformado por una luz muy brillante. Su cuerpo era transparente, casi etéreo y apenas formando un rostro.

—Conrad —llamó. Su hermano le sonrió y miró hacia el cielo. Emil sabía que no se quedaría y no podía soportarlo.

—No me dejes, por favor. Te necesito.

Su hermano le miró con tristeza y Emil sintió una ligera brisa en su cabello, luego una presión delicada en su frente y una frescura que inmovilizó su cuerpo y aclaró su mente. Volvió a recuperar control de sus músculos y vio como Maude volvía a dominar a Godfrey. Necesitaba ayudar.

Cuando se puso de pie su hermano había desaparecido y solo sus últimas palabras flotaban en el viento.

—Hermanito, tú nunca estás solo.

Con el corazón en la garganta y una nueva esperanza, Emil se arrojó hacia Maude. Esta vez la sujetó de las muñecas y de alguna forma que jamás podría explicar, su espada se cayó de su cinto. Empujó a la chica y recogió su espada.

No podía perder esta oportunidad. Maude volvía a la carga y él se agachó justo a tiempo, le hizo una zancadilla y logró que la chica cayera al suelo. Emil cogió su espada y con todas sus fuerzas le pegó con la empuñadura en la nuca. La chica perdió el conocimiento. Toda agresividad terminó. Emil se agachó al lado de Maude, tenía pena por esa chica, no sabía que había pasado, pero lo lamentaba profundamente.

Al verla parecía una muñequita, su piel blanca y delicada como la porcelana, ¿quién habría lanzado los dados? Era obvio que le había tocado un mal destino.

—Lo siento —dijo y utilizó un pedazo de tela de su capa para envolverle las manos y amarrarlas juntas. Esperaba que cuando la chica despertara no fuera una homicida, pero no iba a arriesgarse.

Después fue en busca de Godfrey que estaba en el suelo sacudiéndose sin control, probablemente atacado por el mismo hechizo. Respiraba con fuerza y cuando intentó incorporarse, sus piernas le fallaron y terminó de rodillas.

—Tendremos que esperar un poco —dijo Emil. Él podía cargar con Maude, pero no con Godfrey.

—¿Qué… ¿Qué… pasó…?

Las palabras eran temblorosas y se notaba que mover sus labios era una tarea titánica. Emil supuso que preguntaba sobre su hermana.

—Ella está bien. Solo… solo está durmiendo.

Godfrey respiró aliviado y poco a poco el hechizo dejó de torturarlo. Cuando se levantó, escupió un horrible coágulo de sangre y se quedó mirándole con extrañeza. Solo entonces Emil se dio cuenta que no se habían presentado formalmente.

—Soy Emil, el que te visitó en la cárcel.

—Lo sé, pero ¿cómo?




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