La bruja de porcelana_inicio

XXII

La incomodidad era lo que reinaba el ambiente. A pesar de que estaban seguros, nadie se animaba a hablar libremente y lo poco que se había dicho eran frases sueltas. Todo el día anterior habían caminado sin rumbo. Nadie parecía querer liderar.

Maude se había despertado al mediodía y para alivio de todos no quería matar a nadie, más bien se levantó con dolor de cabeza y con un corazón roto. Emil conducía la carreta junto con Sabina mientras Maude lloraba amargamente. Entre la lluvia y el lodo se desarrolló la tarde.

Emil no sabía que había pasado y no esperaba comprenderlo. La magia estaba fuera de su entendimiento, solo sabía que la joven y su hermano parecían peleados, casi perdidos.

Al tercer día del accidente, el sol volvió a salir y ellos decidieron detenerse por provisiones. Godfrey y Sabina partieron hacia un pueblo cercano, dejando a Maude y Emil en un claro del bosque.

Maude estaba sentada en un delgado tronco, con la capucha sobre el cabello y las lágrimas todavía corriendo por su rostro. Emil lo sabía por su forma de respirar, no era la primera mujer que veía llorar en silencio. Estuvo algunos momentos tonteando en el bosque, recogiendo ramitas, ordenando las cosas y buscando algo para romper el silencio.

En el fondo de la carreta encontró un objeto largo y metálico, era justo lo que necesitaba. Recogió la navaja y respiró profundo. No era precisamente bueno para consolar, pero lo intentaría.

Justo donde estaba Maude se filtraba unos haces de luz, ella estaba tan sombría y todo a su alrededor tan luminoso. Era irónicamente triste. Con cuidado Emil se sentó a su lado.

—Al fin encontré una navaja —dijo mostrándola a la luz. El brillo del sol destacó lo oxidada que estaba—. No es muy afilada, ¿no crees?

Maude se limpió la nariz y gimoteó un poco antes de volverse. Sus ojos estaban rojos e hinchados, sus pestañas desordenadas por las lágrimas. Sin embargo, cuando se volteó fingió una sonrisa.

—¿Vas a rasurarte? —preguntó con un hilillo de voz.

Él asintió. Tenía una especie de pelusa por todas partes, especialmente en la cara. Esperaba que cortándola no volviera a aparecer. En cuanto al resto de su cuerpo… bueno, esperaba que desapareciera o que cayera con el tiempo.

—¿Quieres ayudarme?

—Solo si tú me ayudas —respondió ella.

—¿A qué te refieres? ¿Tienes algún bigote del que deshacerte?

Ella sonrió tristemente y se quitó la capucha. Su cabello azul caía como una cascada desordenada por sus hombros.

—Creo que debo cortarlo.

—Está bien, pero te advierto que no soy peluquero.

Ese chiste le sacó algunas risas nerviosas que se cortaron demasiado pronto. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas y tras parpadear varias veces cayeron más por sus mejillas.

—Quiero rasurarlo.

—¿Estás segura?

Emil sabía que uno de los símbolos más importantes para las mujeres era su cabello, ensalzado en tantos poemas y cuentos, incluso las mujeres más humildes lo cuidaban. Los cabellos largos como el de Maude eran los más apreciados.

—Solo quiero que desaparezca.

Emil no insistió. Se mojó el rostro con agua de su petaca y después comenzó a afilar la navaja. La movía de un lado a otro hasta sacarle todo el óxido. Maude la seguía con la mirada. Después, él tomó un poco de jabón y se pasó por la cara.

—El truco está en estirar la piel —dijo Emil jalándose la piel de su mejilla con sus dedos —. Después solo la mueves.

Repitió varias veces el proceso y después se la ofreció a Maude. La chica dudó un poco, pero él la animó, elevando un poco el rostro y diciéndole que aproveche la luz.

El primer movimiento le quitó más piel que barba, sentía su sangre corriendo por sus mejillas, cálida y lenta. Sin embargo, no se quejó. Dejó que ella lo siguiera intentando. La cuarta vez que le cortó, la chica suspiró y se alejó de él.

—Lo lamento —dijo apretando su puño y mirando a la navaja. Se notaba que tenía ganas de lanzarla lejos —Quizá sea mejor que tú lo hagas.

—No. Está bien —respondió Emil limpiándose la cara con una tela. Las heridas le ardían, pero no había nada que un poco de vino no arreglara —. Yo lo hago peor. Una vez me corté todo el labio —. Para dar más énfasis tomó su labio y lo dobló hacia arriba —. Mira aquí tengo la cicatriz.

Maude se tranquilizó un poco e incluso sonrió levemente.

—¿Cómo te curaste?

—Con vino, un trago hace maravillas. Ven, por favor.

La chica cedió y volvió a su lado. Continuó rasurándole un poco más, cada vez mejoraba la técnica hasta que llegó a dominarla. Un rato después, Emil estaba sin ese horrible pelo en la cara. Examinó los resultados en el reflejo de su espada.

—Perfecto.

—Ahora me toca —respondió ella y se sentó frente a él.

Emil apretó amigablemente su hombro y examinó su cabello. Era un desastre, lleno de barro, enredado, incluso quemado. Tomó varios mechones y los miró a la luz del sol. No reflejaba ni un poquito la luz, era demasiado artificial.




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