Rodrigo entró en la taberna y miró a su alrededor.
Se apostaron bien al fondo, como siempre. Bruno engulle como si fuera a roerse el cuenco entero, fondo incluido. Mateo hacía girar la jarra entre los dedos y le contaba algo a Tomás, claramente más por el gusto de oír su propia voz que por el oyente. Darío calla y escucha.
Tal como ordené. Va picando el pan en trocitos pequeños y recorre la sala con la mirada con cuidado. Inés, como siempre, alerta. De costado a la pared, para ver la puerta, las ventanas y la escalera. Si es que en este agujero había escalera. Ah, sí, está detrás del mostrador.
El destacamento vio al comandante y se quedó callado. Mateo fue el primero en callarse. Inés giró un poco la cabeza. Darío levantó la vista del pan. Rodrigo se acercó a la mesa con paso ancho y seguro, y arrojó el pergamino delante de ellos.
El sello de la Orden de la Luz golpeó la madera con más peso que cualquier moneda.

—Trabajo —dijo Rodrigo.
Mateo estiró la mano hacia el pergamino, pero Inés fue más rápida. Lo desenrolló, recorrió las líneas con la mirada y silbó por lo bajo.
—Una bruja. Y un guerrero con ella.
—¿La recompensa? —preguntó Bruno con la boca llena.
—Quince monedas de oro —dijo Rodrigo.
Bruno dejó de masticar, apartó el cuenco y miró el pergamino.
Tomás se enderezó.
¿Interesante? ¿Cómo lo repartirán? Somos seis, ¿otra vez me toca la parte más pequeña?
Mateo dejó la jarra sobre la mesa despacio.
—¿Quince? —repitió él.
—Con ese dinero se pueden comprar cinco caballos. Buenos. Y de paso al dueño de la taberna, si no se pone a lloriquear mucho.
—Diez por la bruja, cinco por el guerrero —dijo Inés, sin apartar la vista del pergamino.
—¿Más por la moza que por el guerrero? —Bruno resopló—. Entonces la moza es importante.
—O la Orden se ha vuelto loca de remate con sus brujas —dijo Mateo, hurgándose los dientes con un huesecillo.
Un bocazas. Nada fiable.
Rodrigo lo miró.
Mateo levantó las palmas.
—Me callo.
—¿Los quieren vivos? —preguntó Bruno.
—¿O pueden estar muertos?
Inés terminó de leer la línea y arrojó el pergamino de vuelta a la mesa.
—Da igual: o a ellos, o sus cabezas.
—Entonces mejor las cabezas. Se llevan más fácil —dijo Darío.
Eran sus primeras palabras desde que habían entrado en la aldea.
Rodrigo asintió.
—Con los muertos hay menos lío.
—¿Y si la moza de verdad es una Bruja? —preguntó Tomás.
—Entonces con más razón hay que matarla, no sea que nos haga alguna guarrería con sus hechizos —dijo Bruno.
Ingenuos. ¿Qué Bruja ni qué Bruja? La Orden simplemente marca a las mozas que le estorban. Si de verdad fuera una bruja, el país entero estaría en guerra contra ella.
Mateo sonrió con sorna.
—Lo importante es que no nos eche un hechizo, porque entonces no los encontraremos jamás. Quince monedas de oro, al fin y al cabo.
Rodrigo golpeó el pergamino con los dedos.
La conversación se cortó de golpe.
—Estuvieron aquí.
Inés levantó la vista.
—¿En la aldea?
—El alcalde dijo que por la mañana vieron a un guerrero alto y a una moza pelirroja. Se fueron antes de que llegáramos.
Darío se giró un poco hacia la ventana, como si ya viera el camino al otro lado.
—¿Adónde?
—Al sureste. Hacia el bosque.
Bruno se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿A pie?
—A caballo —dijo Rodrigo—. Pero no un destacamento. Un guerrero y una moza.
—Si no llegan al bosque, los atrapamos en la llanura —dijo Darío.
—¿Y si llegan? —Tomás lo miró.
Inés esbozó una sonrisa breve.
—Entonces nos meteremos tras ellos en la espesura, y dejaremos los caballos con el más afortunado de nosotros.
Mateo miró a Tomás.
—¿Ves? Ya tienes tu oportunidad de destacar.
Tomás se sonrojó.
—Cállate.
Rodrigo enrolló el pergamino y se lo metió en el cinturón.
—Partimos ahora.
Bruno miró con disgusto el cuenco a medio terminar.
—No terminé de comer.
—Termina en la silla de montar —dijo Rodrigo.
Mateo se levantó primero.
—Quince monedas de oro, Bruno. Con ese dinero hasta tú podrías comprarte buena puntería.
Bruno se levantó despacio de la mesa.
—Dilo otra vez y te la rompo.
—En marcha, niñas —dijo Inés con sequedad, tomó la ballesta y se dirigió a la salida.
Al salir de la taberna, el destacamento desató los caballos y subió de un salto a las sillas.

Bruno terminaba de masticar un trozo de pan sobre la marcha. Mateo se ajustó el cinturón con el cuchillo. Inés guardó la ballesta en la funda junto a la silla, para sacarla de un movimiento. Darío montó primero y en silencio, y encabezó el destacamento al salir de la aldea.
Rodrigo los miró a todos.
Espero que lleguemos a tiempo. Darío no puede fallar.
—Al salir del portón, hacia el sureste.
Darío asintió y se desvió campo a través.
—Dos caballos —dijo Darío—. Frescos.
—Hasta un aficionado habría notado las huellas de dos caballos.

—¿Nuestros? —preguntó Tomás.
Darío ni siquiera lo miró.
—¿Y nosotros vinimos del bosque o por el camino?
Rodrigo callaba.
Darío señaló las huellas.
—Un caballo es más pesado. El otro, más ligero. No hay galope. Iban al paso.
—Entonces no tenían prisa —dijo Mateo.
—O no podían —respondió Darío.
Rodrigo se enderezó en la silla.
—Adelante. No perder el rastro.
Se pusieron en marcha por la llanura al trote.
El rastro se leía con facilidad. Los dos caballos iban casi en línea recta hacia el sureste, en dirección a los bosques. La hierba, baja y seca, la tierra, blanda esa mañana tras la humedad de la noche: los cascos dejaban huellas lo bastante profundas para que Darío no frenara al destacamento sin necesidad.