—No desmontaremos hasta llegar al bosque. —León miró hacia atrás una vez más y examinó la nube de polvo.
¿Acaso piensan reventar los caballos? Llevan demasiado tiempo cabalgando.
—¿Y si me canso y me caigo de la silla?
Por un lado, Eli ya montaba mejor; por otro, su cuerpo se agotaba cada vez más y necesitaba descanso.
¿Cómo no lo entiende? Ya me arden los callos del trasero y me duelen las piernas.
Mejor piensa en lo que le pasará a tu trasero si os alcanzan.
La mujer adulta discutía con la chiquilla.
Bien, si solo matan. ¿Y si no? No podré defenderme con un candelabro.
—¿Si te caes?... La hierba te llega hasta la barbilla, ¿cómo piensas ir a pie?
León volvió a mirar la nube de polvo.
No, al final decidieron cuidar los caballos, pasaron al paso.
La nube detrás se disipaba lentamente.
Entonces tenemos más o menos media hora para llegar al bosque. Entre la hierba alta, difícilmente podrán hacer galopar a los caballos. Hay que atraerlos a un claro del bosque y acabar con ellos ahí, cuando se separen. Es la opción más segura. Lo importante es hacerlo todo rápido.
León comprobó cuántas flechas quedaban en el carcaj de la silla.
Cincuenta flechas deberían bastar de sobra. Sobre todo si disparo a quemarropa. Una flecha por cada uno. No creo que sean más de siete hombres.
Sacó el arco y comprobó la tensión de la cuerda. Luego lo guardó en el arco-funda.
Eli entendía que se preparaba para el combate. La muchacha observaba cómo León revisaba el armamento con eficiencia y contaba las flechas, mientras en su cabeza bullían los pensamientos.
Otra vez problemas por mi culpa. Y yo no puedo ayudar en nada.
¡Puedes! Cumple sus órdenes al pie de la letra, no lo distraigas durante el combate y no estorbes. Quédate quieta y no te asomes: es lo mejor que puedes hacer.
Sí pero él está solo y son muchos. ¿Y si lo matan? ¡Tengo miedo!
¡Tonta! Ni se te ocurra pensar en eso. Si lo matan, tienes un cuchillo. Mejor córtate el cuello tú misma. Al menos, nadie te va a torturar.
¡Yo no quiero que él muera!
Entonces aguanta y cumple todas sus indicaciones. Él nunca te ha obligado a hacer nada malo.
—¿Por qué te vienes abajo? —preguntó León con voz tranquila y segura.
Sí, está más sombría que una nube de tormenta. Está aterrada. Ni siquiera se pone caprichosa.
—Tengo miedo.
Eli miraba hacia adelante, al bosque, porque mirar atrás daba aún más miedo. Temía ver que ya habían aparecido jinetes a sus espaldas.
—No tengas miedo, no son tantos.
Llegaron al borde del bosque. León miró atrás una última vez.
—Son seis; si dejan a uno con los caballos, quedan cinco. Van al paso, no los apuran. Entonces sus caballos están cansados. Tenemos tiempo para adentrarnos en el bosque, y allí ya se me ocurrirá algo.
La voz serena de León tranquilizaba a la muchacha, pero la inquietud no desaparecía.
—No lo entiendes. Tengo miedo por ti.
Eli alzó hacia León los ojos húmedos y se dio la vuelta.
—¿Por mí?
En su voz se notaba una clara perplejidad.
¿Tiene miedo por mí? Claro. Ella se quedaría sola, indefensa. Claro que tiene miedo. No es el mejor lugar para una chiquilla.
La muchacha guardó silencio.
Yo ya dije demasiado. No me queda valor para seguir.
Por dentro se revolvía un nudo pegajoso de miedo, las manos le temblaban con un temblor fino y la respiración se volvió entrecortada.
—Ya está. De aquí en adelante, a pie.
León saltó del caballo frente al muro del bosque, se volvió y bajó a Eli de la silla.
—Yo voy delante. Armak me sigue. Tú vas detrás. No te quedes atrás y cuida que no te golpee una rama en la cara. Tu yegua te sigue a ti.
La muchacha asintió y se restregó las lágrimas por la cara con el puño.
—Está bien. Intentaré no quedarme atrás.
Al oír la respuesta, se dio la vuelta, tomó a Armak de la brida y se adentró en el bosque.
Una leve penumbra envolvió a la muchacha en cuanto entró en la espesura. La grupa negra del caballo de guerra se convirtió en su único punto de referencia.
¡Ojalá no me quede atrás! Las piernas apenas me sostienen.
Eli seguía al caballo negro, esquivando las ramas. El crujido de las ramas al romperse bajo los cascos de la yegua alazana le provocaba oleadas de miedo.
Le parecía que de detrás de cualquier árbol podían agarrarla.
¡Está tan lejos! Yo no lo veo. ¡Tengo tanto miedo! ¿Por qué no puedo yo ir a su lado?
Porque él va abriendo camino, para que te resulte más fácil caminar.
Yo lo sé pero yo no lo veo…
Las lágrimas le corrían por las mejillas en dos regueros, pero a Eli no le daba tiempo de enjugárselas.
Ya había perdido la cuenta del tiempo. Le parecía que caminaba sin fin. A veces la yegua se plantaba. La muchacha tenía que tirar de ella con más fuerza. Obligarla a avanzar. Las piernas se le habían debilitado y apenas la sostenían cuando oyó la voz de León.
—Llegamos.
A pesar de sus palabras, León siguió caminando. Eli, por inercia, siguió caminando tras su punto de referencia.
¿Si nosotros ya llegamos? ¿Por qué nosotros no nos detuvimos? Yo no entiendo qué está tramando.
Tú no necesitas entenderlo, solo haz lo que él dice.
Yo lo hago.
Mientras caminaba por el claro, giraba la cabeza con dificultad y miraba alrededor. El cuello se le había entumecido de caminar por el sotobosque.
La hierba es alta. Yo no veo nada más que hierba y árboles.
León cruzó el claro y ya entraba en el bosque por el otro lado.
—Date prisa, hay que prepararse.
Eli guardó silencio, pero con las últimas fuerzas apuró el paso.
Si yo me caigo ahora. Yo ya no podré levantarme. Yo nunca en mi vida estuve tan cansada…