León se acercó al guerrero herido y le hizo una pregunta:
—¿Nombre?
—¡Vete al diablo!
El guerrero intentó seguir arrastrándose. Pero León tenía otros planes para él. Lo agarró por el cuello de la ropa y lo arrastró fuera del claro. El guerrero gimió. Las flechas que le sobresalían de las piernas se enganchaban en la tierra y le causaban dolor. León lo arrastró con indiferencia hasta llegar junto a los dos cadáveres.
Eli ya había terminado de recoger los objetos de valor y las armas, y luego llevó los trofeos al montón común.
—¿Nombre?
León soltó al guerrero. Este cayó de bruces contra el suelo. Una patada lo volteó boca arriba.
—¡Basta! Me llamo Mateo —logró articular con un gemido el perseguidor herido.
—¿Es vuestro comandante?
León señaló al hombre corpulento con armadura de hierro.
—Sí.
El herido intentó incorporarse y estiró la mano hacia el cinturón. La punta de la espada lo devolvió a su posición tendida.
—¿Quieres que te corte el brazo?
En la voz de León no había rabia, solo el tañido del acero. Mateo negó con la cabeza, sin atreverse a moverse.
—¿De dónde sacasteis esto?
Mateo vio en la mano del guerrero el pergamino que había traído Rodrigo.
—No lo sé. El comandante dijo que lo tomó del jefe de la aldea.
—Entendido. ¿Cuándo os enterasteis de la cacería?
El prisionero titubeó con la respuesta y de inmediato recibió una patada en la pierna herida.
—¡Maldición!
El guerrero se retorció de dolor, no llegó a continuar y recibió un segundo golpe en la pierna.
—Eso no es una respuesta. —Eli observaba el interrogatorio con un sentimiento contradictorio.
¡Yo no veo ni rastro de rabia en León! Para él este prisionero es solo información. ¿Qué habrá vivido para que la vida humana no valga nada para él?
¡La tuya sí vale!
La mujer en la cabeza de Eli no estuvo de acuerdo con la opinión de la adolescente.
¿Por qué piensas eso?
Boba, ¿acaso no te está protegiendo a ti?
¿A mí?
Si le importaras un comino, ¿dónde estarías ahora? Desde luego, no aquí.
Yo lo seguí por mi cuenta.
¡Desde luego que no fui yo! ¡Pero ahora yo no lo soltaré! Así que deja de venirte abajo y empieza a pensar cómo serle útil.
—Esta mañana, cuando llegamos a la aldea.
Tras dos patadas, el prisionero se volvió más dócil.
—¿Quién más sabe del pergamino?
—No lo sé, Rodrigo dijo que al jefe de la aldea se lo trajo un mensajero.
—Gran Bruja, vaya que eres popular.
León giró la cabeza hacia la muchacha, mientras la punta de su espada se apoyaba en el cuello del prisionero. En ese momento Mateo comprendió por fin quién mandaba en aquel pequeño grupo.
Pensábamos que estaba embrujado, y resulta que es una auténtica máquina de matar.
—¡No soy Bruja! ¿Cuántas veces hay que decirlo? Y tampoco Gran nada. Todo por culpa de ese idiota del prior Rufo.
¿Otra vez me está picando? ¿Por qué hay chispas traviesas en su mirada?
—No te llego ni al hombro.
Pero me gusta que se fije en mí y no me mire como si fuera un objeto cualquiera.
La sangre le subió al rostro, el corazón le retumbó, y por todo el cuerpo empezó a extenderse un calor agradable.
No es momento para fantasías.
Eli retrocedió un paso y volvió la mirada hacia el prisionero.
—Tu grandeza no está en la estatura, sino en la brujería. —León bajó la mirada hacia el prisionero.
Realmente, qué idiotas, tantas muertes por una simple chiquilla. Rufo le hace el juego al rey. Demuestra hasta qué punto está podrida la Orden de la Luz.
—¿Tú también crees en estas tonterías? —La muchacha apretó los puños. No estaba claro a quién se dirigía. El prisionero negó con la cabeza, y León miró a Eli con desconcierto.
¿Cuándo tuvo tiempo de cambiar tanto? De un gorrión asustado a semejante fierecilla.
—No te lo pregunto a ti.
La muchacha se enfadó todavía más, porque quien respondió no era a quien ella preguntaba.
—Cálmate.
La voz serena y tranquila de León, junto con esa palabra breve, fue como si le arrojaran un balde de agua helada.
—Sé que no eres una bruja.
Eli se dio la vuelta y se dirigió hacia los caballos. Mateo comprendió que esas eran las últimas palabras que oiría, antes de que su cabeza rodara lejos del cuerpo.
¿Por qué es así? Primero me pica ¿y luego «cálmate»?
¿Acaso querías ver cómo ejecutaba al prisionero?
No.
Pues no lo viste. ¿Qué es lo que no te gusta?
Podía simplemente decir.
Pues eso dijo.
Pero no tan bruscamente.
¿Escuchaste brusquedad en su voz?
No.
Entonces, ¿por qué te pones caprichosa? Por ti acaba de matar a cinco personas. ¿Te parece poco? ¡Bruja Sanguinaria!
Yo no…
Diles eso a esos idiotas que os persiguieron. O a esos templarios que murieron junto a tu horca. Te marcaron con un estigma. A la gente le da igual si es verdad o no.
¡Pero León…!
¿León qué? ¡Dijo que no lo cree! ¡¿Y eso no te basta?!
No pero yo…
—Eli.
La muchacha se estremeció al oír su nombre.
—Recoge y guarda los trofeos en la alforja de tu yegua.
León envainó la espada y se puso a retirar los cuerpos del claro.
—Bien.
Ella empezó a meter las cosas recogidas en la alforja, pero las manos casi no le obedecían, igual que el resto del cuerpo. Es que su cerebro no estaba ocupado en el control, sino en los columpios emocionales.
¡Me llamó por mi nombre por primera vez! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me gusta tanto?! ¡¿Qué me pasa?! Las manos no me obedecen las piernas se me doblan. Por dentro todo arde el corazón me palpita. Cuesta respirar y encima la piel se me eriza y el pelo se me pone de punta.