León se agachó frente a ella y miró a los ojos de la chiquilla. Luego habló con claridad, separando cada palabra.
—Quédate aquí, no te vayas a ningún lado. No habrá más persecución. Voy de caza. ¿Entendido?
Tendré tiempo de cazar mientras ella se recupera. No hay tiempo para entretenerse en el claro.
Sus ojos nublados se enfocaron en él. Eli asintió. León se levantó, recogió el arco y cruzó el claro en dirección a donde habían venido.
Eli se quedó sentada junto al tronco del árbol. Con una mano se sujetaba el pecho, la otra yacía inerte sobre la hierba. Frente a la muchacha seguían tumbados los cinco cuerpos muertos, pero ella no los notaba.
Tengo miedo… Yo no entiendo qué me está pasando. ¿Es correcto sentirme así junto a él? Antes tenía miedo sin él y ahora tengo miedo junto a él.
¿Acaso te sientes mal?
Yo no lo sé…
¿De qué tienes miedo?
¿Y si yo me desmayo?
¿Y qué, si te desmayas? Luego vuelves en ti y todo estará bien. Junto a él, hasta puedes desmayarte, no va a pasar nada malo. Él te protegerá y no te hará daño.
¿Y es correcto comportarse así?
¿Y qué es lo que haces mal?
Yo no lo sé. ¿Y si yo lo ofendo con este comportamiento?
¿Cuál comportamiento? No has hecho nada malo. ¿De qué te culpas?
Para ti es fácil hablar. Tú solo piensas en que te abrace o te toque.
¿Y tú no? ¿No te gusta que esté tan cerca? ¿No te gusta que te toque?
A Eli volvió a aletearle el corazoncito, y un dulce espasmo le recorrió el cuerpo.
Bueno yo soy así… ¿Y si le resulta desagradable…?
¿Así cómo? ¿Patética, sucia, sin estatus, huérfana, fea, una carga? ¿No tienes derecho a sentir? Seguramente, tienes razón.
La adolescente en la cabeza de Eli se hizo un ovillo lastimoso. La mujer de enfrente sonrió con sorna.
¡Puras patrañas! Sí. Que seas huérfana no se puede cambiar. En todo lo demás no tienes razón. ¿Por qué no tienes razón? Pues porque la gente no hace lo que le resulta desagradable. Bueno, tal vez sí lo hace, pero solo cuando la obligan.
Además, León no es de los que se dejan obligar a hacer lo que no quieren. Piénsalo tú misma. ¿Le resultarías tan desagradable? ¿Se tomaría tantas molestias contigo?
Tal vez él simplemente no sepa que le resultas agradable. Tal vez él también piense tonterías. Igual que tú. No sé…
Los tipos siempre se propasan si les gustas…
¡Tontita! ¡Él no es así! ¿Acaso no ves que él toma todo lo que considera necesario? Si hubiera querido usarte, lo habría hecho allí, junto a la horca. Luego te habría abandonado y se habría ido.
¿Entonces yo no le gusté?
¡Boba! ¿Querrías que hiciera eso?
No entonces se volvería igual que el prior.
Ves, tú misma has respondido tus propias preguntas.
¿Qué hago entonces?
Ayudarlo en el viaje, no ser una carga. Todo lo que él dice y hace siempre nos hace bien. Tal vez a veces sea difícil hacerlo, pero en el futuro nos hará bien.
¡Yo quiero serle útil! Solo que no siempre lo logro.
En este viaje todo nos es desconocido, casi todo es la primera vez, por eso no siempre sale bien.
Eli volvió a la realidad. Frente a ella yacía la ballesta descargada.
Hay que recordarlo. ¿Cómo decía él? Hay que ponerla en el suelo meter el pie. Enganchar el gancho de cinturón y tirar hasta oír el clic.
Agarrándose al tronco, se puso de pie.
Las piernas parecen aguantar.
Ella levantó la ballesta.
Decía que había que tirar no con la espalda sino con las piernas.
Eli apoyó la ballesta en el suelo, metió el pie en el estribo y se agachó de modo que el gancho de cinturón se enganchara en la cuerda.
Ahora nos levantamos despacio hasta el clic.
Un clic seco marcó la tensión de la cuerda.
Ahora un poco más abajo para soltar el gancho de cinturón.
—¡Lo logré!
De alegría, la muchacha sacudió la ballesta.
Hay que elogiarla.
—¡Bien hecho!
Por la sorpresa, Eli apretó la palanca de disparo. La cuerda soltó un tañido sonoro.
¡Él lo vio!
León salió por el otro lado del bosque, no por donde se había ido.
No está sentada junto al árbol hecha una muñeca sin sesos. Bien. Será útil.
—No hacía falta sacudir la ballesta ni apretar la palanca, pero en general te las arreglaste bien.
¡Me elogió! ¡Me elogió!
Ves, qué equivocada estás con él…
Los ojos esmeralda de Eli brillaron de felicidad.
—No tiene sentido quedarnos aquí más tiempo. El que se quedó con los caballos, si es que viene. Solo mañana.
León miró el cielo que oscurecía.
Hay que encontrar un lugar para acampar. Antes de que oscurezca.
—No necesitamos sus caballos. No tiene sentido esperarlo. ¿Lista para seguir?
Al final León hizo una pregunta, pero sonó más bien como una afirmación. Se dio la vuelta y fue a desatar a Armak.
El descanso le sentó bien. Qué viva se ha vuelto.
¿Y cómo voy a llevarlo? Es tan grande. Se va a enganchar en todo.
Simplemente pregúntale a León. Él lo resolverá.
—Sí, lista. ¿Pero qué hago con la ballesta?
Eli se acercó a la yegua alazana y se quedó quieta, pensando cómo acomodar el arma. León rebuscó en la alforja y sacó dos correas de cuero.
—Ahora mismo.
Tomó la ballesta y con una correa sujetó el estribo del arma al arzón. Luego levantó la aleta de la silla y allí, con la segunda correa, sujetó la culata a la correa de la cincha.
—Así no te va a estorbar ni a ti ni al caballo. ¿Y dónde está el carcaj con los virotes?
León miró la cintura de Eli.