De noche la tormenta retumbó y se fue. El sol se alzó sobre el bosque. Los primeros rayos cayeron sobre el claro del bosque, recorrieron el tejado de la cabaña y penetraron por la ventana sin contraventanas. Los pájaros armaron un bullicio ensordecedor en la espesura. El bosque despertó. Los restos de niebla se arrastraron del claro del bosque hacia las hondonadas y se adentraron en la espesura. El vapor de la tierra húmeda se disipó en los rayos del sol. El follaje sacudió los últimos rastros de las gotas de lluvia.
Un rayo de sol se deslizó por la pared de la cabaña y se detuvo en el rostro dormido de Eli. Los párpados de la muchacha aletearon. Murmuró algo e intentó abrazar con más fuerza el brazo de León.
¿Qué? ¿Por qué? ¿No está el brazo?
Sin pensar en las consecuencias, se giró al otro lado y palpó la cama improvisada con la mano.
¿Por qué? ¿Dónde está? ¿Se ha ido? ¿Me ha abandonado? ¡Todo es culpa tuya! ¡No tendría que haberle molestado!
Eli apartó la manta y se levantó bruscamente. El revuelto cabello pelirrojo se agitó, convirtiéndose en una corona de fuego a los rayos del sol matutino. La mirada se desbocó por la habitación en penumbra de la cabaña.
¿Y yo qué tengo que ver? Sólo le cogimos el brazo…
¡Y ahora no está su silla de montar y él tampoco está!
La adolescente en la cabeza no escuchaba las justificaciones de la mujer.
Hay que salir a mirar. Dónde está Armak si él tampoco está…
Eli tenía miedo de terminar el pensamiento. El pánico empezó a inundar su conciencia. La muchacha se lanzó hacia la salida y corrió hasta el poste de amarre. Armak no estaba.
¡Nos ha abandonado!!! ¡No, eso no puede ser! ¡Cómo puede ser!
El Mundo recién creado empezó a destruirse vertiginosamente.
T…Tú! ¡Todo es culpa tuya!
Dos ardientes riachuelos corrieron por el rostro de la chiquilla. Se quedó inmóvil negándose a creer lo que ocurría.
Quizás ha llevado al caballo al arroyo.
La mujer en la cabeza intentó justificar la desaparición de León.
¡No lo entiendes! ¡Le ha ensillado! Y luego se ha ido en él. ¿Qué hago ahora? Ni siquiera sé hacia qué lado se fue. ¿Cómo le busco ahora?
Busquemos las huellas de Armak, la tierra todavía está húmeda.
La mujer en la cabeza de Eli intentó hacer que la adolescente actuara con lógica.
Aunque las encontremos ¿de qué nos sirve? ¡No sé ensillar a Pelirroja! ¿Adónde se fue? ¿Por qué me ha abandonado? Yo sólo le abracé el brazo. ¿Por qué me hace esto?
La chiquilla examinó el suelo y siguió las huellas de Armak.
¿Y qué? En…contramos las huellas y más adelante el bosque! H…ay que ensillar a Pe…lirroja e ir detrás. M…ientras no se haya ido le…jos. Pedi…rle perdón. Decirle que no vo…lveré a hacer…lo…
Eli se dio la vuelta y fue de vuelta hacia la cabaña. Las lágrimas corrían sin parar. La muchacha caminaba tropezando a cada paso.
¿Q…ué h…ago? ¡Es culp…a tuya! ¡No deb…ería haber actuado así! ¡Aho…ra estoy sola y él se fue.
El claro del bosque ante sus ojos se tambaleo y se redujo a un único punto de referencia. La chiquilla sólo veía ante sí el oscuro hueco de la puerta de la cabaña.
Nunca lo he hecho. Podré. ¿Por qué me ha abandonado? ¿Cómo ha podido irse sin decir nada? ¿Qué hago? Podré.
Habiendo llegado hasta la cabaña, Eli se detuvo y se apoyó en el marco de la puerta. La mirada cayó en la silla de montar que estaba a la cabecera del lecho improvisado.
Seguro que pesa mucho… ¿Cómo la arrastro? ¿Por qué me ha abandonado? ¿Qué hago? Las piernas no me sostienen. Las manos no obedecen.
Respiró hondo varias veces e intentó limpiarse las lágrimas. Luego se acercó a la silla y intentó levantarla.
Ni siquiera sé cómo levantarla. Y menos cómo echarla encima del caballo… ¿Por qué se fue? ¿Por qué estoy sola otra vez? No debería ser así Para qué me salvó? ¿Para abandonarme?
Bañada en lágrimas, Eli agarró la silla con las manos y tiró hacia sí. Los estribos de hierro le golpearon dolorosamente las piernas. Las cinchas colgaron enredándose bajo los pies. La perilla le hincó dolorosamente en las costillas.
¿La llegaré a arrastrar siquiera? ¿Para qué compró esa yegua? ¿Por qué! ¿Por qué soy tan inútil? Me alegré de que ahora tengo alguien que puede protegerme… ¡Y otra vez sola!
A duras penas salió de la cabaña y arrastró la silla hacia el poste de amarre. Las cinchas le entorpecían el paso, y los estribos le golpeaban las piernas. La respiración se cortó, pero la muchacha arrastraba obstinadamente la silla acercándose a la yegua baya.
Pelirroja está tranquila quizás me salga. ¿Por qué me ha abandonado? Yo no hice nada malo. ¿Acaso pensaba abandonarme desde el principio? ¿Por qué entonces no me dejó al principio? ¿O en la aldea? ¿Por qué precisamente ahora? ¡Es culpa tuya! ¡Tú tienes la culpa! ¡Te metiste con él! ¡Le cogiste el brazo y ahora no hay ni él ni brazo! ¡Tonta!
Cuando arrastró la silla hasta la yegua comprendió con horror lo alto que era el caballo.
¿Cómo le echo encima la silla? Pesa tanto, es tan incómoda. Las correas cuelgan, y encima los estribos. ¿Cómo se sujeta siquiera? ¿Por qué no está León cerca cuando tan falta hace?
Porque se fue…
¡Cállate! ¡Se fue por tu culpa! ¡Si no hubieras sido tan atrevida no nos habría abandonado!
Volvió a deshacerse en llanto convulsivo, buscando aire con la boca, y las manos soltaron la silla en el suelo.
¡No puedo! ¡Es tan pesada e incómoda!
La chiquilla se sentó en la silla e intentó recobrar el aliento. La yegua baya observaba a la muchacha mirándola con sus grandes ojos castaños.
— ¿Por qué eres tan grande? Pelirroja. ¿Cómo le echo la silla encima?
La yegua dejó la pregunta sin respuesta. Eli reunió fuerzas y levantó la silla.