— Levántate. Tenemos mucho que hacer. Rem llegará pronto.
¿León? ¿Dónde está la mano? ¿Dónde estoy? ¿Mucho que hacer?
Estamos en Arden, en la posada. ¿Lo olvidaste?
Sí. ¡Dos camas! La mano no está…
— Sí, me levanto.
Eli abrió los ojos y miró a León, que ya estaba listo, y se dispuso a apartar la manta, pero se quedó paralizada.
¡No puedo! ¡Estoy empapada! ¡Seguro que es sangre! ¡Lo verá! ¡Se me olvidaron las vendas! ¡Si él las compró ayer y yo me olvidé!
Estúpida. Vaya metedura de pata.
— Yo… No puedo… Levantarme.
León miró a la chiquilla colorada. Eli no pudo aguantarle la mirada y escondió la cara bajo la manta.
¿Otra de sus rarezas, o se encuentra mal? Se comporta como si hubiera vuelto a hacer una tontería.
El guerrero desvió la mirada de la cama hacia la bolsa de lona con vendas que había sobre la mesa.
— ¿Te encuentras mal?
No se ríe. No lo vio. ¡Se preocupa! ¿Qué hago?
Díselo sin más. Él resolverá el problema.
Me da vergüenza reconocerlo…
¿Y vas a quedarte en la cama hasta el fin de tus días?
— No… Yo…
León se acercó a la mesa y abrió la bolsa. Miró a Eli, que seguía escondida bajo la manta.
— ¿Para qué compramos ayer las vendas? Arréglate. Ahora traerán agua. Recoge la sábana y mándala a lavar junto con la ropa.
Señaló la bolsa de ropa sucia que había en el suelo junto a la puerta.
— Yo estaré abajo en el salón.
¿Por qué me toca este castigo? Ninguna responsabilidad, ni siquiera con su propia salud. Como un recluta herido que se arranca la venda porque le pica y después se sorprende de que la herida sangre. Portento de criatura, y encima dice que no es una niña.
— No tardes. Hay que comer antes de que llegue Rem.
La puerta se cerró tras León. Eli asomó la cabeza por debajo de la manta.
¡Se fue!
La chiquilla saltó de la cama y examinó la ropa de cama.
Ni siquiera me riñó. Y yo volví a crear problemas.
¡Muévete! Te quedarás sin desayuno. Deja de pensar. León ya resolvió otro de tus problemas y lo olvidó.
Llamaron a la puerta.
— ¿Quién es?
Eli intentó arreglarse frenéticamente.
— Traigo el agua, por orden.
— Ahora mismo.
Eli se puso a correr de un lado a otro por la habitación. Luego se deslizó hasta la puerta y la entreabrió con cuidado.
— Deme el agua y vuelva un poco más tarde.
Eli, sin mirar a los ojos a la criada, recogió el jarro de agua y el barreño.
— Como guste.
Ahora toda la posada sabrá mi problema.
Tú tienes la culpa.
Sí. Pero eso no lo hace más fácil.
A ver si ahora piensas en las consecuencias de tu comportamiento. Fíjate en León. Él siempre sabe en qué va a terminar cada cosa. Aprende.
Yo no sé hacer eso.
Por eso te digo: ¡aprende!
Eli se arregló y se puso el sombrero de ala ancha, escondiendo con cuidado la mata de pelo pelirrojo.
Volvieron a llamar a la puerta. Eli abrió, ayudó a sacar al pasillo la ropa para lavar y los útiles del baño. Luego cerró con llave y salió disparada escaleras abajo.
Capacidad asombrosa para crearse problemas de la nada. ¿Cómo ha llegado a los diecinueve años?
León había pedido el desayuno para dos y ahora observaba a los clientes mientras reflexionaba sobre el comportamiento de la chiquilla.
Eli bajó al salón común a toda velocidad.
Bueno, al menos llegó antes de que Rem apareciera. Corre. No quiere quedarse sin desayuno. Tiene tiempo de sobra, no hacía falta correr.
— ¡Perdona!
Eli se dejó caer en el banco frente a León y clavó la mirada en la tabla de la mesa.
¡Qué vergüenza! ¡Todos me miran! Los rumores ya habrán empezado a correr entre las criadas.
¿Y qué más te da? Lo importante es que León no te juzga ni te humilla, y el resto del mundo… que les den.
— Come. Rem ya llegó. No hagas esperar al hombre.
León señaló hacia la entrada principal y levantó la mano para indicar dónde estaban. Eli agarró la cuchara y se puso a devorar el desayuno.
Rem entró al salón, asintió a León, luego se acercó al tabernero e intercambió un par de frases. Después se dio la vuelta y se dirigió a la mesa.
— Buenos días. ¿Cómo os habéis instalado?
Tendió la mano. León se levantó y se la estrechó.
— Siéntate. Eli terminará de comer y salimos.
León se corrió hacia el fondo de la mesa para dejarle sitio a Rem.
— Qué buen apetito.
Rem observó a Eli con aprobación.
La chiquilla asintió con la boca llena y se puso colorada.
¿Por qué siempre así? En el peor momento. Otra vez con la boca llena… ¿Por qué me sonríe?
¿Y a quién culpas? Estás pagando las consecuencias de tu irresponsabilidad.
— Veo que ayer conociste al viejo Dro.
¿Cómo lo asustó así? Dro está dispuesto a pagar él mismo con tal de que esta pareja se largue cuanto antes.
Rem sonrió a León.
— Tomamos kvas. Charlamos. El hombre resultó ser comprensivo. Ahuyentó a la escoria de la posada. Así que dormimos tranquilos. Por cierto, el kvas aquí no está mal. ¿Quieres?
León tendió la mano hacia el jarro.
¡Ya había identificado a los espías! ¡Es bueno!
— No, gracias. Ya lo sé. ¿Escoria, dices?
Él mismo sabe que el dueño de esta posada trabaja de soplón. Vaya. Mejor saberlo y controlarlo que no saber nada.
— Sí, justo cuando estábamos cenando.
— Lo más probable es que fuera el Zorro. Tipo cauto, corren rumores, pero hasta ahora no ha caído en nuestras manos. Eso simplifica las cosas. Conozco a su gente. Retenerlos no será problema.
Si es cauto, lo más probable es que entienda que no merece la pena buscarse problemas. Aunque la codicia. Cuarenta y cinco de oro es mucho dinero para esa gente.