¿De verdad quiere que se lo cuente?
¿Qué tiene eso de raro? Él durmió todo el día. Tú estuviste todo el día ocupada con tus cosas, a él le interesa.
—Bueno... No sé ni qué contarte. ¿Qué te cuento?
—Pues ibas a hacer un bichero, luego ir de cacería y vencer a los peces malos.
Vaya, antes se moría de ganas, y ahora no sabe por dónde empezar.
La chiquilla se quedó embobada un momento, tratando de entender qué pasaba.
¿Por qué me pregunta? ¿Acaso hice algo mal?
¡Tonta! Antes soñabas con contarle lo mucho que te esfuerzas, y ahora, que él mismo te preguntó, te quedas en blanco.
¿De verdad le interesa?
Seguro, si no le interesara, no habría preguntado. Tú misma lo conoces.
Lo sé pero de algún modo no me lo creo.
Sí ya cuéntaselo de una vez…
Bien…
Y entonces a Eli se le soltó la lengua. León escuchaba sin interrumpir, solo de vez en cuando preguntaba sobre las acciones de la chiquilla.
—Bueno, y luego estudié el mapa, y entonces te despertaste.
—Entendido. Que no hayas salado el pescado en la arcilla no es nada grave, nos lo comeremos primero. Hay que quitar las tiras de charqui del fuego, salarlas, añadir especias y dejarlas reposar un poco, cuando se impregnen de las especias, las cuelgas.
¡No me está regañando!
¿Y por qué habría de regañarte? Vaya cosa, no salaste el pescado…
—Lo de la arcilla se te ocurrió bien.
León apartó las brasas de la hoguera con una ramita y golpeó la bola de arcilla.
—Pero si me lo enseñaste tú.
—No del todo. Yo dije que la cubrieras, pero a ti sola se te ocurrió otra manera. Hasta es mejor.
¿Me está elogiando? ¡Si no hice nada especial!
Cálmate. Si te regaña, mal; si no te regaña, mal; si te elogia, otra vez mal…
La chiquilla escuchaba a León y retiraba las tiras de charqui de las ramitas. Luego las puso sobre las hojas de bardana y miró a León.
—¿Esperas a que vaya corriendo a salarlas?
—No. No sé hacerlo.
—Entonces es el momento de aprender.
León sonrió con ironía e hizo un gesto hacia las alforjas.
—Ya sabes dónde está la sal, las especias también están ahí.
—¿Y qué especias además de la sal hacen falta?
Eli llegó hasta la alforja y empezó a sacar los saquitos.
—Pimienta negra e hinojo. Con eso basta. Ve al río, tráeme un guijarro plano.
¿Para qué quiere una piedra?
Siempre haces preguntas. Solo hazlo.
—¿Grande?
—No. No más grande que un cuenco. Lo importante es que sea liso, limpio y plano.
Eli fue al río y trajo una piedra plana del tamaño de un plato.
—Bien hecho. Ahora echa la sal, la pimienta, el hinojo. Machácalo todo con el mango del cuchillo hasta hacerlo polvo.
¡Me está enseñando a cocinar!
Claro, no quiere comer comida mala, pero ahora no puede cocinar.
León observó cómo Eli machacaba con esmero las especias hasta hacerlas polvo.
Bien hecho. Se esfuerza. Parece que hay que darle más trabajo, cuanto más trabaja, menos tonterías tiene en la cabeza.
—Ya es suficiente. Ahora agarra esta mezcla y frota las tiras de charqui de lucio. Luego ponlas sobre las hojas de bardana y cúbrelas. Reposarán mientras comemos, se impregnarán y las cuelgas.
León removió el guiso en el caldero, y luego lo apartó a un lado. Después volvió a apartar las brasas con la ramita y revisó las bolas de arcilla.
Cuatro… Bien, ya están listas.
El guerrero sacó rodando las bolas de arcilla lejos de la hoguera con la ramita.
Que se enfríen. Servirán para el desayuno y para el camino.
Eli envolvió las tiras de charqui frotadas con especias en hojas de bardana y volvió al caldero.
—Deja que te sirva.
La chiquilla llenó un cuenco de guiso y se lo pasó a León. Luego, una vez más, se quedó embobada observando cómo el guerrero comía con una sola mano.
¿Se ve mejor pero aun así come con una sola mano?
Alégrate de que no se haya transformado y de que el brazo vaya a sanar.
Sí. Pero de todos modos todavía le duele.
Lo importante es que está entero y vivo, y el brazo dolerá y se le pasará.
—Siéntate. Come.
—Sí.
La chiquilla volvió a la vida. Se sirvió guiso en el cuenco y se sentó en la hierba.
—Comamos. Me harás el cambio de vendaje.
—Sí, te lo haré. ¿Te duele mucho el brazo?
—Duele, pero viviré.
El guerrero movió los dedos de la mano herida e incluso la agitó levemente.
—¿Ves? No se ha caído, los dedos se mueven, pero hay que cambiar el vendaje.
¡Para él todo son bromas! ¡Y yo preocupándome!
Se preocupa… Seguramente, él sabe mejor cómo se siente. Dice que está bien, entonces, está bien.
—¿Y la infección?...
Ahí va de nuevo… Ni la hermana Mara se preocupaba tanto por mí. Vaya cosa, una herida más, una menos.
—Gracias a Rem, creo que todo saldrá bien.
—Bien.
¿Qué, se te acaba el poder?
¡Tonta! ¿Qué poder ni qué poder? Que mande él. Lo importante es que esté sano.
Sí, sí… Si está sano, ¿entonces cómo le vas a ser útil?
No sé. No quiero que se sienta mal.
Él tampoco quiere que tú te sientas mal, pero tú todo el tiempo te quejas de que él mande.
Eso es distinto.
Claro, es distinto… No se parece en nada a cómo mandas tú.
¡Déjame en paz! ¡No entiendes!
Eli se quedó paralizada sobre el cuenco con la cuchara a medio camino.
Seguramente nunca voy a entender qué le pasa por la cabeza. Incluso ahora, en vez de comer, se queda ahí, como hechizando el cuenco.
—Termina de comer, todavía hay que cambiar el vendaje.