La Bruja del Capitán

Capítulo 54. Quién es la señorita

¿Ya es de mañana?

Sí, señorita, se quedó dormida otra vez.

¿Desde la mañana ya te pones pesada?..

¿Y yo qué tengo que ver? Mira León ya se va a ir a desayunar.

¿Para qué? Si todavía me queda pastel y agua endulzada de bayas.

Pero eso es tu tesoro.

No yo voy a compartir con él.

¡Entonces comparte rápido! Antes de que se vaya.

— ¿Ya despertaste?

La chiquilla se frotó los ojos, se sentó en la cama.

— A diferencia de algunos…

— No vayas a desayunar. Todavía me queda pastel y agua dulce.

— Pero eso lo hizo el cocinero especialmente para ti. Puso toda la cocina de cabeza.

— ¿Y qué? No me da pena.

¿Piensas que vas a seducir a León con dulce en vez de carne?

Bueno si no se llena después vamos a desayunar más.

Eli se levantó decidida de la cama, sacó el cuchillo y partió a la mitad el trozo de pastel que quedaba.

— Toma.

La chiquilla ni siquiera miró la expresión del guerrero, le puso el pastel en las manos.

— Está rico. Es que yo ya no podía comer más. No sabía que iba a salir tan grande.

¡Está loca! ¿Qué soy yo, una niña pequeña, para andar mimándome con dulces?

— Déjalo para después.

— No, cómelo ahora. Necesitas recuperar fuerzas.

Mientras León dudaba frente al trozo de pastel, Eli tomó la jarra y sirvió agua endulzada en la taza.

¡Está chiflada! Un día me lava en el río, otro me atiborra de pastel dulce. ¿Qué, quiere mi muerte?

— Toma, bebe con esto, sabe mejor.

León, de mala gana, le dio un mordisco al pastel y empezó a masticar.

Hmm… El pastel de verdad no está mal. La masa es tierna, las bayas jugosas y el cocinero no le puso miel de más. Bastante comestible.

— ¿Ves? Yo te dije que estaba rico.

La chiquilla, sin ninguna vergüenza delante de León, cortaba con el cuchillo trocitos de pastel y se los llevaba a la boca. En el proceso se embarró bien de bayas.

— Rico.

León dio varios tragos grandes de la taza y miró a la chiquilla embarrada.

— ¿Qué, cuando comes como una cochinita sabe mejor?

¿Por qué me insulta?

Porque eres una cochinita. Mírate, toda embarrada de bayas.

Así sabe mejor.

Por eso te preguntó.

— Tú no entiendes…

La chiquilla terminó el pastel y se lamió los dedos.

— ¿Dónde voy yo comparado con usted, señorita? Yo no soy experto en estos manjares.

— Pesado. Yo comparto contigo las golosinas, y tú me insultas.

Y encima soy pesado. ¿Qué tiene ella en la cabeza desde la mañana? Tenemos que partir, y ella aquí armando escenas con pasteles.

Eli intentó ponerse una máscara de ofendida, pero con la cara embarrada de bayas quedó cómico.

— Bueno. No te enfurruñes. Ven aquí, te echo agua. Antes de que alguien vea a la señorita hecha un desastre.

— Yo no estoy enfurruñada. Es que tú no entiendes.

La chiquilla se acercó a la palangana y extendió las manitas.

— Completamente de acuerdo. No entiendo.

— ¿Ves? Hasta tú mismo lo admitiste.

León empezó a echar agua con el cacillo, y la chiquilla, resoplando, se lavó la cara.

— Comes como una cochinita, te lavas como un caballo. ¿Qué zoológico tienes en la cabeza?

— Ningún zoológico. Es que tú no entiendes.

— Bueno, lo importante es que tú misma te entiendas, lo demás no importa.

— Es que estoy bien.

Con tono filosófico declaró la chiquilla y fue a ponerse el equipo.

— Bueno, si estás bien, entonces está bien. Cuando termines, baja.

León agarró las alforjas y salió del cuarto.

¿Por qué es tan pesado?

¿Pesado? Acuérdate, cómo era hace una semana. No habrías escuchado ni la décima parte de sus palabras. Ya ni hablo de tus torturas con pasteles…

¡Esto no son torturas! ¡El pastel está rico!

Si a ti te gusta, no significa que le guste a los demás.

Bueno está bien no voy a compartir más.

Ya está, ahora León se va a poner a llorar…

¡Tonta!

Mírate a ti misma.

La chiquilla terminó de arreglarse y salió del cuarto.

— ¿Ya estás lista, señorita?

León sonrió con sorna, de pie junto a los caballos.

— Yo no…

Eli vio al muchacho de ayer, al que le había dado la monedita.

— Buenos días, señorita. Su bota, señorita.

El muchacho hizo una reverencia y le entregó la bota a la chiquilla.

¡Otra vez me compró agua endulzada!

Esto, seguramente, es por maldad. Para que sufras en el camino…

¡Déjame tonta!

— Gracias.

Eli tomó la bota y se la colgó del cinturón. Luego miró a León con elocuencia. El guerrero se encogió de hombros y le lanzó una moneda al muchacho.

— Gracias, señorita. Buen viaje, señorita.

El muchacho sonrió con picardía y se escabulló dentro de la posada.

¡Se está burlando a propósito!

¿Acaso no te gustó?

Me gustó.

¿Entonces, tal vez, eres tú la que se pone pesada?

Tal vez…

— ¿Ya te divertiste? Vamos.

La chiquilla salió de golpe de su estupor y miró a León, que ya estaba sentado en la silla.

— Gracias.

Eli apartó la vista y subió a la silla.

— No te des aires, señorita gran bruja.

León dio la vuelta con Armak y se dirigió hacia la salida de Kalsa.

Vaya cosa, esta enanita. La llaman señorita y ni pestañea. Le preocupa ser buena con la gente. Otras ya se habrían engreído, envanecido, y ella es pura modestia. Menos mal que obedece. Aunque se nota en la chiquilla que le gusta sentirse no una paria, sino una persona normal.

León se ajustó el sombrero de ala ancha con la mano herida y siguió su camino. Eli cabalgaba detrás, medio cuerpo por detrás del guerrero, y no podía ver su sonrisa. Además, a la chiquilla la cabeza se le hinchaba de pensamientos.




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