La Bruja del Capitán

Capítulo 52. Cómo dividir el cielo

Tras dejar atrás el bosque, Eli y León llegaron al puente. La construcción de madera seguía vacía.

—¿Aquí no pasa nadie?

Eli cabalgaba como una jinete experimentada, balanceando apenas el torso al ritmo del paso del caballo.

—Puede que sea por la Mancha. No se ven huellas recientes.

León examinó con atención el camino bajo sus pies.

—Hay que cruzar el puente rápido.

Entiende la chiquilla que en el puente estamos expuestos.

—Sí, en el puente somos como blancos. No nos demoremos.

Espolearon los caballos y cruzaron el puente al trote.

—¿Vamos a meternos en el bosque?

Eli giraba la cabeza tratando de ver los alrededores, por lo que su sombrero de ala ancha se le ladeó.

—No te muevas tanto, te vas a caer. Arréglate el sombrero.

¡Pesado! Otra vez mandando. ¡Yo solo estoy mirando alrededor!

Sí, sí. Bueno, solo se te ladeó el sombrero, no se te cayó la cabeza.

¡Puaj, contigo! ¡Pesado!

—Estoy atenta al camino.

—Si estás atenta, bien. Lo importante es que no pierdas el sombrero.

León sacó la bota de cuero y bebió un trago de agua sin detenerse.

—No lo voy a perder. Tiene correas.

La chiquilla se acercó tanto a León que sus muslos se rozaron, pero Eli no le prestó atención.

—¿Por qué te restriegas como un gato? No hay nata.

—Pesado. Quiero pescado.

La chiquilla, sin detenerse, buscó en la alforja y sacó una tira de lucio seco. Aspiró hondo el aroma, cerró los ojos esmeralda de puro gusto y hundió los dientes en la carne.

—Este charqui de lucio tuyo está mucho más rico que ese pescado que preparé yo en la arcilla.

—Porque lo salvamos a tiempo.

—Sí…

La chiquilla se apartó medio paso, pero siguió cabalgando a su lado.

—¿Y cómo se sabe por el mapa? ¿Nos queda mucho por recorrer?

—Depende del mapa. En los mapas detallados hay marcas y puntos de referencia. En los más simples, como el nuestro, no se puede calcular la distancia, a menos que ya hayas recorrido el camino y conozcas los puntos de referencia.

¿Cuánto nos faltará por cabalgar? ¿Cuándo llegaremos a la capital? ¿Qué haremos después?

No te llenes la cabeza. Todo es mejor que ser una bruja en Ravel.

—¿Y tú has viajado?

Ya está, se activó el modo "quiero saberlo todo".

—He viajado.

—¿Por todo el país?

—No, no solo por ahí.

¿Por qué es tan callado? El camino está vacío. No hay nadie es el momento perfecto para charlar.

¿Qué, te aburres?

Un poco… Yo quiero saber de él.

—¿Y cómo llegaste a Ravel? Anda, cuéntame, ¿qué, te da pena? ¡Hay que sacarte cada palabra con tenazas!

—Volvía de otro reino.

—¡¿En serio?! ¿Y de cuál?

—Voltera.

—¡Vaya! ¿Y también estuviste en su capital? ¿Y cómo es, bonita? ¿Y cómo vive la gente?

¡Cuántas preguntas! ¿Por qué me merezco este castigo?

—Estuve. No sé. Normal.

—¿Y cómo se llama su capital?

—Liarden.

—¿Y es grande? ¿Más grande que Arvey?

—Grande. No sé, no las he comparado.

—No sabes contar historias interesantes.

La chiquilla fingió ofenderse y se quedó medio cuerpo de caballo atrás.

Podría preguntar algo útil. En cambio pregunta puras tonterías. Qué le voy a contar, como si yo le prestara atención a eso.

—No sé.

—De armas y de supervivencia cuentas bien, y también de cocina.

No lo molestes, tonta, ¿por qué le insistes tanto?

Yo no lo molesto solo tengo curiosidad.

Qué interesante, molestar a la gente con preguntas tontas…

Son malos me voy a callar.

La chiquilla hincó los dientes con furia en la tira de carne y se puso a masticar con concentración.

—A mí no me enseñaron a contar historias.

¿Qué dijo?

La chiquilla dejó de masticar y se quedó mirando fijamente la espalda de León.

Dijo que a él no le enseñaron a contar historias.

¿Por qué?

¿A mí me preguntas, tonta? ¿Yo de dónde lo voy a saber?

¿Y a él se le puede preguntar?

¿Cómo voy a saberlo? Inténtalo…

Pues voy a intentarlo.

—¿Y por qué no te enseñaron a contar historias?

En vez de responder, León levantó la mano, ordenando detenerse y guardar silencio.

¡Pesado! ¿Qué pasó? ¡Una persecución!

La chiquilla estiró la mano hacia la ballesta, sin darse cuenta de que montada no podría cargarla.

—No te alteres. No te aferres a la ballesta. Hay gente adelante. Creo que es un convoy.

—No me estoy aferrando.

Eli retiró la mano de golpe y guio a la yegua para quedar detrás de León.

Habla sin parar, pero al menos sabe lo que hace. Tomó la posición correcta.

—Silencio, no hables. Quédate detrás. Arréglate el sombrero.

La chiquilla enseguida se metió el pelo bajo el sombrero y se quedó callada.

Adelante se oyeron el crujido de las carretas, el trote de los caballos y voces de gente.

¿Cuándo alcanzó a oírlos?

Bueno, es que él, a diferencia de ti, no estaba hablando, estaba atento al camino.

Yo también estaba atenta.

Sí, sí…

¿Nos van a atacar?

No sé.

El convoy salió despacio de la curva del camino. León levantó la mano derecha. El hombre de la primera carreta tiró de las riendas y detuvo el caballo.

¡Le tienen miedo! ¡Mira cómo se encogen y se esconden!

¿Y tú no tenías miedo?

Bueno es que yo no sabía cómo era él.

Así que ellos tampoco lo saben.

—Buen camino, viajeros.

León se acercó a la primera carreta y le mostró algo al hombre. El hombre saltó de la carreta y cayó de rodillas directamente en el polvo del camino.

¿Qué le mostró? ¿Por qué el hombre se puso de rodillas?




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