La Bruja del Capitán

Epílogo

Rangar apareció en la sala de guardia con una cara como si trajera la noticia de una victoria sobre todo un ejército enemigo. Se sentó en el banco y guardó silencio largo rato.

Los guardias reales se reunieron enseguida alrededor del lugarteniente.

—¿Y bien? —preguntó alguien.

—¿El capitán está vivo?

—Vivo.

Rangar sonrió con picardía bajo el bigote.

—¿No le pegó a la chiquilla?

—Qué va. ¡Es una belleza! No sería capaz de tocarle un pelo.

—¡Venga ya! Ni siquiera las miraba.

—Sí, claro, no las miraba. Y la cuida como si fuera de porcelana.

—¿Entonces por qué traes esa cara larga?

Rangar sonrió despacio.

—Nuestro capitán ordenó llevar a su dormitorio... al dormitorio de ambos, un armario nuevo, un baúl, y cambiar la cama por una decente... Creo que por una ancha, para dos...

En la sala de guardia se hizo el silencio.

Luego alguien silbó.

—¿Al dormitorio?

—¿Un armario?

—¿Una cama?

—¿Un baúl?

—¿Para dos?

—Ajá.

Rangar se quitó los guantes, los tiró sobre la mesa, se frotó las manos y recorrió a los guardias reales con una mirada pícara.

—¿Cuándo?

—Pues hace nada. Justo venían de la tienda de Marta con una montaña de paquetes.

—¿De la tienda de Marta?

—Con vestidos, volantitos y cintitas.

El silencio estalló en risas.

—¿Terzo? ¿Con vestidos?

—Él mismo.

—No puede ser.

—Puede ser —sonrió Rangar con sorna.

—Le vi la cara. Fue más terrible que la batalla del Vado Negro.

Ahora ya se reían todos.

Alguien dio una palmada en la mesa. Alguien masculló que el fin del mundo, después de todo, estaba cerca. El guardia mayor se persignó sin demasiada sinceridad y dijo que si el capitán le compraba vestidos a una muchacha, pronto habría que sacar brillo al uniforme de gala.

—¿Y para cuándo la boda?

Preguntó uno de los guardias reales.

Rangar abrió los brazos.

—No soy el rey, ni tampoco templario. Pero si nuestro capitán arrastra a una muchacha por medio país, se la arrebata a la Orden, la lleva a su casa y le compra un guardarropa, entre la gente eso no suele llamarse «necesidad de servicio», sino una operación militar magistralmente ejecutada. Pero eso tampoco es todo.

—¿Y qué más misterios hay?

—Irma habló con Marta, y después me exigió que invitara a esa parejita a casa.

—¿Y qué?

—Marta contó que, mientras León todavía digería la pregunta de «¿y para cuándo la boda?», la chiquilla tomó la iniciativa y respondió en su lugar.

—¿Así como así la tomó?

—¡Inmortal o chiflada!

—¿Qué dijo? ¡No nos tengas en ascuas, lugarteniente!

—Recién llegamos hoy. Es pronto para hablar de boda. Pero si la hay, los invitaré sin falta.

—¿Eso dijo, así sin más?

—¿Y León qué?

—Puso los ojos en blanco y no dijo nada...

—El que calla, otorga...

Dijo alguien de entre los guardias reales, y un alegre bullicio envolvió la sala de guardia.

Al amanecer, esta historia ya se conocía no solo en el patio de la Guardia Real.

Marta se lo contó a la vecina, la vecina al hermano, el hermano a la esposa, la esposa a dos clientas, y las dos clientas hicieron por Arvey más que cualquier pregonero.

Al mediodía, en la capital ya se decía que el capitán de la Guardia Real había vuelto de tierras lejanas con una novia pelirroja. Al anochecer añadieron que la Orden había intentado arrebatársela y no lo había logrado. Y al día siguiente, alguien dijo por primera vez, en voz baja:

—La Bruja del Capitán.

Y, cosa extraña: en esas palabras ya no había ninguna soga.

Había curiosidad. Envidia. Una sonrisa. Un poco de miedo a León Terzo y mucho placer secreto por el hecho de que hasta el hombre más severo del rey resultara no ser de hierro del todo.

León todavía no había pedido la mano de Eli.

Eli todavía no sabía dónde dejar sus cintas por la mañana.

Pero Arvey ya lo había decidido todo por ellos.

En la capital nació una nueva leyenda: la de la chiquilla pelirroja a quien la Orden de la Luz llevaba a la muerte, pero a quien el capitán de la Guardia Real llevó a su casa.




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