Por la mañana decidí hornear bollos. De manzana. En unos días es el Salvador de las Manzanas y este año la cosecha ha sido generosa.
La abuela Mykytivna, mi vecina de al lado, llevaba desde temprano golpeando el fondo de su cubo con las manzanas que recogía para la mermelada.
—¡"Djem", "djem" dice! ¿Pero qué clase de palabra es esa? Yo ni la conozco. La mermelada es mermelada y punto. Hasta la palabra es sabrosa; solo con oírla ya te lames los labios. ¡Pero él dice "djem"! —así se indigna siempre Mykytivna con las palabras de su nieto Vasyl, que viene a verla los fines de semana en su viejo Niva desde la capital del distrito.
Mykytivna también horneará bollos, seguramente. Irá a la iglesia a bendecir tanto las manzanas como los pasteles.
Las ventanas de mi casita están abiertas de par en par y me llega un ladrido alegre. Es la abuela otra vez, regañando a su perro Polkan. De repente, oigo:
—¡Oye, vecina, ven aquí, que te voy a decir una cosa! —grita Mykytivna desde la valla.
—¡Ya voy! —le respondo desde la ventana.
—¡Toma, Irka, te he traído manzanas! —empieza a decir la anciana desde lejos al verme.
—Gracias, no hacía falta. Yo también he tenido buena cosecha —le digo, sacudiéndome deprisa la harina de las manos mientras me acerco—. Buenos días.
—Salud para ti también —asiente la vieja y continúa—: de estas no tienes tú. Es una variedad muy rebuscada.
Me extiende un cuenco grande lleno de… patatas.
—Pero si esto son patatas —digo asombrada.
—Qué va, qué patatas ni qué nada. Son manzanas, solo que se parecen a las patatas; fíjate bien.
Al acercarme, noto que las "patatas" tienen rabitos y que la forma es más propia de una manzana.
—¿Y qué clase de maravilla es esta? —pregunto maravillada.
—Pues resulta que mi Olka fue una vez a Inglaterra con unas amigas a trabajar y se trajo unos cuantos brotes. Solo sobrevivió uno. Pero produce bien, la condenada. Y las manzanas son ricas. Yo hago bollos y mermelada con ellas. He visto que te has puesto con la masa. Eres buena ama de casa, te felicito. Toma las manzanas, te invito.
Tomo las manzanas con curiosidad y le doy las gracias a Mykytivna. Ella asiente y se va caminando pesadamente hacia su casa, mientras yo, por fin, examino de cerca este prodigio de la naturaleza. Las manzanas son marrones, idénticas a las patatas, con una piel densa y áspera.
Pruebo una. Muy original. Siento en la lengua un regusto dulce y vinoso. ¡Y el aroma! Hay notas de especias, moscatel y nuez… ¡Vaya con la abuela Mykytivna! ¡Vaya con esta aldea perdida de Polesia! ¡Aquí se encuentran sorpresas que hasta a mí me dejan pasmada!
¿Qué clase de rareza será esta? Me meto en internet para buscar información sobre estas manzanas tan peculiares*.
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El Polisún no está de humor hoy. Lo noto porque entre los árboles corre una corriente de aire cortante y los tallos de las zarzas se enganchan a mis pantalones, intentando rasgar la tela.
—Hola, buenos días —digo, colocando galletas y caramelos sobre un tocón. Intento ganármelo.
—¡Buenos para unos y no tanto para otros! —ulula el espíritu del bosque desde la rama de un roble.
Levanto la cabeza y pongo la mano a modo de visera para distinguir a un ave de buen tamaño con el pico ganchudo y afilado. Un búho real.
—¿Qué ha pasado?
—¡Lyoñka ha pasado! —asiente con la cabeza y planea hacia el claro, aterrizando junto al tocón.
En pleno vuelo se transforma en un anciano con barba y toca el suelo ya con su forma de espíritu del bosque. Gruñe de dolor fingido:
—¡Ay, ay, ay! Me duele la espalda de tanto salto —y continúa—: Lyoñka, el muy desgraciado, ha vuelto a talar un carro de leña. Mira que le he dado sustos y pequeñas desgracias... pero el muy bruto no entiende las indirectas. ¡Me ha estropeado un aliso, el bandido!
—Bueno, tiene que ganarse el pan de alguna forma —excuse yo a mi vecino—. Lyoñka tiene cinco hijos y una hija a punto de casarse.
—¡Pues que tale lo seco, lo seco! —discutía el Polisún con un Lyoñka imaginario mientras examinaba los caramelos—. Pero él… ¡Ah! —hizo un gesto de desprecio con la mano.
Al Polisún le encantan los dulces. Y ahí está ahora, acomodado en su toconcito, disfrutando de las golosinas con los ojos entrecerrados de puro placer.
Cuando terminamos con las ceremonias, él, fingiendo aburrimiento pero ocultando su curiosidad y entusiasmo, pregunta:
—Bueno, ¿a dónde vamos hoy?
—A Kord. Gramotiy pide ayuda urgentemente. No sé qué es lo que no puede resolver. Precisamente él, que con su lógica podría superarme hasta a mí. Es muy extraño.
—¿Y qué tiempo hace por allí ahora? —pregunta precavido el Polisún.
—Parece que llueve. Están en otoño.
—¡Brrr! —sacudió la cabeza el Polisún—. Me transformaré en culebra. Así será más agradable.
—¿Y quién ha dicho que vienes conmigo? —le provoco, pues sé que el espíritu del bosque no se pierde ni una de mis aventuras. Es demasiado curioso.
Editado: 23.04.2026