El patio este olía a metal quemado y orgullo herido.
Una docena de ojos nos observaban al llegar, pero solo dos se enfrentaban en el centro: un noble con capa azul y látigo en mano, y un joven mago de ojos oscuros, de pie, con la mejilla marcada.
Arlen.
El conjurador del onceavo círculo.
La energía a su alrededor vibraba como una tormenta a punto de estallar.
—¡Ese bastardo me desafió! —gritaba el noble—. ¡Me habló sin permiso! ¡Le ordené llevar mi espada y me ignoró!
Arlen no respondió. Solo lo miraba... como si estuviera decidiendo si valía la pena destruirlo.
—¡Retrocede, o llamaré al consejo! —gritó el noble, agitando el látigo—. ¡Los magos deben obedecer a los nobles!
—No si eres un idiota con complejo de realeza —dije, alzando la voz.
Todos giraron hacia mí.
El viento se detuvo.
El silencio fue más peligroso que cualquier hechizo.
—Morgan... —susurró Lyana—. ¿Qué haces?
—Poniendo orden.
Caminé hacia el centro, deteniéndome entre ambos.
—Arlen.
—Mi señora —respondió él, con la voz tensa.
—¿Tocaste al noble?
—No. Solo lo miré. No obedecí su orden. Y al parecer, eso basta.
Miré al noble. El miedo ya empezaba a asomarse tras su rabia.
—Golpear a un conjurador del onceavo círculo puede considerarse intento de sabotaje militar —dije con calma—. Si perdiéramos a Arlen por culpa de tu látigo, ¿Quién crees que ardería primero en juicio?
El noble palideció. Su mano bajó lentamente.
Nadie más se movió.
—¿Esto es una amenaza?
—No. Es un aviso. La próxima vez que levantes un arma contra un hechicero imperial... te enseñaré personalmente cómo se siente perder la voz.
No usé magia.
No lo necesité.
Mis palabras fueron suficientes.
El noble se marchó furioso, sus pasos haciendo eco en el mármol.
Yo me giré hacia Arlen. Él no se había movido ni un paso.
—Gracias —dijo, finalmente.
—No lo hice por ti. Lo hice por la jerarquía mágica.
—Igual... me viste.
Nuestros ojos se cruzaron.
No había fuego en los suyos, sino contención. Un poder que se guardaba para el momento justo.
Y algo en su forma de mirarme... no era solo respeto.
Era duda. Curiosidad.
Como si él también notara que yo... no era exactamente Morgan.
Esa noche, mientras regresaba a la torre, la voz de Morgan apenas se sostenía.
—Bien hecho...
—Aún no terminé.
—Ya lo sé. Por eso... te elegí.
Y luego, silencio.
Por primera vez desde que llegué a este mundo, estuve sola dentro de mi mente.