La bruja tendrá su final feliz

Antes de las sombras

Perspectiva: William Archie

El fuego chisporroteaba en la chimenea de piedra.
El vino en mi copa sabía a hierro y a recuerdos.

No pude dormir.

No después de verla hoy liderar con tanta fuerza.
No después de sentir que la reconocía… y al mismo tiempo no.

Me senté, solo, en la sala de mapas. Nadie entraba aquí a estas horas.
Todos pensaban que el caballero imperial dormía tranquilo, protegido por sus medallas y su deber.

Pero yo no olvidaba.

Fue hace más de cinco años.
Yo era solo un aprendiz en la cuarta división. Sin rango. Sin nombre.
Soñaba con una espada, pero aún no la merecía.

Fue en esa época que la vi por primera vez.
En el Templo de los Tres Soles.

Estaba de paso. Mi maestro me había llevado a curar una herida mágica que no sabían tratar en el campamento. Recuerdo la sensación de entrar a ese lugar: incienso, silencio, ecos de antiguos hechiceros que alguna vez pisaron ese mismo suelo.

Y entre ellos, ella… ella aún no era la bruja maldita, sino una adolescente de cabello blanco, túnica raída y expresión de fiera domesticada.
Era huérfana, decían.
Una de las pocas alumnas con poder para estar en el templo sin pertenecer a ningún linaje noble.
Decían también que tenía sangre maldita, que ni los dioses se atrevían a tocarla.

La primera vez que la vi, estaba de pie frente al altar, sola, tenía esa mirada de los que nacieron sabiendo cosas que los libros nunca dirán.

Los demás la evitaban.
Los aprendices cuchicheaban.
Yo... solo la observé.

—¿Sabes que puede escucharte? —dijo uno de los acólitos a otro—. Los pensamientos, los miedos. Las brujas del doceavo círculo nacen de la oscuridad.

Ella no los miró.
Solo levantó la mano… y una pequeña mariposa de luz flotó sobre su palma.

No había oscuridad.
Solo belleza. Silencio. Control.

Y entonces ocurrió.
Uno de los acólitos, demasiado valiente o demasiado idiota, intentó cortarle el paso mientras ella cruzaba el patio. Le dijo que las “bestias como ella deberían arrastrarse, no caminar entre los puros”.

Yo me tensé.

Esperaba que ella lo atacara. Que lo fulminara.

Pero no lo hizo.

Le sonrió. Una sonrisa tan helada que dolía verla.

—¿Quieres que me arrastre?
—Si tienes vergüenza de lo que eres, sí.

Ella se agachó...
… y escribió en el suelo, con un dedo envuelto en luz:

“No nací para complacer tus ojos, ni tus leyes.”

Luego se levantó.
Y siguió caminando.
Sin responder más. Sin volverse.
Con la dignidad de una reina sin corona.

Fue ese momento.
No cuando usó magia.
No cuando se rebeló.

Cuando eligió no destruir.

Ahí, sin que ella lo supiera, empecé a enamorarme de Morgan.

Desde ese día, la observé en silencio.
Ella hablaba con los sabios como si fuera igual a ellos. Desafiaba reglas sin romperlas.
Parecía... incontenible.

Y yo…
yo no me enamoré de su poder.
Ni de su belleza.

Me enamoré de la forma en que desafiaba al mundo sin pedir disculpas.

Pero un año después, desapareció del templo.
Dijeron que había cometido herejía. Que había usado hechizos prohibidos. Que se había aliado con lo oscuro.

Y yo callé y jamás la busqué.

Y quizás por eso, cuando la vi otra vez, ya convertida en “la bruja del doceavo círculo”,
acepté la historia que me dieron.

Porque me era más fácil odiarla que aceptar que la había traicionado con mi silencio.

O al menos, quién había sido.

Y quizás, aún había tiempo para que lo fuera otra vez.




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