La bruja tendrá su final feliz

Respuestas y Nuevos Comienzos

Perspectiva: Sora (Morgan)

Dormí poco.

No sabía si fue la carta, el recuerdo del ataque o la forma en que William me miró cuando defendí mi estrategia… como si viera a una Morgan que ya no existía.
O quizás era culpa mía, por revolver los recuerdos de alguien más. Por escribir una carta como si yo fuera ella.

A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, un sobre encantado flotaba sobre mi escritorio.

Lo reconocí al instante.
La misma flor pintada a mano. La letra delicada.

“Celia”.

Lo abrí sin pensar.

“Móreth…”

“No sabes cuánto me alegró recibir tu carta. Por un momento creí que me habías olvidado. Sé que el mundo en el que vivimos es frío con las hechiceras, incluso con las más brillantes. Pero tú siempre fuiste distinta.”

“Me emociona que quieras cambiar, aunque para mí nunca fuiste cruel. A veces, creo que el mundo fue cruel contigo.”

“Si algún día quieres volver a hablar como antes… aquí estaré.”

—Celia.

Era suave. Cálida.
Demasiado perfecta.

Pero no tenía motivo para desconfiar.

“Quizás sí puedo tener una amiga…” pensé, guardando la carta entre mis ropas.

—Pareces más viva hoy —dijo una voz tras de mí, mientras salía de la torre.

Lyana.

Estaba de pie, junto a la escalera de mármol, con una manzana en la mano y una sonrisa ladeada. Su túnica estaba arrugada y llevaba el cabello atado de forma rápida. Siempre parecía lista para lanzar un hechizo… o una broma.

—¿Te vas a entrenar o a filosofar sobre la existencia con tu sombra otra vez?

—¿Tan raro es verme de buen humor? —respondí, alzando una ceja.

—No raro. Solo… curioso. —Se me acercó un poco más—. Antes no saludabas a nadie. Ahora me das los buenos días. Hasta Arlen está confundido.

Solté una risa leve.

—Supongo que estoy intentando hacer las cosas diferentes.

—¿Sabes? —murmuró, bajando un poco la voz—. Me alegra. Siempre pensé que detrás de esa mirada de “te convertiré en rana” había alguien divertido.

Nos quedamos en silencio unos segundos, caminando juntas hacia el campo de entrenamiento.
El sol de la mañana calentaba las piedras blancas. Había murmullos de espadas y hechizos en el aire.

—¿Quieres practicar lanzamientos conmigo más tarde? —preguntó Lyana de pronto.

—¿Contigo? —la miré de reojo—. ¿No eras del tipo “yo entreno sola porque soy mejor que ustedes”?

—Lo era. Pero… tú también has cambiado. Y quizás, juntas, podamos encontrar nuevos trucos.

Sonreí.

—Hecho.

Y mientras avanzábamos entre hechiceros, espadas flotantes y caballeros entrenando, no pude evitar sentir que, por primera vez, alguien me veía como algo más que “la bruja del doceavo círculo”.

Tal vez… solo tal vez…
no estaba sola.




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