Capítulo 4: La promesa de oro
¿A quién no le gustaría cambiar el pasado de forma limpia y feliz, sin pagar un precio brutal? Pero el verdadero drama —el verdadero dolor— nace de no poder cambiarlo del todo. Beatrix lo sabía bien mientras veía a Amado alejarse de su cabaña con los anillos en el bolsillo. Sabía que el mayor reto es aceptar que el amor verdadero sobrevive incluso cuando el tiempo decide arrebatártelo, o cuando la magia, en su torpeza, intenta manipularlo.
Días después, el sol filtraba sus rayos a través de las vidrieras rotas de la vieja iglesia colonial del pueblo, tiñendo el aire de un polvo dorado que parecía bendecir cada promesa susurrada. Vivi, con sus veintiún años a cuestas y un vestido blanco de algodón humilde —sin los encajes ni las perlas que las brujas ricas lucían en la Ciudad de Cristal—, avanzaba por el pasillo central. Sus pasos eran suaves, casi temerosos, como si supiera que el destino tejía hilos invisibles alrededor de sus tobillos.
El aroma a incienso viejo se mezclaba con el sudor nervioso de los pocos invitados, todos de pie en bancos astillados, mirándola con orgullo.
Amado la esperaba al final del altar, fundado en un traje prestado que le quedaba ancho en los hombros. Sus ojos se clavaron en ella como anclas. El sacerdote recitaba las palabras eternas, pero para Vivi, todo se redujo a ese momento: el intercambio de los anillos que la Brujita Desastrosa había "regalado".
Amado tomó su mano izquierda y deslizó el aro de oro en su dedo. Vivi lo sintió inmediatamente: el peso del metal contra su piel, frío al principio, luego cálido como una marca. Tal como Beatrix había prometido, el anillo se ajustó solo, apretándose con una suavidad mágica hasta quedar perfecto, como si hubiera crecido allí mismo. Era su talismán contra las tormentas venideras.
"En la salud y en la enfermedad", Amado, y Vivi repitieron las palabras, sintiendo cómo el oro se convertía en parte de su propio cuerpo. Eran dos anillos dorados brillando bajo la luz tamizada, uno en cada mano entrelazada. El de ella, reluciente; el de él, idéntico, prometiendo una igualdad que solo la magia —o el sacrificio— podía otorgar.
Afuera, la familia celebraba con lo poco que había: tamales envueltos en hojas de maíz y agua de jamaica en vasos desportillados. Risas que ocultaban la pobreza y la dureza de la vida en el campo. Vivi, aún acariciando el anillo con el pulgar, miró a Amado, sonriendo.
Sin embargo, en el fondo de ese brillo dorado, acechaba la sombra de Beatrix. El oro era hermoso, pero cargaba con la historia de su dueño anterior, de aquel hombre que había sido un "zombi emocional" y de la bruja que ahora intentaba enmendar sus desastres. Vivi no sabía que su felicidad era el fruto de la redención de otra persona.
Miró a Amado, quien parecía más hombre que nunca, libre de cualquier hechizo de devoción forzada, amándola por voluntad propia. Pero en el aire flotaba una pregunta silenciosa: ¿bastaría ese oro mágico para sellar lo que el destino, con sus propios planes, ya había comenzado a deshacer?
Esa tarde, tal como Beatrix predijo, un cerdo enorme y de aspecto perezoso apareció trotando tranquilamente hacia el corral de la nueva casa de los esposos. Amado recordó la advertencia: “Véndelo en cuanto llegue” .
El ciclo se había cerrado. El cerdo vago había regresado para pagar el precio de una promesa que, aunque nació de un desastre, ahora brillaba con la esperanza de ser real.
Editado: 01.02.2026