La Brujita Desastrosa

Capítulo 3

Capítulo 3: El precio de un cerdo vago

La fila de la mañana avanzaba lentamente, pero Beatrix no tenía prisa. El peso de la bolsa de tela en su bolsillo, donde descansaban los anillos de Rodrigo, era un recordatorio constante de que necesitaba deshacerse de ellos.

Entonces entró Amado.

Era un hombre de campo, con las manos curtidas por el sol y una expresión de angustia que le arrugaba la frente. Se quitó el sombrero de paja y lo estrujó entre sus manos antes de hablar.

—Brujita, perdone que la moleste con algo tan pequeño —dijo Amado con voz ronca—, pero se me ha perdido mi cerdo. Es el más grande que tengo, y sin él... bueno, la situación es difícil.

Beatrix suspiró y buscó su grimorio manchado, pero antes de abrirlo, algo en la mirada de Amado la detuvo. Parecía tener algo más en la cabeza.

—¿Está solo por el cerdo, Amado? —preguntó ella suavemente. —Bueno... la verdad es que me caso el próximo domingo —confesó él, bajando la vista—. Y con lo que saque del cerdo pensaba comprar las alianzas. Pero he ido a la Ciudad de Cristal y los precios son una locura. Las brujas de allá me piden lo que gano en un año solo por un par de aros de plata sencilla. No tengo anillos, Brujita, y no quiero fallarle a mi mujer.

Beatrix sintió un escalofrío. Era la señal que esperaba. Metió la mano en su bolsillo y sacó la pequeña bolsa de tela.

—Ya tienes los anillos, ¿entonces? —preguntó Beatrix, aunque ya sabía la respuesta. —No, qué va —respondió él con tristeza—. Están muy caros. Tendré que comprar cualquier baratija de latón en el mercado de la esquina, y me duele el alma.

Beatrix puso los anillos de oro sobre la mesa. Brillaban con una intensidad que parecía iluminar la habitación oscura. Amado abrió los ojos como si hubiera visto un milagro.

—Estos son excelentes —dijo ella—. Y son tuyos si los quieres. —Pero... Brujita —tartamudeó Amado, retrocediendo—, yo no tengo dinero para algo así. Eso es oro puro. No podría pagarlos ni en tres vidas.

Beatrix negó con la cabeza y empujó los anillos hacia él. —No hay problema, Amado. Llévatelos. Me los pagas después, cuando puedas. Te los dejaré casi regalados... al precio de ese cerdo que perdiste.

Amado se quedó desnudo. No podía creer que alguien le ofreciera semejante tesoro por el precio de un animal. —Pero, ¿y mi cerdo? ¿Dónde lo encontraré para poder pagarte? —preguntó recuperando el aliento.

Beatrix echó un vistazo de reojo a su libro, deteniéndose en una página donde una mancha de café ocultaba un hechizo de localización. Recordó su nueva regla: no forzar la magia, dejar que las cosas fluyan.

—No te preocupes por buscarlo —dijo ella con una seguridad que se sorprendió hasta a sí misma—. Ese cerdo es un vago. Se fue a dar una vuelta por el bosque porque se aburría, pero regresará solo a tu casa antes de que caiga el sol. Eso sí, cuando llegue, no te encariñes: véndelo de inmediato. Ese será el pago de estos anillos.

Amado tomó los anillos con manos temblorosas. — ¿Y las medidas? —preguntó preocupado—. No sé si le quedarán a mi novia, ella tiene los dedos muy finos.

—No te preocupes por eso —respondió Beatrix con una sonrisa triste—. Estos anillos son especiales: se ajustan al dedo de quien los lleva por amor. No le quedarán ni apretados ni flojos. Pero júrame una cosa, Amado: cuídalos. Cuídalos mucho. No los pierdas ni tu ni tu esposa. No quiero quejas.

Amado se puso el sombrero, guardó los anillos como si fueran reliquias sagradas y salió de la cabaña casi corriendo..

Beatrix se quedó sola un momento, mirando el espacio vacío en su mesa. Había entregado los anillos de su error a una pareja que empezaba desde la honestidad.

—Un cerdo vago por una vida de libertad —susurró para sí misma.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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