Capítulo 40: El segundo sabotaje
Amado ya no era el hombre impulsivo de hace cinco años. El tiempo lo había vuelto meticuloso, un depredador que había aprendido de sus propios errores. Sabía que un cambio brusco en la medicación de Vivi alertaría a su cuerpo... y a su mente. Esta vez, el plan no era un asalto frontal. Era una infiltración lenta, invisible, imposible de detectar.
En la capital, lejos de las miradas conocidas del pueblo, había conseguido lo que necesitaba: cápsulas de placebo vacías, idénticas en color, peso y textura a las que Vivi tomaba cada día para regular su ritmo cardíaco. Las había comprado en una farmacia discreta, pagando en efectivo, con la excusa de "un proyecto personal".
El ritual comenzó una noche de lluvia torrencial, cuando el golpeteo del agua contra el tejado ocultaba cualquier ruido sospechoso. Amado se sentó en la mesa de la cocina, bajo la luz tenue de una lámpara, con la precisión de un joyero. Abrió el frasco de Vivi, contó las cápsulas. No las cambió todas. Eso habría sido un error fatal, un salto que ella notaría de inmediato.
En su lugar, empezó a intercambiar solo tres de cada diez. Pequeñas "ventanas" de vulnerabilidad, huecos calculados donde el corazón de Vivi latiría un poco más rápido, un poco más libre. Donde su cuerpo, sin la protección química completa, volvería a ser terreno fértil.
Vivi no sospechaba nada. ¿Cómo podría? La casa era un santuario de paz aparente. Amado era el esposo ejemplar: le llevaba un vaso de agua cada mañana con una sonrisa tierna, se quedaba mirando cómo ella tomaba sus pastillas, como si fuera un acto de amor cotidiano. Ella lo miraba a los ojos, veía al padre devoto de su hija, al hombre que había llorado de rodillas años atrás, y bebía.
Confiaba.
Y en esa confianza residía el error fatal.
Ella creía que la tormenta había pasado, que Amado había aceptado el veredicto del doctor Arrieta como un hombre cambiado. Incluso se sentía más cercana a él, conmovida por su "resignación", por cómo parecía haber enterrado el deseo por el bien de todos. Esa cercanía la llevó a bajar la guardia por completo: a buscar el consuelo de sus brazos en la cama, a dejar que las noches se volvieran íntimas de nuevo, sin el escudo de la duda.
Un lunes por la mañana, Vivi sintió un leve mareo al levantarse de la cama. Un aleteo familiar en el pecho, sutil, como un recuerdo lejano.
—¿Te sientes bien, mi amor? —preguntó Amado de inmediato, sosteniéndola por los hombros con esa solicitud perfecta que ella confundía con amor puro.
—Sí, solo un poco de vértigo —respondió ella, sonriendo para restarle importancia—. Debe ser el cambio de clima, o que no dormí bien.
Amado le devolvió la sonrisa, besándole la frente con ternura. En su bolsillo, sus dedos acariciaban las cápsulas reales que había extraído esa mañana, guardadas en un frasquito escondido.
El corazón de Vivi empezaba a desbocarse, no por emoción, sino por el vacío químico que él estaba creando gota a gota.
La trampa estaba armada.
Vivi caminaba hacia el precipicio con los ojos cerrados, guiada de la mano por el hombre que juró protegerla.
El segundo sabotaje no era una búsqueda desesperada de un hijo.
Era una ruleta rusa donde Amado ya había apretado el gatillo dos veces.
Esperando que, por segunda vez, el milagro fuera más fuerte que la muerte.
Y esta vez, si fallaba, no habría vuelta atrás.
Para ninguno de los dos.
Editado: 01.02.2026