Capítulo 42: La cachetada
Vivi se levantó del suelo del baño con una lentitud que no era debilidad, sino control. El cuerpo le temblaba por dentro, pero por fuera era acero puro. Caminó hacia Amado, que seguía en la puerta, la máscara de preocupación ya resquebrajándose en su rostro.
Sin una palabra, levantó la mano.
La cachetada resonó como un trueno en la casa silenciosa. Con toda su fuerza, abierta, directa en la mejilla derecha. La marca de cinco dedos quedó impresa al instante, roja, ardiente, como una firma en carne viva.
Amado no se defendió. Ni siquiera parpadeó. Solo bajó la cabeza, el dolor físico un alivio comparado con el que llevaba dentro.
—¿Por qué? —preguntó ella, la voz baja, temblando de rabia contenida—. ¿Por qué lo hiciste otra vez?
—Perdóname —murmuró él, las lágrimas brotando sin permiso, la mejilla ardiendo—. Perdóname, Vivi. No pude...
—No hay perdón para esto —lo cortó ella, fría, definitiva.
Tomó el frasco de pastillas de la mesita del baño —el que él le llevaba cada mañana con esa sonrisa falsa— y se lo aventó con fuerza. El plástico rebotó contra su pecho y cayó al suelo, rodando.
—¿Cuáles son las reales? —preguntó, la voz ahora un grito ahogado—. ¿Cuáles, Amado? ¿O ya ni siquiera importa?
Él no respondió. Se quedó ahí, mirando el frasco en el suelo, las cápsulas dispersas como evidencia irrefutable.
Ya no importaba.
Porque las dos líneas rosadas seguían ahí, en la prueba tirada junto al lavabo.
El daño estaba hecho.
Otra vez.
Y esta vez, Vivi no lloró. No gritó más.
Solo lo miró con un odio tan puro, tan antiguo, que parecía quemar el aire entre ellos.
El ciclo no se repetía.
Se había perfeccionado.
Y en el silencio que siguió, con Milagro aún dormida en su habitación, Vivi sintió que algo dentro de ella se rompía para siempre.
No el cuerpo.
El alma.
Porque ahora sabía que el hombre que amaba era capaz de matarla dos veces.
Y aún así, la vida dentro de ella seguía latiendo.
Implacable.
Como él.
Editado: 01.02.2026