La Brujita Desastrosa

Capítulo 43

Capítulo 43: Milagro se entera

Los gritos se escucharon en toda la casa.

No fueron solo palabras. Fueron alaridos crudos, rotos, que rebotaron en las paredes como ecos de una pesadilla que volvía a despertar. La cachetada, el frasco estrellándose, las acusaciones que ya no se contenían. Todo salió a la luz en un estallido que llenó el aire de la casa nueva con un veneno antiguo.

Milagro, con sus cinco años, salió de su cuarto frotándose los ojos, el pijama arrugado y el cabello revuelto por el sueño interrumpido. La niña se detuvo en el pasillo, pequeña y confundida, viendo la escena en el baño: a su mamá llorando con el rostro hundido en las manos, sentada en el suelo entre pastillas dispersas. A su papá de pie, la mejilla marcada con cinco dedos rojos, los ojos bajos, como si el mundo se le hubiera caído encima.

—¿Qué pasa? —preguntó Milagro, la voz chiquita, temblorosa, acercándose con pasitos inseguros—. ¿Por qué gritan? ¿Por qué lloras, mamá?

Vivi levantó la cabeza. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero al ver a su hija —su Milagro, la razón de todo el dolor pasado y la única luz que quedaba— algo se quebró más dentro de ella. Extendió los brazos y la abrazó fuerte, atrayéndola contra su pecho, como si pudiera protegerla de la verdad que ya flotaba en el aire.

—Ven aquí, mi vida —susurró, la voz ahogada en sollozos—. Ven con mamá.

Milagro se dejó abrazar, confundida, sintiendo los temblores de Vivi contra su cuerpo pequeño.

—¿Qué pasa? —repitió, mirando alternadamente a sus padres—. ¿Por qué papá tiene la cara roja?

Vivi no podía explicar. Las palabras se le atoraban en la garganta como espinas. ¿Cómo decirle a una niña de cinco años que su deseo inocente acababa de condenar a su madre? ¿Cómo explicar el sabotaje, el engaño, el miedo que volvía a crecer dentro de ella como una sombra?

En cambio, la abrazó más fuerte y dijo lo único que pudo:

—Vas a tener un hermanito.

Milagro se apartó un poco, los ojos grandes abriéndose con una alegría pura, infantil.

—¿De verdad? —preguntó, la carita iluminándose—. ¿Un hermanito para jugar?

Vivi asintió, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Sí, mi amor. Un hermanito.

Milagro dio un saltito de emoción, pero luego frunció el ceño, confundida por las lágrimas que seguían cayendo.

—¿Por qué lloras entonces? —preguntó, inocente, tocando la mejilla húmeda de su madre—. ¿No estás feliz?

Vivi no tenía respuesta.

Se quedó ahí, abrazando a su hija, el cuerpo temblando en silencio. Amado las miró desde la puerta, la marca de la cachetada ardiendo en su piel, el triunfo marchito en su pecho al ver el daño que había causado de nuevo.

Milagro no entendía. Solo sabía que su deseo se había cumplido.

Y en esa inocencia, el horror se volvía aún más cruel.

Porque ahora no era solo Vivi la que pagaría el precio.

Era la familia entera la que se hundía de nuevo.

Y esta vez, con una niña en medio que no sabía que su alegría era la condena de su madre.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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