Capítulo 45: El primer trimestre
Las complicaciones llegaron desde la semana uno, como si el cuerpo de Vivi tuviera memoria y hubiera decidido cobrar factura con intereses.
Sangrado.
No manchas leves, sino un flujo rojo oscuro que la hizo correr al baño una madrugada, con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. El miedo fue inmediato, visceral: el mismo miedo de hace cinco años, pero ahora con el sabor amargo de la traición.
Reposo absoluto, ordenado por el nuevo doctor con voz grave. Cama, silencio, piernas elevadas. Nada de esfuerzos, nada de estrés, nada que acelerara el corazón ya dañado.
Vivi se negó a que Amado la ayudara.
Ni un vaso de agua. Ni una almohada acomodada. Ni una mirada. Cuando él se acercaba con esa expresión de perro apaleado que ahora llevaba puesta todo el día, ella giraba la cara o cerraba los ojos. "No te necesito", decía con voz helada. Y lo cumplía.
Llamó a su hermana Rosa, la mayor, la que siempre había sido su refugio. Rosa llegó esa misma semana con una maleta y el rostro endurecido por la rabia que Vivi no se permitía mostrar del todo. Se mudó temporalmente: cocinaba, lavaba, cuidaba a Milagro, llevaba a Vivi al baño cuando las piernas le fallaban, le cambiaba las compresas con manos firmes y cariñosas.
Amado se convirtió en un fantasma en su propia casa.
Entraba y salía sin ruido. Pagaba las cuentas, llenaba la despensa, dejaba el dinero para los medicamentos sobre la mesa de la cocina como ofrenda silenciosa. Proveía. Solo proveía.
Emocionalmente, no existía.
Milagro preguntaba bajito: "¿Por qué papá duerme en el sofá otra vez?". Rosa la distraía con juegos, con cuentos, con abrazos que olían a hogar seguro. Pero la niña sentía la tensión, la absorbía como esponja. Las pesadillas volvieron más fuertes: despertaba gritando que "papá se iba" o que "mamá se moría".
Vivi oía los sollozos desde su cama y apretaba los dientes hasta que le dolía la mandíbula. No lloraba delante de nadie. Solo en la ducha, cuando el agua caliente se mezclaba con las lágrimas y el sangre que a veces seguía saliendo.
El primer trimestre fue peor que el anterior.
Porque ahora no había ilusión.
No había esperanza.
Solo la certeza fría de que su cuerpo estaba siendo usado otra vez contra su voluntad.
Y Amado, el fantasma, rondaba los pasillos sin atreverse a cruzar el umbral de la habitación donde su mujer se desangraba lentamente por dentro.
La casa, que había sido refugio, ahora era tumba.
Y el bebé —Angustiana, aunque aún no tenía nombre— seguía creciendo.
Implacable.
Como su padre.
Editado: 01.02.2026