Capítulo 47: La angustia constante
Semana 20.
El nombre se decidió sin consultar a Amado.
Vivi lo dijo una tarde, sentada en la cama con la espalda apoyada en almohadas, la barriga ya prominente bajo la bata ligera. Rosa estaba a su lado, sosteniendo un vaso de agua. Milagro jugaba en el suelo con sus muñecas, ajena al peso de las palabras que venían.
—Se llamará Angustiana —anunció Vivi, la voz calma pero afilada—. Gusty para abreviar.
Rosa arqueó una ceja, pero no dijo nada. Milagro levantó la cabeza, curiosa.
—¿Gusty? —repitió la niña, probando el nombre—. ¿Como un viento fuerte?
Vivi miró su vientre, la mano posada sobre él como si pudiera transmitirle la carga.
—Por toda la angustia que me causa —dijo, sin alzar la voz, pero cada palabra cayó como plomo—. Por todo lo que este embarazo significa.
Nombre como maldición.
Como recordatorio eterno.
Angustiana. No era un nombre de celebración. Era una acusación grabada en carne, un eco del terror que Vivi llevaba dentro desde la primera náusea, desde la segunda línea rosada que apareció por traición.
Amado escuchó desde el pasillo, donde se había detenido al oír su voz. No entró. No objetó.
Pensó que la niña no tenía culpa de que le pusieran un nombre tan feo, tan cargado de dolor. Pero el diminutivo —Gusty— sí le parecía bien. Alegre, fuerte, como un viento que barre lo viejo.
Aceptó su castigo.
Se quedó ahí, en la sombra, la mejilla aún recordando la cachetada de meses atrás, el pecho apretado por una culpa que ya no sabía cómo expiar.
Angustiana.
Cada vez que lo dijeran, recordaría.
Cada vez que llamaran "Gusty" a la niña en el patio, en la escuela, en la vida, él sentiría el peso de lo que había hecho.
Vivi no lo miró cuando pasó por el pasillo después. No necesitaba hacerlo.
El nombre ya era su venganza silenciosa.
Y el bebé, dentro de ella, pateaba fuerte.
Como si protestara.
O como si celebrara.
Porque los nombres, como los embarazos, no preguntan permiso.
Solo llegan.
Y se quedan para siempre.
Editado: 01.02.2026