Capítulo 49: Milagro visita el hospital
Rosa trajo a Milagro un sábado por la mañana, cuando los pasillos del hospital olían a desinfectante y a café barato. La niña, ya con seis años cumplidos, entró tomada de la mano de su tía, los ojos grandes abiertos con esa mezcla de curiosidad y miedo que solo los niños saben llevar.
Vivi estaba en la cama, rodeada de tubos y cables que serpenteaban como raíces artificiales. Monitores pitando constante, una máscara de oxígeno empañada por su respiración débil, la barriga prominente bajo la sábana fina. Parecía pequeña en esa cama grande, frágil, como si el embarazo la estuviera consumiendo desde dentro por segunda vez.
Milagro se acercó despacio, soltando la mano de Rosa. Subió a la silla junto a la cama y miró a su madre con el ceño fruncido.
—Mami... —dijo, la voz chiquita, temblorosa—. ¿Te vas a morir?
Vivi intentó sonreír. Levantó una mano débil y acarició la mejilla de su hija, sintiendo las lágrimas calientes que ya le subían a los ojos.
—No, mi amor —respondió, forzando la voz para que sonara firme—. No me voy a morir.
Pero no sonó convincente.
Ni para Milagro. Ni para ella misma.
La niña se quedó mirando los tubos, las máquinas, el suero goteando. Sus labios temblaron. Luego rompió a llorar, sollozos profundos que le sacudían el cuerpo pequeño.
—No quiero que te mueras —dijo entre hipos, abrazándose a la mano de Vivi—. Quiero que vengas a casa.
Vivi la atrajo lo que pudo, besándole la frente, las lágrimas mezclándose con las de su hija.
—Voy a volver, mi vida. Te lo prometo.
Milagro se calmó un poco. Sacó de su mochila un puñado de dibujos: flores grandes y coloridas, soles sonrientes, una casa con jardín y tres figuras tomadas de la mano —mamá, papá y ella— con un bebé en la barriga de mamá.
—Son para que te mejores —dijo, dejando los papeles sobre la sábana—. Para que no estés triste.
Vivi tomó los dibujos con manos temblorosas, mirándolos como si fueran lo único real en esa habitación fría.
—Gracias, mi cielo —susurró, la voz quebrada—. Son los más bonitos del mundo.
Milagro se fue con Rosa, prometiendo volver pronto. Vivi se quedó sola.
Y cuando la noche cayó y el hospital se calmó, cuando las alarmas se volvieron un zumbido lejano y el dolor no la dejaba dormir, sacaba los dibujos de debajo de la almohada.
Los miraba uno a uno.
Las flores torpes. Los soles con rayos desiguales. La familia feliz que su hija imaginaba.
Y lloraba en silencio.
Porque sabía que esa familia ya no existía.
Y porque, por primera vez, se preguntaba si volvería a casa para verla completa.
O si esta vez, el precio sería demasiado alto.
Incluso para un milagro.
Editado: 01.02.2026