Capítulo 50: Los últimos días
Semana 32.
La situación era crítica.
Los monitores pitaban sin descanso, alarmas que saltaban con cada pico de presión, cada latido irregular. Los doctores entraban y salían con caras tensas, hablando en voz baja pero clara: no podían esperar más. El bebé estaba en distress, los riñones de Vivi fallando, el corazón al límite.
Cesárea ahora.
Era la única opción.
Amado firmó los consentimientos con mano temblorosa, la pluma raspando el papel como si cada trazo le costara sangre. Los riesgos explicados una y otra vez: posibilidad de muerte alta. Para la madre. Para el bebé. Hemorragia incontrolable, fallo multiorgánico, complicaciones neonatales en un prematuro de 32 semanas.
—Entiendo —dijo él, la voz ronca, sin levantar la vista.
Pero no entendía. No del todo. O quizá sí, y por eso le dolía tanto.
La preparación quirúrgica comenzó de inmediato. Vivi fue trasladada a preoperatorio, conectada a más tubos, sedada lo justo para no sentir el pánico completo. Rosa lloraba en el pasillo, abrazando a Milagro que no entendía por qué no podía ver a mamá.
En la habitación fría, antes de que la llevaran al quirófano, Vivi escribió cartas otra vez.
Por si acaso.
Con mano débil, en un cuaderno pequeño que Rosa le había traído, escribió una para Milagro. Palabras de amor eterno, promesas de que siempre estaría con ella, aunque fuera desde lejos. Le habló de la fuerza, de la resiliencia, de cómo su nacimiento había sido el primer milagro que le enseñó a vivir.
Otra para la bebé por nacer —Angustiana, Gusty—. Le pidió perdón por traerla a un mundo tan duro, por un nombre que cargaba tanto dolor. Le prometió que sería amada, que su hermana mayor la cuidaría, que valdría la pena cada segundo de lucha.
Ninguna para Amado.
No había palabras para él. Ni perdón. Ni odio escrito. Solo vacío.
Dobló las cartas, las guardó bajo la almohada del hospital, y cerró los ojos mientras la empujaban al quirófano.
El bebé pateaba débil, como diciendo "todavía estoy aquí".
Vivi sintió una lágrima rodar por su sien.
Y pensó, por primera vez en meses, que quizá esta vez el milagro no llegaría.
Que quizá el precio ya era demasiado alto.
Incluso para ella.
El quirófano se abrió como una boca fría.
Y Vivi entró, sabiendo que quizá no saldría.
O que, si salía, nada volvería a ser lo mismo.
El ciclo se cerraba.
O se rompía para siempre.
Editado: 01.02.2026