Capítulo 52: Dos cuartos de cuidados intensivos
Vivi en UCI adultos.
Gusty en UCI neonatal.
Dos cuartos separados por pasillos largos, paredes de cristal y un abismo de culpa.
Amado entre dos habitaciones.
Corría de una a otra, zapatillas desgastadas por el linóleo frío, el rostro demacrado, los ojos hundidos en ojeras que ya eran permanentes. De la habitación de Vivi —monitores pitando constante, sueros goteando, el cuerpo de ella inmóvil bajo sábanas blancas— a la incubadora de Gusty —luces intensas, tubos diminutos, una niña de 1.8 kilos luchando por cada aliento en un mundo de plástico y cables.
No dormía.
No comía.
Solo esperaba.
Esperaba noticias que nunca eran buenas del todo. Esperaba un pitido que no fuera alarma. Esperaba un milagro que ya no creía merecer.
Milagro estaba con los abuelos, lejos del hospital, en la casa de la abuela materna donde el aire olía a pan recién hecho y a intentos de normalidad. La niña preguntaba todos los días, con esa voz chiquita que partía el corazón:
—¿Ya puedo ver a mi hermanita?
La respuesta siempre era la misma, suave pero rota:
—Pronto, mi amor. Pronto.
Pero "pronto" se estiraba como un elástico a punto de romperse.
Amado volvía a correr. De una UCI a otra. De madre a hija. De culpa a culpa.
Vivi abría los ojos a veces, lo veía a través del cristal, y apartaba la mirada.
Gusty luchaba en su caja de cristal, ajena a todo.
Y Milagro, en casa, abrazaba su muñeca y preguntaba de nuevo.
Porque para ella, la familia seguía siendo tres.
Y pronto cuatro.
Aunque el precio ya estuviera cobrándose en dos cuartos de cuidados intensivos.
Donde la vida pendía de hilos tan finos como los tubos que las mantenían vivas.
Y Amado, en medio, sabía que esta vez no había excusa.
Ni justificación.
Solo consecuencia.
Y el miedo —por primera vez real— de que esta vez perdiera a las dos.
Para siempre.
Editado: 01.02.2026