Capítulo 53: Tres meses después
Tres meses después.
Vivi salió del hospital un día de lluvia fina, envuelta en una manta, el cuerpo aún débil pero vivo. Gusty llegó dos semanas después, cuando los pulmones de la bebé finalmente decidieron respirar por sí solos. Frágil pero estable, con apenas tres kilos, la piel translúcida y los ojos cerrados la mayor parte del tiempo.
La casa se convirtió en una extensión del hospital.
Equipo médico por todas partes: monitor de apnea que pitaba con cada pausa en la respiración de Gusty, tanque de oxígeno junto a la cuna, alarmas constantes que saltaban al menor cambio. La noche era un campo minado de sonidos electrónicos, luces parpadeantes y despertares súbitos.
Vivi estaba exhausta. El posparto fue peor que el primero: cicatriz dolorosa, presión que no terminaba de estabilizarse, un cansancio que le llegaba a los huesos. Se movía como un fantasma por la casa, cuidando a Gusty con manos temblorosas, amamantándola cuando podía, meciéndola cuando las alarmas la despertaban.
Amado intentaba ayudar.
Se acercaba con esa cautela de quien camina sobre vidrio roto, ofreciendo cambiar un pañal, calentar un biberón, sostener a la bebé un momento para que Vivi descansara.
Ella lo rechazaba.
—No te acerques a ella —decía, la voz baja pero cortante, tomando a Gusty de sus brazos si se atrevía a cargarla—. No te acerques.
Amado retrocedía, herido, pero no insistía. Se quedaba en el umbral de la puerta, mirando cómo Vivi mecía a la niña con una ternura feroz, protectora, como si él fuera el peligro real.
Milagro observaba todo con ojos grandes, confundida por las alarmas, por la mamá que ya no reía como antes, por el papá que dormía en el sofá otra vez.
La casa estaba llena de vida.
Pero vacía de paz.
Vivi cuidaba a sus hijas con una fuerza que nacía del dolor puro.
Amado proveía, limpiaba, pagaba.
Pero no tocaba.
No se acercaba.
Porque sabía que esta vez, el rechazo no era temporal.
Era permanente.
Y Gusty, en su cuna, respiraba débil bajo el monitor.
Angustiana.
El nombre que Vivi había elegido como castigo ahora era solo una niña frágil.
Luchando por vivir.
En una casa donde el amor se había convertido en vigilancia.
Y la culpa, en distancia.
El ciclo no se había roto.
Solo se había congelado.
En un silencio que dolía más que cualquier grito.
Editado: 01.02.2026