La Brujita Desastrosa

Capítulo 54

Capítulo 54: Un año después

Un año después.

Gusty cumplía un año. Milagro tenía siete.

La familia era disfuncional, pero funcionaba. Como un reloj roto que aún marca las horas, aunque con un tic irregular que nadie se atreve a arreglar.

Vivi había recuperado algo de salud. El cuerpo, al menos. Caminaba sin ayuda, subía escaleras sin ahogarse, el corazón latía con una estabilidad precaria pero suficiente. Gusty ya no necesitaba oxígeno constante; la incubadora era un recuerdo, y la niña gateaba por la casa con una energía que contrastaba con su llegada al mundo.

Pero emocionalmente, Vivi estaba muerta.

Miraba a Amado con desprecio. Un desprecio frío, constante, que no necesitaba palabras. Lo veía entrar del trabajo, dejar las bolsas de la compra, preparar la cena en silencio, y sentía el mismo vacío que cuando lo veía dormir en el sofá.

Él lo aceptaba.

Creía que lo merecía.

Trabajaba más horas, proveía todo lo necesario: comida, medicinas, ropa para las niñas, juguetes para Milagro. Se disculpaba con gestos: una flor en la mesa, un vaso de agua a la hora exacta, una mirada baja cuando sus ojos se cruzaban por accidente.

—Perdóname —decía a veces, en voz baja, cuando las niñas dormían.

Vivi no escuchaba.

Giraba la cabeza, o salía de la habitación, o simplemente seguía con lo que estaba haciendo, como si él no existiera.

La casa funcionaba porque tenía que funcionar. Por Milagro, que preguntaba menos pero observaba más. Por Gusty, que gateaba hacia su padre con una sonrisa desdentada, ajena a todo, extendiendo los bracitos para que la cargara.

Amado la cargaba. La mecía. Le cantaba las mismas canciones inventadas de cuando era prematura.

Vivi lo veía desde la puerta, el desprecio endureciéndole los rasgos.

Pero no decía nada.

Porque la guerra ya no era con gritos.

Era con silencio.

Y en ese silencio, la familia sobrevivía.

Disfuncional.

Rota.

Pero unida por dos niñas que no sabían que su existencia había sido pagada con el alma de su madre.

Un año después, Gusty sopló su primera vela —con ayuda de Milagro— en una torta pequeña comprada con el sueldo de Amado.

Vivi sonrió para la foto.

Pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

Y Amado, a su lado, aceptó que quizá nunca llegaría.

Porque sabía que lo merecía.

Todo.

El desprecio.

El silencio.

La distancia.

Era su castigo.

Y lo llevaba en silencio.

Como el dedo vacío que nunca volvió a llevar anillo.

La familia funcionaba.

Pero ya no era una familia.

Solo eran cuatro personas bajo el mismo techo.

Sobreviviendo.

A la espera de que algo —el tiempo, el perdón, o la próxima crisis— decidiera el final.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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